Significativa presentación entre profesores de Historia para
su último libro
El Intendente de Canelones Yamandú Orsi, fue el anfitrión en el
Complejo Cultural Politeama en la presentación del último libro del
profesor de Historia e historiador Gerardo Caetano.
El liberalismo conservador es una investigación que sigue a su anterior
libro La república batllista, donde continúa explorando las genealogías del
liberalismo conservador, que como se apunta, traspasan de cierta forma la
confrontación antibatllista.
Caetano afirmó que le resultó muy significativo que esa primera
presentación no se hiciera en Montevideo, porque la mirada de los
historiadores muchas veces montevideana, de alguna manera empequeñece
la visión histórica y además que se realizara en Canelones, departamento
con tanta historia y con un Intendente profesor de Historia.
Yamandú Orsi, afirmó que se trata de un libro muy provocador “que a su
vez, tiene que ver con los tiempos que vivimos y resaltó un concepto de
libertad como lo que atraviesa toda la investigación hecha por Caetano”.
“Hay un Virgilio que te lleva por todo el libro, que es el concepto y la
dimensión del término libertad”, indicó.
El autor fue citando periodistas, profesores, pensadores y políticos de
distintos años y nacionalidades, gracias a sus investigaciones para definir
la historia política del país, que sumado a distintas anécdotas de época
resultó muy enriquecedor. Explicó que así como hay muchas concepciones
sobre la libertad, el liberalismo (que es sólo una de esas concepciones)
tampoco es único, tiene muchas variantes. En la época estudiada, en tanto a
ideología, predominante en la construcción de la modernidad política en
Occidente en los siglos XVIII y XIX, el liberalismo pareció absorberlo
todo. Entre otras cosas, borró buena parte de la tradición republicana y
resignificó la idea de republicanismo únicamente como régimen alternativo
a la monarquía. Sin embargo, esa victoria liberal que se consolidó en el
siglo XX, hizo que todos parecieran estar disputándose en el 900 la
propiedad del “verdadero liberalismo”. De allí que muchas veces, a lo que
era en verdad “republicanismo” se le llamara “liberalismo progresista”.
Pero era más que eso; creo, con otros muchos autores en Iberoamérica, que
corresponde la distinción. Pero en puridad, es cierto que siempre hubo
distintos liberalismos. En ese sentido, en la época estudiada pueden
advertirse muchas adjetivaciones sobre este concepto vuelto fundamental:
“liberalismo conservador” y “liberalismo progresista”, que fueron las más
usuales, pero también hubo otras como “liberalismo izquierdista”, que
reivindicaban a menudo quienes adherían a las ideas “georgistas”, en

relación a la política impositiva sobre la tierra (Wilfredo Solá, entre otros).
En el primer capítulo propone de manera muy básica “algunas ideas para
repensar la libertad”, lo que ayuda a explicar la lucha de ideas del 900 pero
también contribuye a entender coyunturas contemporáneas. La fusión de
las ideas “liberales” y “conservadoras” se dio fundamentalmente a través
de algunas convergencias de época: el rechazo total al “canon
revolucionario” de la Revolución francesa, a todo enfoque “igualitarista”,
el recelo frente al Estado, la defensa irrestricta de la propiedad privada y
del mercado, incluso la incompatibilidad entre libertad e igualdad.
Gran parte de los primeros opositores fuertes a Batlle (José Enrique Rodó,
Reyles y su Federación Rural, Pedro Manini Ríos), también colorados.
El triunfo de Batlle y su confirmación con su segunda presidencia (1911-
1915) encontraron mucha oposición en filas coloradas. Batllismo y
coloradismo entraron en tensión. No fue casual que todas las escisiones del
batllismo apelaran a la tradición colorada: los riveristas de Manini en 1913,
los radicales de Viera en 1919, los sosistas en 1926. Incluso el ejército,
cuyos jefes eran en su gran mayoría colorados pero antibatllistas, marcó esa
distancia. Si bien el batllismo había nacido en la “cuna de oro” del Partido
del Estado, la profundidad de las reformas batllistas generó temor en
muchos dirigentes partidarios. Debe decirse también que el liderazgo de
“Don Pepe” era especialmente férreo, a menudo hasta intolerante.
El enfrentamiento frontal al batllismo fue la argamasa fundamental para esa
alianza liberal conservadora en el Uruguay del 900. El batllismo fue ese
“otro” al que enfrentar “a muerte”. Los epítetos fueron categóricos: Herrera
lo calificaba como “el jacobinismo uruguayo”, Carlos Reyles lo definió
como “socialismo de mandarines”, Pedro Manini quiebra con Batlle en
1913 utilizando la pregunta “¿somos socialistas o somos colorados?”,
Washington Beltrán en 1918 habla de que el Uruguay se ha convertido en
un “cuartel pintado de socialismo”, José Irureta Goyena lo define como
“inquietismo”, advirtiendo que para él este “era peor que el socialismo”.
También los embajadores europeos radicados en Montevideo hablaban de
un “dictador extremista”, “anarquizante”, promotor del “socialismo de
Estado”. Y podríamos seguir mucho más. En efecto, Batlle desató el “terror
conservador” por la fuerza de su convicción transformadora y por su idea
sobre la necesidad de “avanzar”. Cabe advertir también, que llegó a la
tentación hegemonista de querer transformar las condiciones del pueblo,
incluso contra la voluntad popular. De allí, por ejemplo, la manipulación
electoral, ampliamente probada y documentada en el libro. Pero finalmente,
también él tuvo que pactar, negociar, aunque muchas de sus reformas ya
habían matrizado al Uruguay. El freno a las reformas batllistas tuvo
también una dimensión democratizadora. Por cierto que Batlle no fue el
“creador de su época”, nadie lo puede ser en solitario, aunque su fuerza
transformadora y su coraje reformador todavía hoy impresionan. En 1913,

con la tragedia de la muerte de su hija en enero, con la pérdida de la
mayoría del Senado en marzo y con el impacto de una fuerte crisis
económica y financiera, su respuesta fue radicalizar las reformas.
Caetano terminó su exposición citando a Óscar Gestido presidente que
falleciera tempranamente en 1967, momento que ascendiera Pacheco
Areco.
El haberse escogido este modo de “conversatorio” entre profesores de
historia, dejó la sensación de habernos realmente introducido en tiempos
tan fermentales.
Caetano reafirmó su deseo de que “este libro tenga muchas lecturas, muy
diversas, muy plurales. “La historia es un espejo muy importante para el
presente pero no hay que cometer anacronismos, no hay que buscar la
agenda oculta donde no la hay, hay que aprender de la historia, eso me hace
reafirmar que no se debe hacer política con la historia, este libro no quiere
hacer política con la historia es un espejo”…. “quiero que este libro lo lean
desde todas las tribus, como debe ser, quiero que la interpretación de este
libro sea absolutamente plural y sobre todo quiero que volvamos a debatir
ideas.”, indicó textualmente.
Y. S.

¿El “alto de Viera” (también colorado) es la primera victoria política significativa del
liberalismo conservador?
La primera victoria de la convergencia de los antibatllistas se dio en el campo electoral: las
elecciones del 30 de julio de 1916 para elegir constituyentes confrontaron a colegialistas y
anticolegialistas, pero fue también un “plebiscito” sobre las reformas. Fue la primera elección
con “voto secreto” y ciertas garantías electorales. Y en ellas perdió el gobierno, el oficialismo
batllista. En la “revancha” del 14 de enero de 1917, ya sin esas garantías electorales y con el
retorno de la manipulación electoral del voto público, ampliamente documentada en el libro, el
oficialismo volvió a ganar “por goleada”. En esa oportunidad, en Montevideo, Canelones, Salto,
Cerro Largo, Flores y Rocha, nacionalistas, riveristas, la Unión Cívica y hasta candidatos
nombrados por la flamante Federación Rural, creada en diciembre de 1915, se unieron bajo un
mismo lema. En Montevideo, surgió de ese modo la llamada Coalición Popular, a la que los
batllistas llamaron “contubernio”. El entonces presidente Feliciano Viera, ya en agosto de 1916,
propuso su famoso “Alto” en plena Convención colorada, lo que significaba un cambio en las
políticas públicas. Estaba iniciándose una nueva escisión dentro del batllismo. Nacionalistas y
riveristas, junto al frente empresarial movilizado, aunque con matices, convergían básicamente
en posturas liberal-conservadoras. Los vieristas eran más moderados. La “política del Alto” fue
un “freno” pero no un retroceso. Además habilitó en el campo político institucional la necesidad
de acuerdos, los que precisamente viabilizaron la nueva Constitución de 1919 y las leyes
electorales de 1924 y 1925.

La figura en la que coagulan todos estos conservadurismos liberales es Luis Alberto de Herrera.
¿Cuál es la operación que lo vuelve tan “exitoso”, en estos términos?

Lo que llamo en el libro el “primer herrerismo” combina de manera emblemática el “liberalismo
conservador”, realismo en materia internacional y un ruralismo militante, asociado con lo que el
propio Herrera llamaba “la alianza de los estancieros”. Es la articulación de tres libros
doctrinarios fundamentales en la trayectoria de Herrera: La Revolución francesa y
Sudamérica (1910), El Uruguay internacional (1912) y La encuesta rural (1920). Allí ya
estaban las ideas clave de su propuesta ideológica inicial que básicamente perduraría, aunque el
líder nacionalista con el tiempo se volvió más pragmático y moderado, más sabio, en suma,
aunque no cambiara sus ideas matrices. Con Burke y Taine (a quien llamó “el príncipe de los
historiadores”) como principales referentes intelectuales, con la visión de “la estancia” como
“escudo de civilización” que había que defender de las “verbas socializantes” y las “demencias
ácratas” que veía representadas fundamentalmente en el batllismo, el herrerismo se volvió el
paradigma del “liberalismo conservador”. El propio Herrera define sus ideas de manera prístina,
como un auténtico intelectual que también era. De todos modos, desde esas visiones originarias,
a su modo también quiso atender los problemas sociales de los obreros y del “rancherío”, a
través de proyectos en materia de regulación laboral, propuestas sustentadas en ciertas visiones
del mutualismo y aun del cooperativismo, por cierto muy distintas a las que defendían batllistas
y socialistas. Se enorgullecía y ostentaba su origen patricio y el pertenecer “a las clases
conservadoras”, pero su militancia y su liderazgo en el Partido Nacional lo hizo también “hijo
de multitud”.

Pasás revista de intelectuales y políticos antibatllistas, pero resulta realmente novedosa la
inclusión de “empresistas” como Luis Caviglia y José Irureta Goyena, y también la de grupos
militares.
Los líderes empresariales de todos los sectores, en especial los estancieros, se sintieron muy
amenazados por las reformas batllistas. En la primera dirigencia de la Federación Rural estaban
José Irureta Goyena como presidente, Pedro Manini Ríos como primer vicepresidente y Luis
Alberto de Herrera como segundo vicepresidente. La entente no podía ser más elocuente. Pero si
la Federación Rural nació en diciembre de 1915 con un fuerte sesgo antibatllista, las otras
cámaras empresariales se coaligaron también en ese rumbo, al modo de grupos de presión
modernos. En ese marco, entre los liderazgos empresariales había “moderados” como Caviglia
(que se haría vierista y que buscaba morigerar los impulsos reformistas desde adentro) y
radicales como Irureta Goyena (que defendió visiones “ultras” en términos políticos e
ideológicos). Mientras tanto, en el ejército colorado también anidaba mucho antibatllismo. En el
libro se estudia en profundidad los pormenores, muy reveladores, del llamado “complot Dubra”
de 1914, las sinuosas relaciones entre partidos y militares, así como las discusiones
especialmente interesantes sobre el “servicio militar obligatorio”. Son claves insoslayables para
entender la oposición antibatllista, que pude estudiar desde archivos realmente extraordinarios
como los de Batlle, Herrera, Williman, Areco y hasta en parte el de la propia masonería. Allí se
observa una red fascinante y compleja.

La república batllista estaba organizada en torno al debate entre republicanismo y liberalismo.
Ahora esos conceptos ganan definición: hablás de “republicanismo solidarista” y “liberalismo
conservador”. ¿Cómo se dio ese avance en tu visión?
En verdad este eje interpretativo ya estaba en La república batllista. En ese tomo se exploró en
particular la familia republicana. Cabe señalar que el adjetivo “solidarista” es de época, era la
traducción novecentista del principio de “fraternidad” de la Revolución francesa, que los
liberales conservadores rechazaban. Eso no quiere decir que la “solidaridad” como valor general
fuera monopolio de los “republicanos”. Los liberales conservadores preferían, incluso aquellos
que eran ateos o agnósticos, referir a la “moral católica” y a la “caridad”, en lo posible sin la
participación del Estado. La renuencia permanente frente al Estado social era acompañada con

el reclamo de “no más impuestos”, que a menudo aparecía de manera textual en los programas y
manifiestos antibatllistas.

El subtítulo es “Una genealogía”. ¿En qué medida la coalición que gobierna hoy es “hija” de la
alianza entre liberales y conservadores que se reunió contra Batlle?
Siempre advierto contra el anacronismo. Es un país y un mundo muy distinto al de hoy,
radicado un siglo atrás. Pero además de las familias, las inspiraciones y muchas de las ideas en
debate de hoy provienen o tienen sus genealogías en el 900. Aunque se lo niegue, hoy también
hay fuertes debates ideológicos, muchas veces opacados. El análisis crítico y documentado de
los debates del 900, con la perspectiva debida y sin anacronismos, por cierto que resulta un
espejo interpelante para tratar de entender en profundidad ciertos procesos del presente.

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