Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
La Madriguera presenta
Julio Verne, De la tierra a la luna
Nantes, en Bretaña, cerca de la desembocadura del río Loira. Un puerto fluvial, lleno de barcos pequeños y medianos que sueñan con el mar abierto, aún lejano. El niño tiene once años y también anhela las grandes travesías. Pasea por los muelles oliendo el alquitrán y buscando lo que no conoce, las Indias remotas. Esa mañana encuentra un velero amarrado en cuya cubierta no se ve a nadie. Se cuela a bordo, lo recorre, sube a lo más alto, hasta la cofa del mástil. Desde allí, a lo lejos, avizora por fin la inmensidad del mar. Queda tan arrobado arriba que hasta el último momento no advierte que el barco se dispone a zarpar. ¡Estupendo, la aventura comienza! Sin embargo, la tripulación pronto descubre al pequeño polizón y lo desembarca en cuanto puede para que vuelva con su familia. Al padre indignado que suelta su bronca, el niño le confiesa que pretendía conseguir un collar de perlas y coral para su primita Carolina, a la que ama con secreto fervor infantil. Después, para tranquilizarle, añade: «No te preocupes, no lo volveré a hacer. Desde ahora, todos mis viajes serán imaginarios». El niño se llamaba, se llama para siempre, Julio Verne.
Julio Verne vendió más que nadie en su día, pero sigue lozano y siempre disfrutó del aprecio de admiradores de élite. Tolstói (que detestaba al mismísimo Shakespeare) lo leía con fruición, lo mismo que Turgeniev. El ingeniero del canal de Suez, Ferdinand de Lesseps, no paró hasta conseguir para él la Legión de Honor. Nadar, el pionero de la fotografía, era tan devoto suyo que el novelista jugó con su nombre para inventar el Ardan al que envió haciendo bromas en su proyectil hacia la Luna. Y otra de sus lectoras, George Sand, le escribió agradecida tras devorar Viaje al centro de la Tierra y De la Tierra a la Luna: «Espero que pronto nos conduzca usted a las profundidades del mar». Para complacer su demanda llegó después Veinte mil leguas de viaje submarino. En nuestros días ha seguido teniendo lectores envidiables, desde Ray Bradbury hasta el exquisito Julien Gracq. A Verne se le ha admirado tradicionalmente por magias más bien accidentales: se le tiene por un precursor de descubrimientos científicos, oficio que envejece pronto y mal. Pero hoy nos interesa mucho más que sus obras nos recuerden la poesía que encerraron una vez los sueños de la ciencia que la prosa (a veces destructiva o frustrante) de sus logros efectivos. (Fernando Savater (frag.))
Jules Verne/De la Tierra a la Luna
Traducción de: Mauro Armiño/Ilustrado por: Agustín Comotto
Versión papel /Tamaño: 16 x 22 cm./Encuadernación: Cartoné/Páginas: 320

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