Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
En el 2020 se hará la presentación de “Razones de la Pelota”, cuentos de Luis Fernando Iglesias, publicado por Alfaguara. Será presentado por José Carlos Alvarez de Ron, será en La Madriguera, será en la tardecita y será una fiesta.
Esperando al Sr Iglesias
Nochesviejas
(25/12/02)
Lo más sorprendente era ver como los regalos aparecían de la nada. La nada, para nosotros con seis u ocho años tenía un nombre que los adultos le habían dado. Pero aunque nos tragáramos la historia de Papá Noel, y nos hubiéramos tragado cualquier cosa con tal con tal de llegar a esos paquetes que se recostaban contra el árbol de navidad mirando nuestra sorpresa, era ese milagro de los regalos que aparecían él que conquistaba nuestras risas. Se violaba la lógica de una bendita forma porque no había razón para que el árbol se llenara de felicidad como se llenaba. Sin embargo bastaba con que lo dejáramos un rato a solas para que pariera esos paquetes que, y quizás recién ahora lo entienda, ocultaban no solo los regalos, sino el hecho de que todavía fuéramos el centro de todo, el alma de la casa.
En aquella casa había una puerta que separaba el comedor diario del living comedor. Como en todas las casas, el segundo solo se dejaba para cenas especiales, como la de Noche Buena, visitas, etc. El resto de los días se respiraba en el comedor diario. Esa puerta de separación muchas veces me causó temor, miedo al aislamiento que significaba terminar sólo en ese lugar mientras la casa seguía viviendo en el espacio diario, pegado a la cocina. Por esos años tuve una pesadilla que ha sabido dejar rastros por algún rincón de mi cabeza. Yo quedaba encerrado en el living comedor y era raptado por una bruja. Los restos de ese sueño no se han degradado y ha quedado la visión de mi padre cerrando la puerta que comunicaba al living con el comedor, llevando un diario en su mano, y yo a solas (no debía tener más de cinco o seis años) jugando entre los sillones. Después esa bruja que entraba, me llevaba y yo sentía la impotencia de querer gritar y que, como en tantos sueños que me estaban esperando en mi historia, la voz no saliera. El resto se me ha ido de la memoria pero no así el final del sueño: yo subiendo rápidamente en un ascensor con la raptora y ésta que de golpe tira de una palanca haciendo desaparecer el piso de mi abajo. La sensación de caer y caer sin destino fijo, el horror del vacío bajo mi espalda, hasta que mi nuca primero que nada, pega contra el fondo del precipicio: la blanda almohada de mi cama. Yo abro los ojos para ver a mi padre haciéndose el nudo de la corbata, en el cuarto que compartíamos en aquella casa.
Por eso esa puerta que me infundía temor al aislamiento, también era la valla contra lo desconocido, contra ese aire que se transformaba en juguetes con la sola condición de que nosotros no presenciáramos el milagro. Y el milagro nunca fallaba, siempre llegaba puntualmente. Bastaba que unos minutos después de las doce de la noche, nos saliéramos de la mesa en donde nos habíamos hastiado de comidas que hoy el tiempo hacen irrepetibles (aunque aquél pollo al vino blanco realmente lo era) pusiéramos algún disco, cantáramos alguna pavada (villancicos incluidos) para que los regalos, esos que le daban sentido a la noche, aparecieran junto al árbol, impactando nuestros ojos cuando abríamos esa, ahora bendita, puerta.
Así comenzaba a terminar la noche más esperada del año. Hasta se sentía un principio de congoja en el alma sabiendo que se había ido muy rápido, sin haberle sentido el gusto. Ni siquiera recordábamos las interminables horas en que esperábamos por ese irrepetible minuto de ver al árbol de navidad lleno de juguetes. Esos juguetes que aparecían de la nada ya estaban en nuestras manos, ya eran realidad tangible con los que jugaríamos hasta aburrirnos, tal vez demasiado pronto.
El 6 de enero el milagro se repetía con pasto para camellos y coca para los Reyes. Pero no era lo mismo. Los Reyes Magos tenían la comodidad de nuestro sueño nervioso que dormíamos en el cuarto separado como a una escalera y un comedor del lugar en que ellos hacían su trabajo. A mi siempre me maravilló Papá Noel y su impresionante manera de engañarnos en nuestras propias narices, como un hábil estafador de la alegría.
Salvo en esas dos fechas, el árbol de navidad me parecía extraordinariamente vacío. Cuando en otra pequeña ceremonia familiar, por el ocho o nueve de enero, lo desarmábamos, yo lo observaba de lejos. Mientras las ramas que iban perdiendo los chirimbolos y las lucecitas iban entrando a sus cajas para también vivir la espera de otro largo año yo recordaba el día que con mi abuelo lo habíamos ido a cortar en lo que ahora es la turisferia y pensaba que todo se había ido demasiado rápido, sabiendo que una eternidad infantil me separaba de la otra Nochebuena.
Mientras sentía eso, ya con los últimos adornos envueltos, yo estudiaba por última vez al aire que circundaba la base de lo que había sido nuestro árbol de navidad. Me hubiera gustado al menos tener una pista en ese entonces de todo lo feliz que era al no entender como hacían los regalos para aparecer del aire, para surgir de la nada. Me hubiera gustado entender que existía una noche que era la más importante del año, en la que yo y mi hermano éramos todavía el alma de la casa y en la que, por sobre todas las cosas, algún modesto milagro era posible.

Deja una respuesta