Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de EL Pueblo, une todas las cosas que llamamos lo incomprensible, como si ese punto físico situado en la tercera vértebra de la espalda.
Ahora no me conoces

Hoy teatro hoy


Ahora no me conoces de la edición anterior
Toribio, Clemente Estable y Mateo Legnani (José Pepe Torres)

 

Rosina More
La poesía caerá de la lapicera. Las frases entreveradas, se darán unas contra otras.
Las palabras desesperadas intentarán encontrarse. Los puntos, las comas saldrán a
jugar con el pasto.
Mientras ella con su renguera hará un bastón con el abecedario y saldrá rumbo al
horizonte.

 

 

Felix Montaldo
PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS
Jorge Luis Borges
Los conjurados
A principios de 1985 fue presentado su último libro, “Los conjurados”. En el prólogo,
el escritor reveló su cansancio: “… soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo, escribiendo…
¿Qué otra suerte me queda? (…) ‘Todaobra humana es deleznable, afirma Carlyle, pero su
ejecución no lo es’”. Pero más adelante nos revela sus expectativas: “Sería muy raro que este
libro, que abarca unas cuarenta composiciones, no atesorara una sola línea secreta, digna de
acompañarme hasta el fin”. El libro fue dedicado a María Kodama. 1
En una extensa y afectuosa dedicatoria, Borges expresaba lo siguiente:
“…De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta
inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esté sola y las

populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que
pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de
Hawkwood, los libros y las láminas?
Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro. En
este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una
entrega de símbolos!”
El libro contiene también elegías dedicadas a amigos ya fallecidos: Mauricio
Abramowicz, Haydee Lange y Enrique Branchs y un poema que alude a la Guerra de las
Malvinas, llamado “Juan López y John Ward”. Esta guerra fue muy dolorosa para Borges
quién aunaba su identidad argentina con su amor por la cultura británica.
Según su amiga la escritora Alicia Jurado, a fines de 1985 viajó con María Kodama a
Ginebra para revisar la traducción al francés de las Obras completas de Borges. Al parecer, el
escritor estaba gravemente enfermo, pero no quería contárselo a sus amigos y familiares para
no entristecerlos. Sus trabajos literarios ocuparon toda su vida. 2
El 22 de noviembre de ese mismo año cambió su testamento anterior, nombrando
heredera universal a María Kodama. A su empleada le dejó una suma fija de 2500 australes.
En el testamento precedente, de fecha 28 de agosto de 1979 le correspondía a su empleada
doméstica, Epifanía Uveda de Robledo, la mitad del dinero en efectivo y del depositado en
bancos, correspondiendo el resto a María Kodama. Epifanía Uveda impugnó ante la justicia,
el último testamento de Borges, pero su recurso fue rechazado.
A fines de abril de 1986 se casó por poder en Paraguay con María Kodama. Borges falleció el
14 de junio de 1986 en Ginebra y fue enterrado en el pequeño cementerio de Plainpalais. Su
esposa se preocupó de que se mantuviera vigente la obra del escritor y de que sus libros
estuvieran siempre disponibles y a precios razonables para los lectores. Ella manifestó: “Le di
mi palabra a Borges, tengo que cuidar su obra”.-

 

Luis Fernando Iglesias

Ruido de Tapones

Aquel año de 1966 fue el último que la familia vivió en Colonia. Yo andaba por los
ocho años y la separación de Montevideo, junto con nuestra pasión por el fútbol, nos
hizo, a mi padre, a mi hermano y a mí, elegir a Juventud como equipo del que
prime­ro fuimos simpatizantes, y luego hinchas. Este era el eterno rival del otro
cuadro grande coloniense, Plaza, que tenía más poder económico y también, hay que
reconocerlo, mayor hinchada.
Juventud pasó a ser una referencia obligada y sal­vadora de los naturalmente
aburridos domingos. No debe haber cosa más desvalida en el mundo que un domingo
sin fútbol. Con otros amigos del barrio, que quedaba a escasas dos cuadras de su
cancha, con­formábamos un pequeño grupo de niños que levan­taban poco más de
un metro del piso. Todos éramos de Juventud, así que los padres, en sabia medida,
nos juntaban en las canchas para que no molestáramos demasiado. Mientras ellos
tranquilamente miraban los partidos, nosotros íbamos descubriendo, poco a poco,
toda la magia e irracionalidad que corre detrás de una pelota.
Apenas tres nombres de aquel plantel sobreviven al olvido. El Tingo Pintos, un
número nueve que era un monumento al esfuerzo y símbolo del equi­po; Orellana (o
algo así), veterano número diez que llevaba en sus espaldas el impecable currículum
de haber jugado en la reserva de Nacional en la déca­da anterior, y un morochito,
marcador de punta, de apellido Rodríguez. No era que este rústico defen­sa tuviera

mayores destaques en el equipo, pero lo recuerdo porque se atendía con mi mamá,
dentista destacada de la ciudad. Cada día que lo veía entrar en la sala de espera, me
costaba creer que, sin la roja camiseta, pareciera una persona común ingresando a mi
casa con urgencias tan notorias y vulgares como un dolor de muelas.
No me perdí ni un solo partido de esa inolvidable campaña. Tanto Plaza como
Juventud llegaron a la final. Esta se iba a disputar un domingo en la Plaza de
Deportes. Todo estaba listo para ir al gran partido… hasta que una traicionera gripe,
contra mi férrea vo­luntad de ocho inviernos, me tumbó en la cama. Es sabido que
estas enfermedades esperan para atacarnos en el momento en que pueden robarnos
alguna feli­cidad de esas que el mundo nos entrega racionadas. No hubo lamentos ni
súplicas que hicieran claudicar las lógicas e injustas razones de mis mayores. Era un
hecho: no podría ir al partido.
Me pasé todo el mediodía de aquel domingo po­drido preguntándole al viejo si iba a
ir a la final; a lo que mi padre, como era obvio, me decía que no, porque tenía que ir a
hacer un trabajo en Sudamtex, empresa que nos aseguraba el sustento. En el fondo,
era un remedio a mi tristeza. Lo sentía como un acto de estricta solidaridad. De todos
modos, el domin­go envolvió de gris mi impotencia, y me escondí en la cama,
intentando ocultar el renuncio y la traición que le infligía a mi cuadro. El frío y una
llovizna sin gracia daban el escenario adecuado a mi tristeza.
Poco antes del partido, mi viejo se borró silencio­samente diciendo que en cuanto
terminara de traba­jar, volvía. Mi ingenuidad no me hizo albergar sospe­cha alguna.
Tampoco sospeché cuando, poco después de terminado el partido, volvió a casa
acompañado de su mejor sonrisa. Se sacó la gorra de pana, los len­tes negros y me dio
un gran beso, que yo sentí raro a través de mi fiebre. Después me avisó que Juventud
era el campeón y que había ganado uno a cero.
Fue en ese momento que sentí una bronca incon­trolable y me puse a sollozar la rabia
de no haber vis­to mi primera vuelta olímpica. Nunca podría pasar de nuevo por la
Plaza de Deportes sin recordar que no había estado el día en que salimos campeones
y que aquellos gritos de victoria habían sido perdidos para siempre por mi corazón.
Me sentía el peor de los traidores pero, sobre todo, sentía la tristeza de la felicidad
perdida, ya inalcanzable.
Estaba en mi cama, rumiando mi tristeza y mi bronca de chiquilín caprichoso, cuando
mi viejo entró al cuarto. Me alzó con decisión y ni mi pijama gris ni yo entendimos
por qué me sacaba de la cama y me llevaba hasta la ventana junto a la puerta de calle.
Entre mis lágrimas y mi asombro, pude ver cómo todo el equipo de Juventud
desfilaba ante mis ojos, aún con sus rojas camisetas sudadas de gloria, haciendo un
desvío, en su camino a la sede, para pasar por nuestra puerta. Uno a uno, los
campeones levantaron sus brazos, homenajeando al hincha de­rrotado por la gripe,
rasgando el gris de la tarde con sus manos.
Sé que él no era consciente del nido de memoria que estaba plantando en mi vida, y
esto tal vez en­grandece aún más su gesto. Nunca me explicó qué gestión hizo para
transformarme en protagonista del festejo. Tampoco yo se lo pregunté, dado que lo
atri­buí a la condición, que todo niño juzga lógica, de que los padres todo lo pueden.
Dos días después, mientras iba a mi clase de in­glés por Bulevar Artigas, en una
exposición de fo­tos del partido final, pude apreciar la inconfundible sonrisa,
campera marrón y gorra de pana, del viejo sentado en la tribuna principal a la espera
del inicio del partido, oculto tras sus lentes negros. Recién ahí entendí su mentira
que, por supuesto, ni siquiera ne­cesitó algún perdón.
Nada importó que el año siguiente nos mudára­mos a Montevideo. No influye en este
recuerdo que, también en ese año, gran parte del equipo, comanda­do por el Tingo
Pintos, se fuera a jugar a Plaza, llevándose el festejo de campeones aún fresco. Ni

siquiera importa que yo haya perdido, al poco tiempo de vivir en Montevideo, mi
devoción por Juventud. Porque, pese a todo, igual queda latiendo ese sonido a viejos
tapones de cuero pegando contra el pavimento, que se colgó por siempre de mis
tímpanos.
Y a veces, sólo a veces, cuando el espíritu lo nece­sita, mis ojos mienten que vuelven a
ver a ese grupo de caras anónimas y camisetas rojas marchando, con mi viejo a la
cabeza, rumbo a la inmortalidad.
(| Del libro Razones de la pelota (Alfaguara 2019) Gentileza de penguim Random
House|)

 

Edgardo Taranco

 
Buenas Noticias

Libros de San Juan presenta textos que hablan de nosotros:

Calle Rivera: Caballos sueltos de los indios, los propios indios, carretas de los
milicianos paraguayos, los propios milicianos paraguayos y carruajes cuando todo
era casaquintas, sombreros y bastón y los primeros autos tan ruidosos como los
indios. Hasta José Artigas (si no fuera calle me paraba para nombrarlo) pasó por

mi lomo.( Omar Adi)

Quinta Capurro: Soy la memoria de pájaros eternos y aguas cristalinas. Testigo
de más de cien años de visitas por jardines lindos. Cada alma de cada pisada,
palabra o susurro está impreso en mí. Como todo camino voy y vengo, soy un

círculo en esta Casa en Santa Lucia.( Rosina Moré)

La pasarela: no es solo hormigón, es cruzar al encuentro de nosotros, es el pilote
que divide la corriente y permite una pausa a nuestros años dentro del agua..

( Marcelo Scaglia)

La Plaza :Cada día las ausencias seremos más ya nadie será reconocible entre las
presencias de hoy ya no seremos sobrevivientes… sólo quedará este libro que

hablará de ello..
(Rodolfo Torres)
Incluye

Incluye:, la Quinta Rodó, el cine 18 de Julio, el prado, la estación, las canchitas de la Bella ,lo

del Bochón, el liceo, el Club Social 23 de marzo.

En Venta en La Madriguera Libros. Rivera 478.-

El discernimiento de lo bello en la naturaleza es el resultado de las tradiciones de la

conciencia y de la cultura. FH

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