Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Felix Montaldo
PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS
MARIE CURIE
Vienen tiempos mejores
La situación familiar había empezado a tomar un giro más favorable: su padre se había retirado de su puesto de profesor y buscó un nuevo empleo para mejorar su pensión. Consiguió un cargo como director de una correccional para niños, ubicada cerca de Varsovia. El trabajo era duro y desagradable pero tenía una buena retribución lo que le permitió contribuir en mayor medida a solventar la educación de sus hijos y mejorar las finanzas familiares. Entonces ya pudo hacerse cargo de los estudios de Bronia, liberando a María de su aporte y también amortizar la deuda de su hermana. Con esto nuestro personaje ya podía pensar en ahorrar dinero para la matrícula en la Sorbona.
Bronia se había ennoviado con un joven polaco, militante nacionalista, que había huido de Rusia por estar implicado en actos subversivos contra el régimen zarista. Tampoco podía entrar en Polonia por lo cual decidió refugiarse en París y proseguir allí sus estudios en la Facultad de Medicina donde conoció a la hermana de María.
En marzo de 1890 María recibió carta de su hermana, anunciando la boda con su novio (también de nombre Casimiro) y avisándole que estaba próximo el momento de recibirla en París:
«El año próximo podrás venir a París y vivir en nuestra casa, donde encontrarás albergue y alimento. Es absolutamente necesario que dispongas de algunos centenares de rublos para las inscripciones en la Sorbona.
…Te garantizo que te licenciarás en dos años. Piensa en ello, ahorra dinero, deposítalo en un lugar seguro, no se lo prestes a nadie. Tal vez lo mejor sería convertirlo de inmediato en francos, porque el cambio es bueno ahora, y más adelante puede bajar…»
La contestación de María fue desconcertante:
«He sido estúpida, soy estúpida y seguiré siéndolo durante todos los días de mi vida, o mejor dicho, para traducirlo al estilo corriente: no he tenido nunca, no tengo y jamás tendré suerte. Soñaba con París como una redención, pero hace ya tiempo me había abandonado la esperanza de poder ir ahí. Y ahora que se me ofrece esta posibilidad ya no sé que hacer…»
María estaba dividida entre sus planes iniciales y su romance con Casimiro al cual seguía viendo, pero que estaba ensombrecido por la hostilidad de la familia del novio. Estos amoríos se volvieron atormentados y conflictivos porque el joven no podía enfrentar a sus padres. Finalmente, al año siguiente, fue ella la que finalizaría la relación en una forma «orgullosa y altanera» tal como lo diría el profesor Sklodowski. Fue en setiembre de 1891 en unas vacaciones en Zakopane, sobre los Cárpatos. En su último encuentro y, ante las indecisiones del joven, María le expresó lo siguiente, según nos cuenta su hija Eve:
«Si usted no ve el medio de aclarar nuestra situación, no soy yo quién ha de enseñárselo.»
Pero Casimiro siguió recordando toda la vida a su novia de entonces. Se contaba que, ya siendo un anciano, se sentaba en una plaza frente a la estatua de María y pasaba largo tiempo contemplándola.
El año 1890 María lo había pasado en Varsovia donde prosiguió sus estudios en la llamada «universidad flotante» que era un centro de reunión de los nacionalistas polacos donde se impartía además enseñanza de nivel superior en idioma polaco y de una forma clandestina. Allí tuvo la oportunidad de concurrir al laboratorio de química que funcionaba en el local del Ministerio de Industria y Agricultura y era dirigido por su primo Josef Boguski que había sido ayudante del famoso químico ruso Dimitri Mendeleiev.
Finalmente, ya hacia finales de 1891, María estaba completamente decidida y escribió a su hermana:
«Ahora, Bronia, te pido una respuesta definitiva. Decide si puedes, realmente, tenerme en tu casa, porque ahora puedo ir. Por lo tanto, si puedes darme de comer sin someterte a muchas privaciones, escríbemelo. Eso sería para mí una gran felicidad, porque moralmente me devolvería el aplomo, tras las crueles pruebas que he atravesado este verano y que influirán en toda mi vida…»
Cuando obtuvo la contestación afirmativa, la joven, que ya tenía 24 años, se aprestó para viajar a París. Fletó primero todos sus enseres: colchón, sábanas, mantas, frazadas, toallas y todo lo que pudiera necesitar para los primeros tiempos, de modo tal de no verse obligada a comprarlo en Francia. Después se trasladó a la Estación del Ferrocarril de Varsovia, donde se despidió de su padre y se embarcó para la ansiada «ciudad luz». Para economizar, viajó en un vagón de cuarta clase, sentada en una silla plegable, durante más de treinta horas, porque esos vagones contaban con muy pocos asientos.

La Madriguera, presenta:
Pepe Sacapuntas en Santa Lucía
Cazadores, diplomáticos, asesinos y simples ciudadanos, entre otros personajes, nos acompañan mientras cabalgamos en una tempestad, conocemos el poder de una droga inimaginable o tenemos un encuentro con una entidad demoníaca en medio de un bosque lejano.
El amor, el miedo, la frustración y la risa conviven y se entrelazan en estos Cuentos crónicos, Diego Bengoa (Pepe Sacapuntas), abriendo un camino tanto hacia el reconocimiento como hacia el asombro.
Diciembre 9 , hora 18, el autor en La Madriguera

Ahora no me conoces
equipo y pico


Ahora no me conoces de la semana anterior
Esta ni idea, esperare la próxima (José Pepe Torres)
La recuerdo bien esa esquina, pero tuve que ir para confirmar y recordar el nombre de una de las calles. Esta esquina es Venezuela y Mitre en el legendario barrio del Budapest. Fui en la noche, hacía tiempo que no pasaba por alli, recordé la cancha, la gente del barrio y también me acordé de los ojos de ella y su bicicleta amarilla mientras charlábamos ahí, en época de sentimientos intensos. Quedan vestigios del color naranja de la casa que ha sido reformada. De aquella intensidad no queda nada, aunque me enamoraría un millón de veces más de aquella mirada, ha pasado muchísimo tiempo, pero no dejan de ser ella y esta esquina, parte de mi vida. Todos tenemos esquinas y miradas que van quedando por el camino.(Ruben Rodríguez)

 

 

Rodolfo Fuentes
Bibliotecas
Cuando yo era niño, en mi casa habían dos libros: una biografía de Pedro Petrone, (el jugador de la selección uruguaya de football en 1924 y 1928) y una aritmética de Pedro Martín, de tapa dura. Ambos pertenecían a mi padre y lo acompañaban desde su adolescencia, talismanes contra su casi analfabetismo. Como era costumbre por entonces, todos los días se compraba el «diario de la noche», El Diario, que traía Toribio, el moreno repartidor. El periódico traía una página de historietas y, por supuesto, le pedía a mi madre que me las leyera. Mi madre no era mujer de mucha paciencia y cuando yo tenía menos de 5 años me enseñó a leer y se independizó de mis demandas -y me independizó.
Un par de años más tarde descubrí el Santo Grial. En la otra cuadra de mi casa en la calle Sarandí, una pareja de ancianos judíos tenían una pequeña mercería, donde mi madre me mandaba a comprar botones o hilo o sedalina o elástico. En el fondo de la habitación donde atendían, había un baúl. Nunca me llamó la atención ese baúl, hasta que un día la señora me preguntó si me gustaba leer. Ante mi respuesta afirmativa, abrió el baúl, que sorprendentemente, estaba lleno de revistas y libros…
En esa época aún existían los vintenes y por algunos de estos, empezó a venderme ejemplares de «Rojo y negro», «Leoplán» y «Tibits», todas revistas de origen argentino que según ella habían pertenecido a sus hijos, personajes de los que nunca supe nada, pero cuya ausencia portaba un perceptible halo trágico.
Esas revistas tenían generalmente relatos largos firmados por Jack London o Robert Louis Stevenson, Mark Twain y otros autores, amén de artículos sobre la suerte del cadáver de Evita Perón y otros asuntos tal vez no muy convenientes para mi edad de entonces.
Esa, mi primera biblioteca, se fue completando con libros de la colección Robin Hood, la de tapas amarillas, Verne, Salgari, Stevenson y otros autores. Y también, por supuesto revistas de comics, Superman, Batman, Hopalong Cassidy, Red Ryder (a quién ya conocía de las tiras de El Diario), Tarzán, Turok y otros muchos que además de ser leídas, eran canjeadas constantemente. Eso me llevó a Colombes 70, un negocio de canje profesional de revistas y a veces de de libros (allí encontré un libro de Salgari que no conocía, llamado «La cimitarra de Buda». Desgraciadamente, al llegar al final, aparecía la fatídica frase: «fin del primer tomo»… Tardé aproximadamente 35 años en encontrar el segundo tomo, y pude por fin terminar de leer la novela, aunque ya no me acordaba de la primera parte.)
Otro lugar de aprovisionamiento era la panadería de la esquina, donde Oscar me proporcionaba toneladas de pequeñas novelitas «de cowboy», incluidas las inmortalizadas por Serrat, las de Marcial Lafuente Estefanía, de dudosa factura y premonitorio ambiente de spaghetti western.
A esa altura lo mío ya era voracidad y leía con igual interés todo ese material que los diarios, las revistas «Nocturno» de mi abuela y cuanto papel con letras se atravesaba por mi camino.
Así llegué al liceo y descubrir la biblioteca, aquella habitación que daba al patio posterior, fue un impacto enorme. Si bien por entonces había conocido la pequeña biblioteca municipal que estaba en la calle Suárez, esta era como un lujo: un cuarto grande lleno de libros, muchos de ellos con bellas encuadernaciones. Entonces, leí a Dickens, Dostoievski, a Poe, a Zolá y a muchos otros autores que no conocía. También las historias de abejas y hormigas del naturalista Fabre y particularmente, un libro que «saqué» muchas veces: Las vidas extraordinarias de pintores, arquitectos y escultores, de Giorgio Vasari.
Con el liceo, vino el club social, que también tenía una biblioteca en el primer piso, donde Elina administraba ese pequeño mundo de libros, donde un recorrido minucioso permitía descubrir novelas de Pearl S. Buck, Vicky Baum o de A. J. Cronin, autores que el tiempo ha sepultado piadosamente en el olvido junto a otros no tan olvidados como Erskin Caldwell, John Dos Passos o Carson McCullers.
Pero el club social trajo la vinculación con gente más grande que andaba con libros, muchos libros del boom latinoamericano, de Sartre, Simone de Beauvoir, Henry Miller… o la biblioteca de mi amiga Mariela donde se alineaban – lomos azules- los libros de Steinbeck y Faulkner.
En mi vida hay mucho más historias en torno a los libros, pero las guardo para mí.
Todo esto viene a cuento porque hace poco, volví a tener en mis manos y está en mi propia biblioteca, un ejemplar de ese libro de Vasari, la misma edición de 1950 encuadernada en tela de los clásicos Jackson. Voy a empezar a leerlo, una vez más…

 

Diego Bengoa
Cuando la suerte no es grela
Hagan un viaje de cuatrocientos años hacia el pasado, los espera un mundo de 500 millones de personas; una doceava parte menos de los que somos hoy, con continentes y mares casi vacíos. Un rastrojo de Europa venía reponiéndose lentamente de la peste negra.
Esta enfermedad había comenzado su letal presentación dos siglos y medio antes. Fue tan brutal que diezmó la población europea en dos terceras partes de sus habitantes
Un rastrojo de Europa venía reponiéndose lentamente de la peste negra. Esta enfermedad había comenzado su letal presentación dos siglos y medio antes. La expectativa de vida era inferior a los cuarenta años; la gripe era una enfermedad letal; no había casi remedios. La gente no sabía leer ni escribir; tanto que el analfabetismo de España era mayor al ochenta por ciento de su gente.
En ese contexto, un hombre manco, que había servido en la Armada española, y que estuvo capturado por los corsarios por años, tenía un destino malogrado por definición. Casi un determinismo ineludible hacia el fracaso.
Por si fuera poco, estaba abrumado de deudas por las que ya había estado preso una vez. Era un viejo ya a sus cincuenta y cinco años. Se presentaba como escritor y no había logrado concretar ninguna obra de valor.Sin otra luz que no fuera la de su talento, a pluma de ganso y tinta, este señor logra vender su obra en 1605 al librero Francisco de Robles que tenía su establecimiento en Madrid . En poco tiempo su creación se transformó en un éxito brutal.
La gente la compraba en pequeños librillos que luego se los encuadernaba para su conservación. Siete años más tarde se traduce al inglés, y ese frenesí de popularidad no para hasta nuestros días siendo contada su creación en más de cincuenta lenguas.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es la primera novela moderna y don Miguel de Cervantes el número uno de los escritores hispano parlantes. Para competir los demás deberán esperar trescientos años de éxito con la certeza que Don Miguel llevará setecientos…

 

El maestro Enrique Ilera
Las artes plásticas
Angelita era una atea radical. No dualista y materialista en todo el sentido de la palabra.
Si fuera por ella convertiría los templos en observatorios meteorológicos y usaría el agua bendita para lavarse la cabeza.
Pero igual iba a la iglesia por lo menos dos veces al día, pues era ella quien atendía las necesidades del cura. Que comía como un latón de ropa sucia y bebía como unas alpargatas viejas.
No bien daba cumplimiento a sus tareas, Angelita salía como alma que lleva el viento.
El pintor ya estaba acostumbrado a esta rutina porque hacía varios días que le lavaba un poco la cara a las paredes del templo y si hubiera estado por lo menos un poco informado se creería Miguel Angel, pero como no sabía nada de nada y además su nombre era Domingo, dejaba que la pintura chorrease y salpicara su bonete de hojas de diario sin preocuparse demasiado.
Pero sucede que Angelita además de ser la dadivosa del cura no era del todo ajena al arte contemporáneo.
Fue así que aprovechando un descuido del obrero del pincel, le arrebató el bonete impreso y se puso ella misma a embadurnar las paredes.
Los especuladores del arte de París y Nueva York la hicieron millonaria.

 

No entiendo realmente ese proceso llamado reencarnación, pero si existe tal cosa que me gustaría volver como perro de mi hija. L.C.

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