Cada vez que queremos hablar de algo, los uruguayos solemos comparar. Que es lejos «como de acá a la China» o que es «más viejo que la injusticia» o apelamos a los refranes, que son parte del sentir popular.
A qué viene esto? A que si uno quiere hacer una fotografía de la actualidad nacional, bien podría compararla con una gelatina.
Es estéticamente bella. De colores brillantes y dan ganas de probarla. Llegado el momento de la degustación nos encontramos con una sustancia deliciosa. Eso, no desilusiona, pero contrariamente a llenarnos, seguimos teniendo apetito y la sensación es de algo que se tambalea.
Eso parece nuestro Uruguay. Un país que es hermoso, con potencial para «llenar» el ojo, pero que tiene tantos problemas que es difícil visualizarlo en pie, firme y mirando hacia el horizonte
Todo esto duele, no es una sensación y se contrasta con datos de la realidad. La semana pasada un artículo de El Observador, daba cuenta de la cantidad de lecheros que dejaron la producción porque no logran el equilibro entre el trabajo y la justa retribución y ganancias.
«Generalmente este fenómeno se da por una economía que no logra retener a quienes desarrollan una actividad productiva, que frente a la adversidad se sienten desmotivados. Los 2.716 productores que remiten leche a plantas industriales están muy lejos de los 4.000 que en promedio tuvo el sector hace pocas décadas atrás.
El artículo da cuenta de 502 que dejaron el sector. En 2016 fueron 163 productores, de un total de 2.879, los que dejaron la actividad.
Este es uno de tantos. Sin ir a los medios, tantas veces acusados de ser portadores de la «exageración», basta con recorrer algo de la capital del país. Hay tanta gente durmiendo en la calle y pidiendo en los semáforos, que asusta. Claro, los montevideanos están más acostumbrados a este triste paisaje. Entonces quedémonos en nuestro Canelones donde los productores nos cuentan sus peripecias para hacerse de insumos y sacar una producción cada vez más cara. Un departamento donde hoy es más común ver niños, jóvenes y adultos revolviendo contenedores de basura. Habían dejado de aparecer pero ahora los vemos resurgiendo como un desolador ave fénix de los más carentes de la sociedad, de los más vulnerables, de los que menos tienen.
Es de preguntarse hasta cuándo seguiremos hipotecando futuro. Mientras muchos adultos retoman -felizmente sus estudios-, es desconcertante ver cómo hay tantos niños y adolescentes en la calle, procurando «un peso» en semáforos, esquinas o, peor aún, algunos, una minoría delinquiendo.
Cuidado, mientras se nos llena el ojo con temas internos del Frente Amplio -como es el caso Sendic- y con temas externos, ( también preocupantes) como Venezuela, nuestro Parlamento evalúa una Rendición de Cuentas. De esta rendición sobre lo pasado y las cuentas del futuro, depend eun año más. Donde esperamos, comer no sea una hazaña y el acceso a los servicios básicos estén cubiertos para los que menos tienen y que siempre quedan rezagados.

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