Hace medio siglo hubo un hombre que amando profundamente a su pueblo comenzó a darse cuenta que si no se tomaban medidas drásticas ese «pedazo del perdido edén» se iba a convertir en un basurero .
Mi viejo me llevaba de la mano, cargábamos a veces algunos brotes de paraíso y a veces ramitas de otras especies, hacíamos unos hoyitos en la tierra y casi como en un ritual poníamos allí nuestra esperanza en que algún día crecería un árbol .
Don Pepe me explicaba que cuando las riberas de los ríos están bien forestadas la última gota de una torrencial lluvia demora como tres días en llegar al cauce, eso impediría las crecidas intempestivas, otorgaría sombra en verano y protección en invierno, disminuiría la fuerza de las crecientes.
Juntos debemos haber plantado cientos de árboles, recuerdo haber visto crecer algunos de ellos, cerca de las barreras del talar .
Talares eran los que poblaban la ribera del Santa Lucía hasta que empezó la furia depredadora, unos por leña otros por tierra, de la negra, de la buena. Y así se fue desforestando la costa de «su» rio y se fueron perdiendo los barrancos que encauzaban sus aguas .
Papá le dedicó 30 años de vida a planificar la forma de evitar ese desastre, dibujó cientos de mapas y recorrió todas las escuelas del departamento explicándole a los niños que la zona en que vivíamos podía ser » el huerto de la Republica » pero también podíamos perderlo para siempre. Imprimía sus escritos a mimeógrafo y corregía una y mil veces su texto, para darle fuerza, para hacerse escuchar .
Los niños lo entendían , los grandes un poco menos …
Pasaron gobiernos colorados, blancos, frenteamplistas, seguramente todos quisieron hacer algo, pero no fue suficiente .
En aquel rio, de octubre a marzo ,miles y miles de gurises fuimos creciendo, bañándonos en sus aguas cristalinas, tomando agua fresca de sus cachimbas , tan pura como nunca más volví a probar…
Hoy me entero que los baños están prohibidos en el Santa Lucía, que en la pasarela los gurises de mi pueblo no pueden ni mojarse, que desde arriba de aquel puente desde nos tirábamos temerariamente ya solo se puede contemplar.
Extraño mucho pero mucho a mi viejo, nunca pensé que podía haber algún motivo por el que me alegrara de su ausencia, pero él no hubiera resistido esta tristeza y ojalá que esté donde esté, piense que algo hicimos para salvar su río…


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