“Ha muerto el debate” proclaman quienes recuerdan debates de otras épocas.
¡Había respeto por el adversario!! se dice, y se reafirma: cada uno exponía sus ideas, pero no se denostaba al oponente!!
El recuerdo tiene la des-ventaja de que embellece el pasado. Es un adecuado mecanismo de higiene mental atenuar los malos momentos y resaltar aquellos en que individual o socialmente creemos que se pasó mejor. No siempre se ajusta a la realidad.
La historia nos enseña que hubo tiempos en que ante la dura realidad se luchó con pasión por ideas, conductas y sensibilidades a la búsqueda de mayor justicia y mejor organización social.
Los enfrentamientos siempre han sido (y son) entre quienes tienen la visión de la sociedad en su conjunto, sus antecedentes históricos y el camino por el que debe construir un futuro. Otros en cambio, sólo ven el nicho social en el cual pueden medrar. Éstos luchan por un espacio de poder en el cual satisfacer sus apetencias.
Unos se preocuparán por la fuente de agua de la que se surte la comunidad: de su limpieza, de su higiene, de su cantidad, que alcance para todos y otros aprovecharán esas mismas aguas preocupados únicamente en llegar al punto que se han fijado como destino personal.
Las diferentes actitudes con que transitamos el camino de la vida nos llevan a intentar comprender e incorporar aquello que consideramos útil a la supervivencia de la comunidad, otros por el contrario, ven como un enemigo a eliminar a todo aquel que sostenga ideas que signifiquen un obstáculo para sus fines ego-ístas. Es la diferencia entre altruismo y egocentrismo.
En el momento actual los medios de comunicación de masas están muy vinculados a quienes detentan el poder real a nivel global y frecuentemente disfrazan la realidad convirtiéndose en medios publicitarios de su visión del mundo.
Las reflexiones que anteceden están relacionadas con lo que ha dado en llamarse “posverdad”. Publicaciones sobre este tema abundan en las que señalan que esta palabra comenzó a usarse en 1992.
La cita de 1992 corresponde a una publicación de prensa en la que al referirse a los escándalos de Watergate (1972 – 1973) y de Irán – Contra (1985 – 1986), en los que se comprobó que la presidencia de los EEUU y su entorno había ocultado información sobre sus actividades ilegales en ambos casos. El articulista concluía que los estadounidenses “viviremos en algún mundo de posverdad”.
El término se ha seguido utilizando en distintas publicaciones y se le encuentra con cierta frecuencia, incluso el Diccionario inglés Oxford declaró a “post-truth” como la palabra internacional del año 2016, ya que aumentó su uso un 2000% respecto a su utilización en 2015.
Con la utilización para designar una forma de hacer política, como “política de la posverdad” se quiere significar que aunque se demuestre que son científicamente falsos algunos de los enunciados sustentados por las organizaciones políticas igual los siguen apoyando como si fuesen verdaderos. Para justificar una posición política frecuentemente en forma deliberada se minimizan los aportes científicos y se apela a recursos emocionales o a creencias personales para defender decisiones interesadas.
Por eso para muchos la “posverdad” es una mentira emotiva muchas veces revestida de afirmaciones seudocientíficas.

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