Los uruguayos estamos cada vez más polarizados. Parece una obviedad pero, con detenernos a observar un rato -algo a lo que nos hemos desacostumbrado-, podemos ver con dolor que, aquello que nos caracterizaba como sociedad y nación, tiende a desaparecer.
Antiguamente, se decía que Uruguay era uno de los países más alfabetizados del planeta. Que era un lugar seguro. Nunca se destacó quizá por dar gigantescas oportunidades ni por permitir «pegar el salto» pero al menos, se podía labrar un camino de trabajo y -algunos pocos- de estudio superior.
Fuera de las clásicas diferencias marcadas por la Constitución -aptitudes- o por la capacidad monetaria, el uruguayo tenía un común denominador en su idiosincrasia: solidaridad y respeto al otro sin importsr raza, credo, religión, equipo de fútbol o pensamiento político.
Cuándo comenzaron esas diferencias a agrietarnos como país? Posiblemente hace más de una década pero tampoco se puede desconocer la injerencia de las redes sociales en estas polarizaciones.
Twitter, Facebook y los comentarios en los medios de comunicación, se han convertido en tribunas donde todos opinamos. Algunos, lo hacen moderamente. Pero cada vez más se puede ver el insulto y la descalificación en exacerbados intentos de «defender» lo que se piensa sin importar a quién nos llevamos por delante. El fanatismo político ha ganado una dimensión exagerada, triste y hasta patética: se ve, de forma permanente, el estar «en contra de» por sobre «a favor de». Y eso nos hizo añicos como sociedad tirando del mismo carro. Cada vez más nos vemos en un «todos contra todos» y la tribuna virtual, es el escenario perfecto.
Mientras el caso Sendic continúa ocupando los titulares y miles hablan a favor y otros en contra del vicepresidente, nos pasan cosas también importantes;: se está aprobando una Rendición de Cuentas con toda la carga que eso implica para el funcionamiento de un país. Pero semi-embobados como estamos por hablar de la figura personal del jerarca, se nos pasó, por ejemplo, que la Junta de Transparencia pidió información sobre Ancap y la que recibió, según sus autoridades, «no aclara» y se demoró un mes. Entonces uno puede preguntarse para qué está si ni siquiera se le responde como solicita.
Y mientras las opiniones al grito se suceden, hay un país diferente que se mueve y mucho. Es asombrosa la cantidad de jóvenes que se suman a la elección del 2 de setiembre, día a día. Se les nota convencidos y con ganas de participar. Quizá quieren un país sin grietas; quizá quieren ser protagonistas de na vuelta al uruguayo del asado compartido aunque las distancias entre las ideas, sean abismales. Tal vez sueñan con un país donde pese el estudio y el trabajo y no se premie al que actúa mal, con lugares, ofrendas y cargos. Es probable que deseen un Uruguay realmente productivo. Por ellos y desde ellos estamos poniendo todas las energías en Espacio 40 Canelones. Son la esperanza. Ojalá esta herida que hoy nos abre al medio, se pueda cerrar con tiras de aproximación, sin necesidad de una molesta costura que demora mucho más en sanar y posiblemente, quede con cicatrices.

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