Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

+Suplemento de El Pueblo,  El resultado: huellas de una ausencia, ruinas de un argumento que no llegó a cuajar, indicio de las profundidades.


Ahora no me conoces

Donde estamos?
Ahora no me conoces edición anterior
Eduardo Scarone y Betty Fernández (Susana Lopez)


Félix Montaldo

Personas que abrieron caminos nuevos

Lee de Forest
Lee busca mejorar su sistema de transmisión
A pesar de que su transmisor funcionaba en la captación de señales mejor aún
que el de Marconi y otros aparatos del tipo de cohesor, nuestro investigador
estaba abierto a emplear otro sistema si demostraba ser mejor que el
electrolítico. Lee decidió jugarse y abandonó del todo su empleo en la revista de
la Western Electric. Se tenía que sostener con los 5 dólares que recibía de Ed
Smythe y otros 5 dólares del Instituto Armour. Su otro socio, Will Smythe, no
podía aportar sus 5 dólares porque iba mal la empresa donde trabajaba (le
habían rebajado el sueldo).
Lee intensificó sus experimentos hasta que estuvo en condiciones de probar su
transmisor al aire libre. Ayudado por Ed Smithe hicieron varias experiencias
logrando captar señales a distancias cada vez más largas, conectando el aparato
a una antena ubicada en el mástil del Instituto Armour mientras Lee se ubicaba
en el hotel Lakota situado a 800 metros, donde le habían autorizado a colocar
una antena. Allí pudo captar con claridad, aunque en tono bajo, la señal que le
enviaba Ed. Después obtuvieron el permiso para colocar una antena en la alta
torre del auditorio de Chicago que estaba a seis kilómetros y medio del Instituto.
La señal se oyó perfectamente. Lee y Smythe se reunieron esa noche para
estudiar los nuevos pasos a seguir.
El primer éxito
Para nuestro inventor los próximos experimentos deberían apuntar a las
transmisiones a bordo de embarcaciones ya que el mar era el lugar más
promisorio para probar el inalámbrico puesto que no contaba con las facilidades
para instalar cables como había por tierra donde tenían el telégrafo y el teléfono.
Lee y Smythe discutieron el tema con el profesor Freeman que estaba muy
interesado en los experimentos que venían haciendo y decidió colaborar en el
proyecto. El profesor conocía a una persona que tenía un yate en el lago
Michigan y se ofreció para pedírselo prestado a los efectos de realizar las
pruebas. El dueño de la embarcación accedió y les proporcionó además el
generador del barco para alimentar el transmisor. A su vez Ed Smythe habló con
periodistas de Chicago para interesarlos en la cobertura del evento. El día de la
prueba, Ed se quedó a bordo del barco manejando el transmisor y enviando las

señales, mientras Lee y Freeman permanecían en tierra donde colocaron el
receptor en una caja de embalar e instalaron una antena a la vez que conectaron
el equipo a tierra en una cañería de cloacas.
Una vez que partió el yate Lee se puso a escuchar la llegada de las señales
mientras que Freeman se ubicaba a su lado con papel y lápiz para anotar las
señales que su compañero le dictaba. Recibieron varias señales y finalmente un
mensaje en código morse que Ed les envió y que tradujo el profesor observado
atentamente por los periodistas. Decía así: “Smythe a DeForest. El equipo
funciona bien. Si puedes traducir esto, hemos tenido éxito”. _
Finalizada la prueba los periodistas entrevistaron a Lee haciéndole una serie de
preguntas acerca de estos experimentos y sus perspectivas de futuro. El inventor
les explicó en lenguaje sencillo en que consistían las ondas hertzianas y a través
de que sistema eran captadas por el transmisor de chispa de a bordo e
irradiadas por éste producían una corriente eléctrica en el alambre de la antena
y el detector transformaba la corriente en sonido. Luego predijo que en la
medida en que se perfeccionaran los equipos de transmisión y recepción las
señales podrían ser enviadas a distancias cada vez mayores. Luego auguró:
“Algún día estas ondas llevarán por el espacio la voz humana”. _ Anunció
además sus planes de futuro que consistían en mejorar su sistema y prepararlo
para llevarlo a la práctica.
Al día siguiente varios periódicos de Chicago publicaron la noticia en la primera
página. El nombre de Lee de Forest comenzó a hacerse famoso en el tema de las
comunicaciones inalámbricas.

 Eduardo Mollo

La Bella: Ciudadanos Ilustres
“ La historia de lo cotidiano es ante todo una historia cultural que hace uso tanto del
arte como del pensamiento, del lenguaje y la literatura, de las costumbres y las
tradiciones, de las representaciones, las creencias y los estereotipos. ”
Ricardo Pérez Montfort

Toribio
Daniel Da Rosa
Padecía de dulzura

Cuando la madrugada comía en su mano
Las cenizas de su sueño más lejano
Cubría su boca seca de tormentas amorosas
Con una tela alada de mariposa trunca
Dormía en el umbral de la puerta del bar
Donde la noche se le hacía más tibia
Pascal (*) se volvía pájaro loco
Cuando lo encontraba allí

Lo envolvía con historias de tirios y troyanos

Hasta llegar al mostrador

Esta no es mi casa decía
Toribio
Y calentaba el paladar
A puro vino tinto.

(*) Pascal: el propio Daniel nos explica su significado: Pascal es un personaje
ficticio que homenajea a quienes estuvieron detrás del mostrador.
Respecto del poema “ Toribio ”, así nos explica Da Rosa su
génesis: “ Toribio tenía que estar, como otros personajes de nuestra Santa Lucía,
porque formaba parte de nuestro paisaje humano de aquellos tiempos, donde
todo era posible. Así como el Café Sportman era un lugar emblemático en la
ciudad, creí necesario relacionar a aquellos “ personajes ” que convivían en el
diario trajinar de nuestras vidas.
El Sportman fue un vehículo, un medio, una forma de traerlos,
de rescatarlos de la niebla del olvido. Ellos, Toribio incluido, formaban parte del
entretejido social santalucense de entonces.
Y finaliza: “ Básicamente y en forma muy breve, explico porque
elegí a Toribio como otros, a integrar el peculiar universo que existía en mi
imaginario alrededor del Café Sportman.”
Poema publicado en el libro Café Sportman ( Memorias ), de la
colección TODOS LOS GALLOS ESTÁN DESPIERTOS, Segunda Serie / 37,
abril de 2017, Montevideo, Uruguay.

Breve noticia biográfica

Daniel Da Rosa Fourcade. Nació en Santa Lucía, en 1954.
Integrante del Grupo de Teatro “ Pilares ” ( Santa Lucía ).
Obtuvo mención en Cuentos para Oír, Discodromo Show, en 1978, por el cuento
“ El tonto de Andrés ”.
Ha escrito letras de canciones para los grupos de música “
Minotauro ” ( Santa Lucía ) y “ Cantaliso ” ( Montevideo ), en la década de los
setenta.
Publicó el poemario “ Las primeras armas ” ( ediciones de autor ), “
Que no te toque mi poesía ” ( Editorial Libros del Tren, 1994 ) y participó en la
Antología “ Historias de Bicéfalos Santalucenses ” ( Editorial Libros del Tren ).
Poemas publicados en páginas web: El Suplemento cultural del “
Derecho Digital ” y en la página de Facebook: Tendales s/l.
Ha escrito textos para muestras de pinturas del pintor Rodolfo
Torres. Publicó poemas en los catálogos del artista valenciano Antoni Miró para
las muestras “ Vintage Endis ” ( 2002 ) y en “ Si yo tuviera una escoba ” ( 2007 )
( España ).-
Ha participado en lecturas de poemas en eventos culturales
organizados por Tendales Santa Lucía, “ Zona Poema ” ( Montevideo ), la
Comuna Canaria ( Centro Cultural de la Casa de Rodó ), el Grupo “ 1782 ” de
Santa Lucía, escuelas locales, liceos, MEC Cardal ( Florida ), UTU e IFD
Canelones y en Encuentro de Poetas del Interior en Fray Bentos.
Actualmente escribe textos cortos y poesía en el suplemento cultural
del periódico “ El Pueblo ” de Santa Lucía.-

La ciudad
Guía Práctica para viajeros

Las ciudades poseen tópicos inevitables.
Si alguien  decide viajar a Asunción, visitará la Plaza de los Héroes, la calle
Palma o La Recova y se alejará de tierras paraguayas con la ilusión de haberla
conocido.
Este equívoco también nos sucede a nosotros.
El arribo de un viajero invita a que le mostremos primordialmente la Quinta
Capurro, el Prado y La Pasarela, pero nos quedará la sensación de que para
llegar a conocer la ciudad deberá ver algo más. Saldremos pues hacia La Plaza,
El Palacio Lacueva o el Hotel Biltmore. Y aun así sabemos que es mucho más
grande.
Tan grande como cada uno de sus habitantes.
Para que no dependa del arbitrio de cada guía, podríamos planear diferentes
tours a efectos de unificar criterios con el fin de que el viajero conozca
cabalmente la ciudad en una sola visita.
Sobre ese esfuerzo pende la sospecha de la ineficacia, pero hagamos de todos
modos el intento.
Previamente deberíamos descartar algunos paisajes.
No es aconsejable pasearlo por sitios que solo nosotros distinguimos, esos que
se fueron embelleciendo lentamente con emociones personales. Esquinas,
tajamares o plazoletas que fueron testigos de apasionantes momentos, quizás a
ojos de un tercero sean únicamente eso: esquinas, tajamares y plazoletas.
Tomemos un caso al azar. Existe alguien que regresaba a su casa siempre  por
calle Paganini en la tardecita, dónde el cielo detrás de la Quinta de Merialdo le
ofrecía un espectáculo impar. Es menester advertir que ese cómplice cielo será
intransferible para un semejante; para otros ojos, ese  atardecer sería de igual
tenor en Rincón y la Calle Ancha sin ir más lejos.
Eludiendo estas cuestiones, veamos, pues lo que nos queda.
Hay rutas de gran encanto: una cultural, con visitas a sitios predestinados
para ello Pilares, la Casa de Rodó, La Italiana  y Tendales. Exhibir obras de
teatro de antaño y hacer actuar a nuestros cantores de siempre. Referir a
Damiani, Fabian Sosa y Carlitos Arregui como al pasar.
Una arquitectónica con el Palacio Lacueva, la Quinta de los Naranjos, la casa
de los jazmines y el León de Pecoche. Detenerlos en detalles, pasearlos por el
patio de la Casa de la Cultura y aventurarse cañaveral adentro en la ex- finca de
los Capurro.
Una deportiva con la Plaza Saldombide, el Club Náutico, los Gimnasios y las
canchas de bochas. Exhibir los sitios donde nos deleitaron Cánepa, Dumas,
Alejandro Alonso, el Tabaco Pose, el Gorrión o los Cholos García .
Señalar donde existieron baldíos, canchas de basket, y carreras de primus.
Una dominguera por el Parque: el fútbol, mate y bizcochos. Muchachos y
muchachas a borbotones en esa danza muda de la adolescencia. Familias
enteras empapadas de verde y oliendo a glicinas de la Calle Ancha. Pero es
conveniente eludir, eso sí, la melancólica luminosidad de la tardecita del
domingo que como bien sabemos le corresponde únicamente a ese día de la
semana.

Podría practicarse una Santa Lucia Nocturna, con paseos alrededor de la
plaza fingiendo la vuelta el perro en algún carnaval del 50; escuchar el bullicio
de las mascaritas o de los bailes del 31, y por allá atrás afinar el oído y escuchar
los compases de La piel del Judas, Minotauro mediante.
También puede ser una gira tenebrosa con paseo nocturno por las calles
donde se escuchan voces, cruzar el río en la oscuridad o salir en la búsqueda del
Sátiro por los recónditos arrabales. Los más arriesgados tentarían la suerte
excursionando hasta el puente de Margat, a ver si está el enano, ya canoso y
jubilado, con torpes movimientos intentando pequeños sobresaltos.
Existe también un paseo inocente y timorato que no es ajeno a cándidas
aventuras, un pequeño atlas que podríamos construir con mirar pasar autos
argentinos como flechas por Sarandí, escuchar croar ranas en calle Ituzaingó,
espantar perros en bicicleta, ir a ver los casamientos o devolver pelotas afuera
del Prado Nuevo. Inevitablemente tocar timbres y salir expreso. Terminar el
trayecto pateando envases vacíos a modo de pelota.
Es posible trazar un plan nostálgico donde concurriríamos a sitios que ya no
existen: La Plazoleta de los Paraísos, el Tablado de Doña Martha, las pérgolas, el
monolito de la Plaza, La laguna Calvetti, el Mirador   la canilla de Pecoche y
Venezuela. Ir a la Plaza escuchar la Banda dirigida por Navas, sacarse fotos con
Victoriano Pérez, o concurrir a las pencas cerca del cementerio gritando por el
triunfo del potrillo Botafogo.
Construir un museo donde se exhiban el carro de Poyhu, el omnibus de Berruti ,
y el sidecar de Layes. Donde se escuchen las frases locales que se ha perpetuado,
la sirena de la fábrica , el voceo de Toribio, la guitarra de Pascuala de Cáceres, el
paso del Tren por 25 , la orquesta Santa Paula o la música mustia de los carros
del Mudito.
Donde se sienta el aroma de los rosales y el perfume de la maestra Cabo desde
Batlle y Ordoñez a Capurro, y de Diego Lamas a Baltasar Brum.
Por último es posible una gira histórica: excursión por la fuente de Aquasana,
seguir por el Paso del Soldado, por las casas de la estancia de Mitre, el camino
del éxodo; o entusiasmados por Jullien Millet y sus piropos al pan local, un
recorrido por las pastelerías regionales; husmear por los vestigios de aquella
Capilla que costó 2.291 pesos y algunos reales; localizar la estancia del
Paraguayo Hernández con el Santa Lucía de fondo, buscar las milanesas de
Britos, imaginar la casa de Magariños, el Casino y la Pulpería de Bartolomé,
reproducir los paseos de Chichita Parguet de Lago en su volanta, o el de
Larrañaga y su pesar y alejarse, hasta concebir como Más de Ayala; las antiguas
Quintas residenciales les sería fácil ubicarlas, no tienen más que guiarse por
los árboles muy altos.»
Bien mirado parecen ineficaces cualquiera de los recorridos señalados, teniendo
en cuenta la ansiedad que poseen los viajeros en sus visitas, el deterioro de
ciertos sitios y la poca confiabilidad en la nostalgia.
Sin embargo existe un paseo que no podría esquivarse para quienes deseen
conocer estas tierras, un camino que ha sido construido con paciencia y esmero
por los compatriotas. Pero tiene una condición fundamental: el visitante deberá
permanecer un buen tiempo entre nosotros, afincarse en nuestras calles,
construirse un pasado, conocer las cuatro estaciones,  enamorarse, ser
abandonado, temblar, vivir las horas muertas de la siesta, oír la lluvia,
zambullirse en la Islita, vagar en noches con niebla, caminar sin rumbo.
Tal vez entonces llegue a conocer realmente ésta ciudad.

Ilustraron s/d, Pablo Pose Malacrida.
“Los caballos, las pesadillas y los libros reculan cuando uno los mira de
frente”.PQ

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