El mundo sin Hugo

El escritor y crítico literario uruguayo Hugo Fontana murió este lunes a los 66 años de edad en un hotel de la República Dominicana, confirmó el periódico El País de Uruguay mediante información de la cancillería del país suramericano. 

Hugo Fontana (Canelones, 1955 – Santo Domingo 2022) es periodista, escritor y crítico literario. Ha colaborado en numerosos medios de prensa. Sus investigaciones periodísticas publicadas son La piel del otro: la novela de Héctor Amodio Pérez (2001, 2002, 2012) e Historias robadas: Beto y Débora, dos anarquistas uruguayos (2003). En narrativa, publicó los libros de cuentos Liberen a Bakunin (1997), Las historias más tontas del mundo (2001), Oscuros perros (2001) y Quizás el domingo (2003); y las novelas El cazador (1992), Y bésame así (1996), El crimen de Toledo (1999), Veneno (2000, 2007), El príncipe del azafrán (2005), La última noche frente al río (2006), Un mundo sin cielo (2008, Premio Nacional de Literatura 2010) y El noir suburbano (2009), Barro y Rubí (2013). Su mas reciente novela se titula El agua blanda (2017)

Días de escuela

No es que resulte extraño pero, en estas últimas semanas, cada nueva página de Emir que fui leyendo me obligó a pensar que mi trabajo debía ser cada vez más breve. Algo así como a mayor abundancia, mayor austeridad. Bajo una mirada ligera esto podría parecer paradojal, pero ir conociendo más y más artículos y reseñas y ensayos suyos corroboró mi incapacidad para responder a tanta desmesura y excelencia. Como si esto no fuera suficiente, los escasos comentarios sobre su obra, con excepción, por ejemplo, de alguno de los prólogos de la profesora Lisa Block de Behar, me hicieron incluso más consciente de mis propias limitaciones. Alguna vez, no recuerdo en cuál de sus textos, Jorge Luis Borges sostuvo que nadie puede crear un personaje más inteligente que sí mismo. Él se refería a los escritores de ficción pero creo que la sentencia, más allá de su obviedad, se podría extender fácilmente a quienes alguna vez hemos fantaseado con escribir la biografía de alguien cuya inteligencia nos excede con generosidad.

No fue fácil poner manos a la obra, sobre todo desconociendo el formato final de mi tarea. Más allá de las consideraciones subjetivas, también debo dar cuenta de algunas dificultades de carácter práctico. Vivir en Lavanda es una de ellas, un lugar más propenso a la soledad y al monólogo, diseñado evidentemente por un melancólico, bueno para la autorreflexión y malo para el debate académico y el acceso a materiales de estudio. Podría incluir también los problemas que surgen de un magro sueldo docente y de cierta inestabilidad laboral que por lo general la gobernación alimenta para asegurar sus necesidades electorales, pero no quisiera convertirme en un libro de quejas formuladas para justificar mis frenos internos. No he rodado con demasiado éxito por la vida, conclusión que retumba con intensidad cuando uno está cerca de cumplir cuarenta años, pero también me he propuesto no hacer de ello un móvil para la impotencia. Por lo pronto, en el plano afectivo, la presencia de Delma, con sus delicias e incluso con sus sinsabores —no es que ella sea una mujer de carácter dócil, ni siquiera afable—, parece haber puesto punto final a una larga etapa de indisciplinas y desaciertos con los que conviví durante mi juventud.

No creo que sea este un comentario arrogante, aun cuando es imposible disimular su tono confesional. Emir fue un hombre de muchos amoríos, y una de las tareas posibles sería la de cotejar la relación habida entre sus textos y la convivencia con una u otra mujer. Es cierto que en cada escritor que abordó, buscó y acaso encontró similitudes y respuestas a sus búsquedas, pero ¿cuál era su situación sentimental, con quién estaba viviendo, a quién extrañaba o qué compañía lo impulsaba a acercarse a sus objetos de estudio? ¿En qué momento emocional surgió su interés por el seductor Horacio Quiroga? ¿O por el morigerado Acevedo Díaz? ¿O por el voraz Pablo Neruda? ¿Con qué intensidad abordó, más allá de la sombría pesquisa sobre el comediante y el bastardo que él mismo era, y más allá de la incierta indagación sobre la figura real de su padre, a cada uno de los protagonistas de sus ensayos?( fragmento de Los nombres propios. Emir Rodríguez Monegal,  ed.Hum,  2021).Busqueda

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