Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de El Pueblo, lo que la palabra desea es ser un poema, un rayo, un trueno en el oído interior del discurso.
Ahora no me conoces
Está de turno

Ahora no me conoces de la semana anterior
Los fogoneros (José Pepe Torres)
Omar Adi
BULTOS QUE SE MENEAN.
Guía de fantasmas de mi pueblo.

Fantasmagorías.
“Un niño ve en la oscuridad una espantosa sábana en la soga de colgar la ropa,
desde luego se aterroriza. El padre lo acompaña hasta el fondo y ahí el niño se
calma al ver que se trataba de un simple fantasma.» Alejandro Dolina.
Una sombra sin metáforas, vacía de imágenes, una sombra que sólo era una
sombra y con eso tenía suficiente. Roberto Bolaño.
Hay momentos en los cuales te invade una melancolía sorda. Es que están ahí,
contigo. Son ellas y ellos, los que han sido parte de tu vida y han sucumbido a
esa maldita injusticia de la vida: la muerte. Es el humor lo que hace soportable
la nostalgia.
¿Soy un espíritu? No, os equivocáis. Un espíritu no soy, sino una simple idea
(….) Yo existo con muchas limitaciones. Haruki Murakami (La muerte del
comendador).
Los fantasmas anónimos son esos que han construido la particular idiosincrasia
del pueblo. Se reúnen en viejos boliches, cantan canciones de la Oxford o de la
Troupe Ateniense y se maman hasta las manos aunque sólo los suspicaces se
enteren.
Vivo en conversación con los difuntos y escucho con los ojos de los muertos.
Francisco de Quevedo y Villegas
Decía el médico poeta Baldomero Fernández que a la madrugada los cajones de
basura están llenos de fantasmas doblados y marchitos. Pero esos no son
fantasmas, maestro Fernández. Son apenas la vestimenta de una noche de
espíritus en desenfrenada francachela pero cuidadosos del qué dirán. Sábana
con manchas de vino refleja siempre algún desorden.
Cada vez que miraba aquel espejo, lo veía reflejado. Siempre me resultó
vagamente conocido.
La miró donde debía estar y le dijo, colérico:
-Nunca estás donde debés. Sos una fantasma.
Pasó el Divino Roque apurado hacia el río. Seguramente había apariciones.
Cuando nuestros fantasmas somos nosotros, todo se vuelve muy incómodo.
En día muy frío te delata el aliento.
Hay una pregunta cuya respuesta no estoy seguro de querer oir: ¿hay alguien
ahí adentro?
Don Santos Rabaquino aplaude, Olga Alcalde se saca sus enormes lentes, enjuga
una lágrima y también aplaude. El Avaro de Moliere abre un mundo mágico. En
la vereda del viejo liceo aún se escuchan viejas voces intentando “corregir las
costumbres riendo” según pretendía Moliére y, claro está, fracasando.
Todo es demasiado frágil y casi inútil. A veces uno siente que arremete contra
pompas de jabón.
Alfredo Gomez
Letras en camiseta
Virgen
Quién sabe por qué me acuerdo, si en realidad estaba casi dormido, que aunque
mi intención era sóloparecerlo, a la actuación la había superado el cansancio.
Hace casi 50 años, el departamento en la calleLafinur, creo, un solo ambiente
grande, luminoso y al frente, como diría un agente inmobiliario.
Las dos mujeres hablaban de mi. Con la más joven había pasado la noche, la
otra era su maestra de yoga a la que habíamos ido a visitar. Para mí, entonces,
una vieja de 40 años carente de atractivo.
El piso de madera olía bien, y al irme adormeciendo, sus voces me distanciaban
de ellas, mientras mi cara se aplastaba contra las tablas, acercándome más y
más a un hombre que sería yo, que inadvertidamente había ganado mi figura
desgarbada e insegura desde hacía unas horas, y que ahora sedeclaraba presente
y dueño de todo lo que había sido mío.
Las voces cada vez más lejos, ellas no sabrían nunca lo que estaba pasando.
Eduardo Mollo
La Bella: Ciudadanos Ilustres ( 3 )

“ Allá va Spinelli gritando: ¡ Limooooone !,
y el recuerdo es fragante ”.
Patadas Cochinas, Omar Adi, setiembre de 2016.
Negro Carbón
Susana Labraga
“Carbón” era negro, tan negro él como la ropa que usaba.
Cierro los ojos para retener con fuerza su imagen y me parece verlo caminando
lentamente, algo encorvado, con las manos cruzadas a la espalda y
bamboleándose lentamente hacia los costados. Sus grandes pies metidos en
zapatos viejos más grandes aún y torcidos hacia arriba en las puntas. En
invierno se cubría con una especie de “sobretodo” negro como él y sobre sus
negras motas, un sombrero viejo.
Cuando llegaba el calor usaba un traje oscuro y llevaba su
cabeza descubierta, pero generalmente sostenía su viejo sombrero en una mano
mientras que la otra la llevaba doblada hacia su espalda.
Con su voz ronca iba pregonando por las calles los
nombres de quienes habían muerto ese día y a veces, cuando se realizan
funerales, repartía en la puerta de la iglesia unos libritos, negros también, con la
foto del muerto y la fecha de su muerte.
Algo un poco macabro para nuestra mentalidad moderna
pero común en los pueblos en la época de mi niñez.
¿ De qué vivía Carbón ? De las limosnas que
bondadosamente depositaban en sus manos las piadosas damas que asistían a
diario a la iglesia y de lo que algunos buenos comerciantes le alcanzaban; algo
de pan, restos de comida del día, un poco de leche…
Nunca supe donde vivía Carbón; creo que unas noches se
quedaba en alguna puerta, otras en el atrio de la iglesia y otras quizás en algún
galpón que le ofrecían. Nadie molestaba a Carbón ni el molestaba a nadie, a
pesar de que algún padre para hacer que algún pequeño diablillo se portara bien
lo amenazaba: “Si no te portás bien, Carbón te llevará”. El amenazado se
portaba bien por un rato, pero Carbón ni se enteraba de esto.
Un día cuando Carbón era bastante viejo – siempre me
dijeron que cuando un negro tiene canas es porque tiene mucha edad-, sucedió
algo que impactó a quienes lo presenciamos. Me incluyo en esto.
Era un domingo a la salida de la misa de las diez, misa a la
que asistía la mayoría del pueblo, y Carbón estaba como siempre con el
sombrero en la mano pidiendo su limosnita. De súbito una voz airada: ¡ Salí de
aquí ! ¡ Ya te he dicho que aquí no podés estar ! ¡ Andate de aquí, negro sucio ! Y
una tromba negra, tan negra como Carbón, se abalanzó sobre el pobre negro y lo
sacó a empellones, desparramando el dinero de las limosnas por el piso.
Yo que venía saliendo y no podía ver lo que pasaba le
pregunté a mi prima:
¿ Qué pasa, Teresita? ¿ Qué son esos gritos?
Dejame ver, creo que pasa algo con Carbón.
Cuando estirándome sobre la punta de mis pies pude ver lo
que pasaba, quedé petrificada. El que así había vociferado era nada menos que
el cura. ¡ Horror ! El propio cura – algo joven pero nada simpático- echaba a
empellones a Carbón.
Una señora no pudo contenerse y le dijo: ¡ Usted Padre,
usted es el menos indicado para hacer esto ! ¿ Qué ejemplo está usted dando ?
El cura, viendo que había cometido un gravísimo error,
trató entre balbuceos de justificarse, pero esto no pudo borrar de los presentes
el malestar ocasionado por su conducta.
Cuando finalmente salimos de la iglesia, busqué con la
mirada el lugar que habitualmente ocupaba Carbón. ¡ Vacío ! Carbón había
desaparecido.
Pasados varios días de este suceso la gente del pueblo
comenzó a preguntarse dónde habría ido Carbón ya que nadie lo veía por
ningún lado; todos se preguntaban por él y los comentarios entre conocidos
eran de que avergonzado por el hecho ocurrido en la iglesia, Carbón se había ido
silencioso, como una sombra. El pueblo quedó como vacío hasta que nos fuimos
acostumbrando al silencio.
Pero seguramente que no soy yo sola que lo recuerdo,
seguro que muchos tienen prendida su imagen en la memoria, en un rincón de
su niñez, y si es así, seguramente que Carbón no ha muerto porque vive aún en
nosotros. ¡Ah!, el cura se tuco que ir del pueblo porque ya nadie lo respetó más.
A pesar de todo, Carbón había triunfado.
Este cálido relato, aparece en el libro “ Homenaje a mi
pueblo ”, escrito por Susana y editado por Ediciones I Libri, en abril de 2008.
En “ Como si fuera un prólogo ” ( de ese mismo libro ), Daniel Da Rosa expresa:
“No existe pueblo o pequeña ciudad donde no existan los personajes. Esas
personas pintorescas, diferentes al resto de los habitantes. Forman parte del
paisaje urbano.” Y agrega: “ Santa Lucía, por suerte, no ha escapado a ese
paradigma. Y por suerte también, existen aquellos que son cronistas de su
tiempo, como la autora de este libro.”
Creo que, como siempre, Daniel acierta en lo conceptual y
en el uso de las palabras. Para mí, lo más relevante de su “ Como si fuera un
prólogo ”, es cronista de su tiempo , en el sentido que atribuye a la autora de
realizar narraciones de carácter histórico, que siguen el orden consecutivo de los
acontecimientos, siguiendo al DRAE.
Y de la misma forma que en la primera entrega de este
trabajo sobre ilustres santalucenses, Don Juan Carlos Carámbula, nos dejaba en
verso una “estampa” de Toribio, Susana hace lo propio desde la prosa. Son,
simplemente, dos formas literarias distintas de describir el mismo personaje.
Me parece relevante, transcribir una aclaración que hace
Susana al inicio del libro: “ Todos los personajes que aparecen descriptos en esta
obra, existieron en realidad. Están presentados con otro nombre que no es el
verdadero por una simple razón de respeto; pero en algunos casos sus propias
características hicieron imposible deformar su descripción al punto que en
realidad se les desconociera.”
Tal el caso de Negro Carbón…Todos sabemos que está
hablando de…
En este acogedor y a la vez conmovedor libro de Susana,
aparecen 34 relatos sobre personajes de Santa Lucía. Sugiero desde luego, su
lectura, especialmente por tres motivos: el primero es por el puro disfrute de
una muy amena lectura; el segundo es por la posibilidad de acceder al
conocimiento y comprensión de otras épocas y su gente y, el tercero, para que
luego de la lectura, se retome la casi perdida tradición oral familiar y social,
especialmente para que nuestros jóvenes conozcan esa realidad que lo temporal
no les permitió vivir.
Breve noticia biográfica/( Tomado en forma parcial de la contratapa del libro )
Susana Labraga, nació en Santa Lucía, en mayo de 1940. Es
Profesora egresada del Instituto de Profesores Artigas en la especialidad Inglés.
En la actualidad, jubilada. Escribe desde 1996. Integró el Taller Literario
“ARENA” de 2001 a 2008. En 2006 integra el movimiento cultural aBrace; en
2007 integra el espacio Mixtura. Ha realizado trabajos de narrativa ( cuentos y
relatos breves y brevísimos ); poesía, y Cuentos y poesías para niños.
Ha publicado, además de “Homenaje a mi pueblo” (2008): “A
dos manos” , compartido con Evelyn Rufener (2007); “Historias que cuenta el
río” (2010); “Cartas jamás enviadas a…”(2015); “Cuentos mágicos” (2016); “Mi
barrio”, (2018); “La mujer de piedra” (2019), en todos los casos editados por
Ediciones “I Libri”.
Daniel Gallo
Edda y Luis

Edda es parte día a día del saliente
Luis encaja en el ocaso y no es
Frecuente,
Edda es sabia en las comidas
Luis siquiera se cocina
Y sin embargo van, juntos van, juntos de a dos
Edda charla y sale siempre con amigas,
Para Luis una guitarra es compañía.
Edda ahuyenta la tristeza
Luis apenas se le aleja
Y sin embargo van, juntos van, juntos de a dos
Ellos burlan las apuestas a menudo
Hay discusiones
No hacen caso a predicciones y
Alguien podría preguntar
Si en las cosas del amor por distintos
No es peor.
Edda ama y lo demuestra con sus
Hijos,
Luis no encuentra la manera de decirlo
Edda rasga lo infinito
Luis se aferra a Jesucristo
Por eso están, juntos van, juntos los de a dos.
Si dos seres que se quieren no se
Ocultan quienes son
Ya lo ves que si se puede y ser tu
Mismo es la razón,
Que en las cosas del amor por iguales
No es mejor
Ella sabe que no ha sido tan perfecta
Ella hace del timón en las tormentas
Ella nunca lo descuida
El por ella da la vida
Por eso van, juntos van, juntos de a dos
Persiguiendo lo ideal
O buscando esa canción
Que en las cosas del amor
Y para seguir de a dos,
Ellos se aman como son
Ilustraron: s/d, David Hockney
La emoción no puede detenerse en el yo. Como decía Deleuze —citando por
cierto a Blanchot— es más interesante “él o ella llora” que “yo lloro”. Así que es
muy difícil mantener la singularidad sin caer en el exceso de la puesta en escena
del yo, de una cierta heroización. Pero no somos el centro de nuestro mundo, y
no debemos olvidarlo. GDH

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