Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de El Pueblo, El pasado es una vista de miles de kilómetros cuyo final aún no vislumbramos.
Ahora no me conoces

La orquesta


Ahora no me conoces edición anterior
Arturo Cravea , “El vuelo del Judas” foto de Rodolfo Fuentes!!!(Susana Lopez)

Félix Montaldo

PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS

Joseph Conrad
Un chequeo médico que le realizaron a raíz de un fuerte ataque de gota rebeló
una “acusada debilidad del corazón”. Esto desanimó a Conrad que se sentía
“viejo, acabado, vacilante, temblequeante, castañeteante, destemplado, gotoso”
como lo dice en carta a su amigo Walpole del 19 de noviembre de 1923. Otro
suceso que aumentó su malhumor fue la noticia de que el abogado John Quinn
subastó los manuscritos de las obras que, años atrás, le había comprado. El
coleccionista obtuvo un precio altísimo, muy superior al que había pagado por
ellas, debido a que habían aumentado considerablemente su valor después de la
visita de Conrad a Nueva York. Otra cuestión que lo molestó fue que Quinn tuvo
que dividir las obras para venderlas, siendo que había prometido mantener la
colección intacta.
El 3 de diciembre de 1923, cuando el escritor cumplió 66 años, se publicó “El
Pirata” que fue la última novela de Conrad. Elogios de Galsworthy y Garnett.
Los de este último fueron tan entusiastas que emocionaron a J.C. También fue
favorable la crítica en general. Otro detalle a destacar fue que la publicó el editor
Unwin como en los viejos tiempos.
La Navidad de 1923 encontró a Jessie postrada (pasaba en cama por su dolor de
rodilla) y a Conrad en un estado irritable pese a que mejoraba de su enfermedad
del corazón al recibir un tratamiento médico continuo. Estaba irascible e
hipersensible y, en las reuniones con amigos tenía una tendencia a monopolizar
la conversación. _
A principios de 1924 se deterioró notoriamente su salud: tenía fiebre, tos
bronquial, estado semi asmático; en tanto Jessie seguía en manos de cirujano y
se estaba preparando otra operación de rodilla. En estas condiciones Conrad
hacía planes para un nuevo viaje a Francia y pensaba alquilar una villa en el País
Vasco francés, pero finalmente desistió por la enfermedad de Jessie. Las
vacaciones se limitaron a salir de paseo en su nuevo automóvil: un Daimler de
1912. De la compra se encargó Borys quien lo adquirió por 200 libras al duque
de Connaught. El vehículo resultó muy cómodo para Jessie que quedó muy
contenta con la elección de su hijo. Otro motivo de alegría fue el nacimiento de
su primer nieto (hijo de Borys), llamado Philip James, quién nació el 11 de
enero.

Le encargaron al escultor inglés Jacob Esptein hacer un busto en bronce
de Conrad. El encargo se hizo a través del artista Muirhead Bone. Para llevar a
cabo su trabajo el escultor se instaló con su familia en una posada en Bridge y de
allí se trasladaba a Oswalds donde J. C. posaba para el. Era un escultor
vanguardista, autor de “The Rock Drill” una obra radicalmente modernista;
también hizo un retrato en bronce de Einstein. Durante una de las sesiones
Conrad tuvo un desfallecimiento que Epstein consideró como un ataque al
corazón además de encontrarlo “agarrotado por el reumatismo, malhumorado,
nervioso y enfermo”. J.C. opinó que el busto era “maravillosamente efectivo” y
su biógrafo John Stape manifestó que: “la escultura en bronce resultante sugiere
un gran poder interior, así como distancia y una intensa soledad …” _
El 27 de mayo de 1924 el primer ministro laborista J. Ramsay Mc. Donald le
propuso otorgarle un título de caballero pero Conrad declinó esta distinción
evocando sus tiempos iniciales en Inglaterra de “trabajo duro” junto a personas
de la clase trabajadora. Antes había rechazado títulos honoríficos de las
universidades de Oxford, Cambridge, Edimburgo y otras.
En junio de 1924 operaron nuevamente a Jessie, esta vez en Canterbury; la
operación estuvo a cargo del cirujano sir Robert Jones. Conrad enfermó de una
bronquitis aguda acompañada por una tos que lo dejó agotado. Luego el Daili
Mail le propuso escribir un artículo; la oferta era buena y el escritor aceptó: el
resultado fue “Legends” que trataba acerca del Servicio Mercante. A mediados
de julio el escritor reanudó las visitas a Jessie en Canterbury. Su esposa regresó
a su casa a fines de julio y J.C. invitó a su amigo Richard Curle y a sus hijos
Borys con su familia y a John.
El 1º de agosto llegó Curle. Ya estaban Borys y John. Conrad guardaba cama.
Ambos amigos tuvieron una conversación muy animada. A la mañana siguiente
volvieron a conversar y luego J.C. quedó trabajando en su estudio; más tarde
salió con Curle en coche pero por el camino sintió dolor en el pecho y tuvieron
que regresar; sentía pinchazos de dolor en los brazos, síntoma de un ataque al
corazón, y la respiración se le hacía dificultosa por lo que su médico pidió
bombonas de oxígeno a Canterbury. La noche del 2 al 3 de agosto no pudo casi
dormir y se cambiaba permanentemente de la cama a su butaca. Lo
acompañaba su sirviente personal, Arthur Foote. El domingo 3 de agosto en la
mañana una enfermera le tomó el pulso y lo consideró normal. Su sirviente
decidió dejarlo un momento sólo mientras hacía unas diligencias; un rato
después Conrad, que estaba en su butaca, cayó al suelo y murió. Su vida terminó
en soledad.
En su epitafio se citan unos versos del poeta inglés Edmund Spenser (1552-
1599):

“Sueño después del trabajo, puerto después del

mar tempestuoso,

reposo después de la guerra, la muerte es muy
bienvenida después de la vida.”

La carpeta de Monsieur Fourcade  
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Borges fue a dar una de sus clases a la Universidad de Buenos Aires y yo regresé
por barco a Montevideo. En el “Vapor de la carrera,” me encontré con Juan C.
Onetti. Después del abrazo subimos a fumar cigarros en el barandal mientras

oíamos a un grupo de jazz que recreaba “Serenata a la luz de la luna” de Glenn
Miller. No pudimos hablar mucho pues al ver que se acercaba mucha gente al
barandal, se despidió con la excusa de que Dolly se había quedado sola en el
camarote. Al irse se volteó para decirme que me llamaba para conversar de su
libro que se editaba ese año. Pero no nos volvimos a ver hasta dos años después.
El libro que editaron y del cual nunca pudimos hablar era “El astillero.”

El Maestro Enrique Ilera

El alunado

El perenne mal humor del artista plástico que nos ocupa estaba motivado tal vez
por ser el sobrino nieto del reconocido embellecedor de satélites: el lunero.
Pero luego de trabajar en diversos talleres se había inclinado por el
Universalismo Constructivo, y como buen amante de Montevideo que era,
recorría sus barrios en busca de inspiración, visitando los boliches donde se
disfraza a las botellas de termos y los mates se convierten copas como por arte
de magia.
Las musas, hijas de estos peregrinajes, eran las que hacían pintar al artista
Secciones Aureas con lunas cuadrangulares y tímidas en su colorido, pues el
plástico, como buen hipocondríaco que era, se inclinaba por la paleta baja.
Incondicional vecino de la Capital, había sido convencido, sin embargo, por un
amigo – que era guía turístico además de caricaturista- a realizar un viaje a las
playas de Rocha.
Una vez allí instalado el ruido ensordecedor de las olas hizo que el pintor saliese
a caminar para alejarse del mar y escuchar las olas como si fueran salpicaduras.
Quizás por penitencia a su amor por la ciudad, el plástico cargó sobre sus
hombros una mesa de luz, la estufa, un semáforo dela esquina y la puerta de un
taxi, amén de sus óleos, témperas y caballetes. También los pinceles y las
espátulas.
Caminó tanto con su cargamento a cuestas que cayó exánime sobre la arena.
Movió la cabeza y descubrió con horror el esqueleto de un camello junto a una
cantimplora vacía.
Aparentemente había caminado lo suficiente como para salir de Rocha y
encontrarse ahora en un desierto lejano. Pero a pesar de todo estaba lo bastante
lúcido como para sentirse inspirado, por lo que con mucho ardor empezó a
trazar ern la arena otro de sus trabajos cuadrangulares.
Claro que ahora sería el de un sol, no de luna por esta vez.

Alfredo Gómez
Letras en camiseta

Para Volver a ser Niño.
Quiero una planta de calabaza que nazca sin que nadie la haya sembrado:
guacha y cimarrona. La quiero hallar en mi patio, ya extendida, dueña y señora
de algún rincón. Sus flores amarillas, anaranjadas, trompetas dulces como soles,
anunciando hojas verdes, refugio de ranas, escarabajos y caracoles. O si fuera
más tarde, sus frutos, cabezas anaranjadas y burlonas en la sombra del follaje,
con su mirada ciega, igual sabrían que han sido descubiertas y nos reiríamos a

coro: yo con alegría, ellas en silencio. Pero esa planta quiero que surja como un
milagro, un milagro aún más milagro que el que le es común a todas las plantas.
Porque ya del asombro poco me va quedando, y sólo de vez en cuando, y muy de
tarde en tarde, me sorprende algún pájaro. Pero nada se compara con la
sorpresa que me daría una planta de calabaza, como un dragón dormido en mi
patio.

Stefano Dicciani
Eccehomo
He aquí el hombre
que muere un viernes
de luna llena
de sol ecuatorial
de pasaje
pocas veces traspasado.
Sangre que redime
al transgresor desesperado
pasión y parto ensangrentado
que da a luz al hombre nuevo.

Una pregunta de miércoles

¿Podría mencionar tres recuerdos de su infancia que le  resultan
imborrables?(Bonus track)

Eduardo Mollo

1.- Los domingos en mi casa (venían  mis abuelos y mis tíos) o en casa de mis
abuelos y/o tíos (iba mi familia). Eso sí que eran aglomeraciones!!! Imborrables
recuerdos de domingos en familia: aromas, bullicio, infaltable sobremesa. De
igual manera, las reuniones familiares se repetían para cumpleaños (de quien
fuera) y en reiteración real y con un saborcito especial en Navidad y Fin de Año;
2.-  Mi primera bicicleta (usada, faltaba más). Andando el tiempo comprendí lo
que es realmente una bicicleta, pero cuando me la regalaron (hace casi 60 años
), me parecía que tenía una moto, un auto, no sé, algo así como un cohete
espacial. Y algunos días después, me dí de lleno contra un eucaliptus. Claro, los
eucaliptus abundaban donde yo vivía…;
3.-  Los pocos discos (de pasta primero y de vinilo después) y los escasos libros
que mis padres tenían y mantenían en mi casa como un verdadero tesoro (sin
dudas lo eran) y que compartían con mi hermana y conmigo, especialmente
después de los deberes y antes de la cena. Cuánto me alegra no haber tenido
televisor en esa época !!!

Daniel Da Rosa

El amor puede mirarse con los ojos cerrados

dónde
el fuego quema el cielo
la delicada línea que nos divide en dos
la luz sin fondo cayendo en el corazón
el amor puede hablarte con la boca quieta
dónde
brilla el viento de niño tejido de sueños
es clara la noche cuando padece de luna llena
el amor puede abrazarte en la distancia
lo saben los pájaros las cartas la poesía
dónde
los silencios se apagan como luciérnagas
sino en el temblor de un beso en labios sedientos
nada de lo que diga o escriba o escuche
podrá esconder esa mirada
que atraviesa
el tiempo más rápido que un rayo
dónde
donde el amor sonríe.

Ilustraron: Edgard Degas, Pablo Picasso, David Hockney, s/d, Petrona Viera
La superstición numérica en que vivimos, que incluye separar las ciencias de las
humanidades y enfrentarlas entre sí, es la carcoma que roe las bases culturales de
nuestra civilización. APR

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