Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de El Pueblo, en Altamira, se hacían pinturas, se cantaba, pero también, no cabe duda, en torno al fuego, se contaban
historias. Aventuras de caza, accidentes, amores y errores, dioses y demonios, castigos y recompensas; casi todas las noches alguien
contaba algo diferente. Bueno, parecido pero los miércoles.
Ahora no me conoces

Mutis por el foro.

Ahora no me conoces edición anterior

El Ruso Baez, su hijo, Enrique Chiche Apratto y Rómulo Juan Polo Martínez.(José Pepe

Torres)

Historias de Música.
-Lunes a Viernes de 12 a 13 horas.

Conduce: Un tal Luis Fernando Iglesias. Emisora del Sur 94.7 FM

Rodolfo Fuentes
Santa Lucía, la Bella, más bella.

Todo empezó con una broma, un intercambio de mails con mi amigo el Pistola
(Alfredo Valdez). Y la lista fue creciendo y debe estar incompleta, pero al empezar
a nombrar gente, me di cuenta de cuántos coterráneos artistas fueron haciendo
su obra silenciosa en el pueblo, y como el silencio se ido tragando su trabajo, al
no tener un lugar donde las nuevas generaciones conozcan a sus antepasados
artistas.
Así, aparece la figura pintoresca de Guillermo Haller, notable pintor y notable
artesano que supo documentar sus viajes en bellas pinturas y hasta hacer de su
hogar una obra de arte.
Las pinturas experimentales de Alba Lamela, que exploraba texturas y colores
además de ejercer su tarea docente durante muchos años.
Las caricaturas tan particulares de don Marino González, la obra inclasificable de
Washington Brignoni y los dibujos de Máximo Fuentes, los murales de Dora
Cami, las fotografías de Victoriano Pérez, las de Becquer Casaballe, las cerámicas
de las hermanas Gesto y las de Élida Maceira; el trabajo de nivel internacional del
Gaucho Torres…
La ciudad de Santa Lucía perfectamente podría aspirar a ser un polo de
irradiación artístico cultural, departamental, reciclando la Casa de Rodó como un
museo histórico artístico (reformando la casa misma a tal efecto), generando un
museo que muestre los antiguos esplendores de la ciudad a fines del siglo XIX y
los sucesos históricos que en ella tuvieron lugar. Adicionando una construcción
liviana y amplia en el patio trasero, que funcione como sala de teatro y
espectáculos o como espacio de exhibición de muestras de mayores dimensiones.
La pequeña biblioteca existente podría unificarse con otras pequeñas (la del Club
Social 23 de marzo, por ejemplo) buscándole un lugar afín, donde —por

ejemplo— se vuelva a armar la histórica imprenta del “diarito” El Pueblo (que
este 2021 cumple 100 años de actividad).
La Quinta Capurro, ya mejorada, con una inversión moderada, podría albergar
seminarios, exposiciones y actividades de corta duración, teniendo en cuenta la
cercanía de Montevideo y la calidad de ese lugar, propicio para la concentración y
el trabajo intelectual.
Hay una inercia propia de nuestra idiosincrasia nacional, que hace que las cosas
no se muevan o se muevan lentamente. Estas son algunas ideas que, con
inversiones moderadas podrían generar un circuito histórico artístico de valor
turístico y patrimonial.
Obviamente lo que planteo, requiere de una planificación cuidadosa y un manejo
altamente profesional de los diversos puntos de interés, dejando de lado en
primera instancia el voluntarismo y las buenas intenciones, que serán
bienvenidas cuando todo esté funcionando.

Marcia Salvioli

nuestra ciudad
ríe y baila
en cualquier puente.
puente ceniza
puente de lama
puente astilla
puente nube
puente bicicleta
puente glicina
puente arena
puente escritura.
luna y guijarros
preguntan a
la pasarela
¿por qué
marcar palabras
con trenes?

EduardoMollo

La obra de Alfredo Zitarrosa ( 4 )

Martín Ardúa (*)
Esquila

Poesía: Martín Ardúa /Música: Alfredo Zitarrosa

(Milonga canción)

Ahí vino y me tocó el hombro
La mano del vellonero;
Una ficha pa’ mi lata
Y un vellón, pa’l estanciero.
Está linda la majada,
Mucha suarda bien sudada,
Y la tijera dispara
Como una boga en el agua.
Hoy esquilé ciento treinta,
Vellón, barriga y garreo;
Y de barrerme la cancha
Se me cansó el benteveo.
¡Jue pucha, bicho pesa’o!,
Rezonga el agarrador,
Y a contraluz en la bolsa,
Malambea el embolsador.
Ahí vino y me tocó el hombro
La mano del vellonero;
Otra ficha pa’ mi lata
Y un vellón, pa’l estanciero.
Es la vida del zafrero,
Mucho sudor, poca plata,
Muchos cuentos y promesas,
Pa’ seguir viviendo a gatas.
Yo sé doblar la cintura,
Pero no doblo el cogote,
Ni ando buscando comparsa
Pa’ salir a dar chicote.
Ahí vino y me tocó el hombro
La mano del vellonero;
Otra ficha pa’ mi lata
Y otro vellón… de mi cuero.

Pequeño vocabulario:
Benteveo: Peón principiante, que realiza las tareas menos complejas.
Comparsa: Grupo de trabajo que realiza la esquila, compuesto por el esquilador,
el agarrador, el embolsador y el benteveo.

Ficha: Elemento que se va introduciendo en un recipiente, para contar la
cantidad de animales esquilados por cada uno de los esquiladores.
Vellonero: El hombre de confianza del estanciero, que controla todo el proceso.
Zafrero: Cada integrante de la comparsa que realiza la tarea, a la que se llama
zafra lanera.
( * ) Martín Ardúa: Seudónimo usado como hombre de letras, por Julián
Murguía Azpiroz, de profesión Ingeniero Agrónomo, quien además fuera escritor
( poesía y cuentos ), periodista, editor y traductor ( portugués ). Murguía nació en
Cañada de los Burros, Cerro Largo, el 7 de julio de 1930 y falleció en Montevideo
el 8 de julio de 1995. Su obra más conocida es “ El tesoro de Cañada Seca ” (1995),
una narración infantil de aventuras donde se entremezclan las tradiciones y
creencias populares del campo con la historia uruguaya. A fines de los años 1960
conoció al cantante Tabaré Etcheverry y, utilizando el seudónimo de «Martín
Ardúa», compuso las letras de las canciones de dos de sus discos: “ Tabaré
Etcheverry le canta a José Artigas – Él es uno de nosotros ” (1969), y “ Crónica de
Hombres Libres ” (1972). Este último disco incluye recitados de Alberto Candeau
y fue censurado por el gobierno de la época dado su contenido político.
De la misma forma, Alfredo Zitarrosa musicaliza dos poemas de Murguía: “
Esquila ” , y “ El Retobao ”, que forman parte del LP “ Zitarrosa 4 ”, ubicados en
Lado A y Lado B respectivamente, y editado por el Sello Orfeo en 1969, en
Montevideo.-

Daniel Da Rosa
No sé cómo escribo
Lloro sin consuelo
No sé cómo escribo
No sé cómo veo estando mis ojos cerrados de mares negros
Cómo escribo con estas manos que siguen el temblor de mi alma
Cómo es posible que en el desierto blanco del papel
habiten palabras con ventanas abiertas
escribo con la tinta del dolor
bajo el ardiente silencio de la noche
no sé cómo escribo
con la garganta cercenada por la angustia
las lágrimas que bajan apretando mi cuello
el pecho hundido por la levedad del tiempo
no sé cómo
porque no sé qué escribir
qué se puede escribir sobre el olvido
qué escribir de la velocidad de la vida
de lo poco que queda en uno
ahora nadie me siente llorar
nadie me mira escribir

no sé si quiera
si alguien me va a leer.

Alfredo Gomez
Letras en camiseta
Higueras e Infancias

La higuera esconde sus flores y nos hace creer que son frutos. Maldita en la
biblia, vive hoy su destino en los gallineros, en el fondo de algunas casas
construidas por italianos y gallegos, que las plantarían al igual que trasplantaron
costumbres, música y comidas en los pueblos donde se establecieron. Supongo
que no es casualidad que a su alrededor se cercaran corrales para gallinas, dada
su generosa producción de fruta, que al caer alimenta naturalmente a las
coloradas y a las batarazas.
En mis andanzas infantiles conocí muchas de las higueras del pueblo. Había unas
muy buenas en el fondo del Banco Hipotecario, a las que accedíamos trepando el
muro de ladrillos de un baldío adyacente. En mi barrio, el de la Escuela
Industrial, la de Etcheño lindaba con la casa de mi amigo el Chinguito, a la que
visitaba después de algún chaparrón para buscar los “gota de miel”, que se abrían
con la lluvia: riquísimos.
Pero la higuera que permanecerá en mi memoria para siempre es la de la casa de
mis abuelos, en calle Artigas, casa que alquilaban, no recuerdo bien si a Fito
Estévez o a Giménez, gallegos del barrio. Cuando nos mudamos a ella, yo cursaba
segundo grado en la escuela 140. Allí vivimos algunos años.
Recuerdo una visita de mis primos de Canelones, mayores que yo, que se
subieron al techo para alcanzar las ramas más altas que estaban cargadas de
higos maduros. Es que esa higuera daba unos higos enormes que a la hora de la
siesta interrumpían el suave ronquido de mi abuelo, porque al caer en el patio de
baldosas, en el silencio de la tarde, sonaban como bombas. Mi abuela renegaba
por el enchastre más tarde, levantando los restos y baldeando el patio.
Una tarde, estando yo en la escuela, una tormenta azotó al pueblo. El ruido de la
lluvia intensa se imponía por momentos a la voz de la maestra. La mayoría de
los niños, estábamos distraídos mirando la lluvia por la ventana y a la calle
inundada, cuando el sonido de un trueno, fuerte por demás, nos sobresaltó a
todos. La maestra trató de disimular su miedo al decir algo como: “-Eso debe de
haber caído bastante cerca de aquí”. Faltaban pocos minutos para la salida y la
lluvia amainaba. Ya la lección se había interrumpido y comenzamos a
aprontarnos para el fin del día escolar.
Al salir apenas caían algunas gotas, de esas que ya no mojan. Me fuí para casa
caminando por calle Artigas desde el almacén de Cotelo hacia abajo, descalzo,
con los zapatos en la mano, pensando en el café con leche y el pan con manteca
que me esperaba, con la caricia del agua en los tobillos, tibia y limpia, que corría

cantando hacia el río. Cuando llegué, mi familia estaba en la vereda con varios de
los vecinos. Desde el zaguán, por el pasillo como un túnel que daba al patio de la
casa, pude ver a la higuera, o lo que quedaba de ella, humeante aún y moribunda.
Mi abuelo decía que había sido una centella y no un rayo, como si eso le
disminuyera gravedad al asunto.
El episodio quedó como parte de nuestra historia familiar, una de esas cosas que
se cuentan una y otra vez: “ Tía Susana y mi hermana estaban al lado de la
ventana que daba al patio, leyendo un libro de cuentos y quedaron las dos abajo
de la mesa aterrorizadas por el fogonazo y el estruendo.”
Mi tía tan linda, una adolescente casi, por entonces, se reía cuando lo contaba,
como se reirá ahora, cuando lea esto.
Yo también me reía, como todos, sintiendo a la vez tristeza por la pobre higuera,
y por la maldición fulminante que la destrozó.
Así es la vida. Los rayos a veces caen demasiado cerca.

Ilustraron: Pablo Pose Malacrida, Camarassa, s/d, Mariela Velazquez, Victoriano Pérez.

La realidad es una hipótesis todavía no desmentida. GV

 

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