Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de EL Pueblo: el asombro de Juan Pecoche, la risa de Eusebio Vidal , ademanes de Chichita Parguet, buscamos un aspecto
olvidado de la historia: los gestos. Desconocemos los gestos de la vida cotidiana.
Ahora no me conoces
¿dónde estamos?

Ahora no me conoces de la edición anterior
Héctor Miranda, Diego Lamas y Antonio Volpe (José Pepe Torres)
Historias de Música.
94.7 FM. Emisora del Sur –Lunes a Viernes de 13 a 14 horas.
Conduce: Luis Fernando Iglesias
Eduardo Mier
Yo conozco a los pintores
andan en bicicletas sobre el sueño,
desnudos
siempre esperando soledades,
desesperando a la vida
equilibrando los gritos
en un pincel
Volcánicos, bicéfalos
sempiternos, placentarios
omnipotentes, crueles
Yo los conozco.
Tienen las manos
crecidas en los ojos
Los he visto en la oscuridad
como vampiros
como niños
sin miedos y sin espalda.
Una pregunta de miércoles (II)
¿Cuál fue la primera obra de teatro que viste en el pueblo?
Gladys Scoteguazza: Puede ser en el Liceo local interpretada por Luis Martínez y
una amiga de nosotros llamada Marisa Fernández…. Creo recordar , la obra…
Barranca abajo de Florencio Sánchez.
Rosario Martínez: El Vuelo del Judas.
Luis Mario González: Debe haber sido alguna obra del liceo cuando era niño, ya
mayor Ida y Vuelta de Benedetti por el grupo 23.
Vicente Grucci: "Arsénico y encaje antiguo" en el gimnasio de los Mormones, con
Patricia Hauser en rol estelar.
Félix Montaldo: Teatro creo no haber visto en Santa Lucía, si recuerdo que de niño
vi “El Lago de los cisnes” en la Plaza de Deportes.
José Carlos Imoda: El vuelo del Judas o Bulevard Sarandí, en el Club
Tomás González: Las señoritas de Avignon por Grupo Nosotras y luego La música
que nos parió.
El lector impaciente

Fragmentos
I
«Cuando Amparo se asoma, él está sentado a una mesa y sabe que ha abandonado a
su suerte a una mujer indefensa a quien apenas ha visto y nunca volverá a ver.»
Sánchez es un hombre que lo ha perdido todo. Formó parte de una revolución que
fracasó, tuvo que enfrentar el exilio y la cárcel. Volvió a su país para asistir al fin de su
matrimonio y a la necesidad de comenzar de nuevo. Cuarenta años más tarde,
quienes fueron derrotados ejercen el gobierno y el poder, y Sánchez forma parte de
esa nueva realidad. El pasado se ha convertido en relato y muchas palabras, de tanto
repetirlas, han ido perdiendo su significado. Luzardo es un hombre sencillo y
solitario. Ha intentado enjugar su soledad leyendo todo lo que cae en sus manos,
pero, más que nada, novelas del lejano oeste. Lo demás que sabe lo aprendió en el
campo, conoce más a los caballos que a las personas. Decepcionado por la justicia del
hombre, ha decidido tomarla en sus manos.
Entre ambos, está Amparo.
(Guillermo Alvarez Castro “Amparo o el galope de los caballos muertos”)
II
Frágil, demasiado frágil, Roberto Ray no te acompañará en tu nueva morada. Un cantor
delicado, el cantor de Osvaldo Fresedo. Una voz para hablar al oído, no para andar
tropeando caballos en pleno junio, cuando la escarcha resiste con la paciencia de una
hilera de hormigas que cargan con su mochila de palitos verdes y hojas arrugadas.
Roberto Ray no era hombre de largas, vacías, oscuras horas de sol sin brillo y nubarrones
morados como penas que tardan en irse, si es que alguna vez se van.
No se puede sostener el rastro invisible del camino cuando un cantor tan frágil le disputa
una lonja al silencio, porque el silencio es anterior a todo y el cantor, entonces, qué puede
hacer, la voz qué puede hacer, salvo mascar y mascar infancia, juventud, madre perdida,
padre muerto, hasta la hora del ocaso, hasta que hundida en el pecho del tropero, se haga
soliloquio de gente impasible, de espeso dolor y callada silueta. Entonces se grita, no se
afina como afinaba Roberto Ray.
Roberto Ray no te acompañará en tu nueva morada, pese a los esfuerzos de tu hijo y del
hijo de tu hijo.
Una parte de aquella máquina de servir se ha perdido en la carcoma de la acumulación,
entre otros hombres que pasaron, y el detalle de esa vida se ha borrado como una
referencia sin sentido. Como una calamidad que tuvo imprudente hacedor y desalmado
final.
¿No es verdad, abuelo?
(Alvaro Ojeda “Máximo”)
III
Era el primer día de enero y el gordo estaba muerto. No demoraron en darse cuenta
de que mover ese cuerpo descomunal ajustado a presión entre la base de la pileta y la
puerta del baño iba a ser un problema extra. La puerta solo podía abrirse unos
centímetros, lo suficiente para ver el cuerpo tendido sobre las cerámicas del suelo,
con un hilo de sol iluminándole el cuello.
El golpe se había oído desde la sala del desayuno. Sonó por encima del gorjeo de
voces adormiladas, por encima del tintineo de cristales y cubiertos, el borboteo del
café y el arrastrar pastoso de las sillas. El golpe había sido fuerte y seco, como si un
árbol se hubiera desplomado de pronto en el parque que rodeaba la hostería.
Hubo un silencio apenas cortado por la entrada de un desprevenido que dio los
buenos días con la inocencia de quien no sospecha que el mundo acaba de cambiar
porque algo terrible ha sucedido.
El golpe sonó. El hombre entró y dio los buenos días con voz apenas audible sin
importarle que alguien le devolviera el saludo. Distinguió al viejo que la tarde
anterior lo había saludado con aire comprensivo, como aquel que por experiencia
conoce el peso de la soledad en determinadas fechas. El hombre vio al viejo, pero este
pareció no advertir su presencia. Eligió una mesa, apoyó la llave de su habitación y
fue a servirse el desayuno.
El golpe seco y la entrada del hombre constituyeron una mínima distracción casi
simultánea luego de la que cada cual volvió a lo suyo, sin ganas de enterarse. Porque
enterarse podía significar que aquel día renunciara demasiado pronto a sus promesas
de dicha.
(Claudia Amengual “Hay horas que piden silencio”)
IV
Fuera de sus márgenes, más allá del lente de la vieja cámara, me miran Chocha y
Alicia y todos los rostros de la infancia detrás de frondosas moñas. Me mira el
Uñapa De León, campeón en el juego de bolitas. Me mira el gordo Ron con sus
refuerzos de bondiola, la canilla grande del patio y su agua fresca, la “Negra”
sieteoficios que todos adorábamos, el cortar para la salida, los álbumes de figuritas.
Y me mira Margarita, también más allá de la foto.
Margarita fue nuestra primera maestra, la de Jardinera.
Con ella fueron los primeros juegos con niños que no conocíamos y las primeras
disciplinas y los primeros palotes.
Esos palotes causaron éstos, los que ahora escribo para ustedes, viejos compañeros de
Escuela, maestras que están y no están y -tal vez, solo tal vez- gurises de
alma que entiendan de qué va esto.
Gurises ya arrugados por fuera a los que, más allá de dolores, miserias y
descreimientos, les sobren siempre margaritas o, aunque sea, recuerdo de
margaritas, fragancia de margaritas.
En este mundo sin jardines, si queda alguno, que siga abonando su tierra.
(Omar Adi Margarita en el Jardín de la memoria.)
V
El camino que llevaba de la carretera al balneario se encontraba en condiciones
deplorables. Los saltos que daba el auto a consecuencia de los pozos le hicieron temer
que algún reventón de último momento le arruinara la llegada.
Unos trescientos sesenta kilómetros lo separaban de Montevideo y el final abrupto de
una pinchadura lo inquietaba.
Le habían dicho que, luego de pasar la frontera, eran unos quince kilómetros por la
ruta y luego otros quince hacia el mar hasta que “ves el tanque blanco de agua y ahí
comienzan las casas. Un par de cuadras antes del agua, el camino
se abre en dos y hay una pequeña plaza. No esperes gran cosa”.
Se dio vuelta y vio que la notebook saltaba en el asiento trasero, al tiempo que sintió
la señal de mensaje en su celular: “Bienvenido a la red de Tim en Brasil”. “Tendré que
cuidarme con el roaming”, pensó. Ameijeiras le contó
que en Hermenegildo las llamadas internacionales funcionan cuando quieren y que
las cuentas que llegan son monumentales. Recordó la descripción de su amigo:
“¿Conocés la nada? Bueno, es algo parecido”. Le habló de cómo brillaban los cables
de la luz por el salitre y la humedad del aire, cómo costaba secar cualquier cosa, cómo
su auto había tenido problemas de chapa al volver por la estupidez de no haberlo
lavado a conciencia. También le contó lo bien que le había hecho ese cambio de
ambiente. Al segundo día de estar ahí, las contracturas habían desaparecido
como por arte de magia, y el agobio que le ocasionaba Montevideo ni siquiera era un
mal recuerdo. “Un mes es mucho. Creo que una semana o diez días es el tiempo
ideal.”
Una moto se desplazaba a contramano por su misma senda. Cuando la tuvo encima,
volanteó hacia la derecha. La moto volvió a su carril y casi rozó el auto. Los pozos
hacían que se utilizara el pedazo de ruta menos malo. “Lo único
que me falta es tener un accidente ahora”, pensó. Una llovizna mansa comenzó a caer.
No era el mejor escenario para la llegada, pero eso no le preocupaba. Sabía que en
Brasil, en verano, las tormentas vienen y se van con la misma rapidez y que a veces
las lluvias solo traen más calor junto con una humedad que parece brotar del suelo.
Minutos después —que parecieron de mayor extensión que lo usual— a mano derecha
divisó el tanque de agua.
Luego las filas de casas sin ninguna belleza, tal como le habían contado. La calle se
abría en dos y en el medio había una pequeña plaza con algunos puestos de artesanía
o ropas; dos minimercados a la derecha, otro más grande por la
otra acera; algún lanchonete y puestos callejeros, tipo carritos. Nada de glamour. “Lo
que quería”, pensó. Vio los garajes de las casas abiertos y las personas sentadas en
viejos sillones mirando pasar a la gente. “Un pueblo del interior uruguayo con océano
y sin árboles”, se dijo.
Dobló a la derecha en la última calle antes del mar. El asfalto desapareció bajo las
ruedas del coche. Siguió unas cinco cuadras hasta ver el cartel a mano derecha:
Cabañas Tiburón. Se detuvo frente a la casa y notó que era la más
linda de la cuadra. Tocó timbre y esperó frente a un portón grande de madera. A los
pocos segundos apareció el dueño. Antes de entrar a la casa, constató haber cerrado
bien su auto. El hombre sonrió: “No se preocupe, acá esseguro”. Miró sobre su
hombro y un olor a mar le llegó con fuerza. Caminó hacia la puerta. “Era lo que
quería”,reafirmó en su cabeza..
(Luis Fernando Iglesias “El hombre que despertaba”)
Edgardo Taranco

Daniel Da Rosa
Alguien recela de la epifanía de lo posible
cruza el silencio sobre el pasto verde
masca la filosofía de spinoza sin esperar nada
no sabe de montañas
sólo la pradera a sus ojos es lo verdadero
como el remanso del agua
como el rayo filoso que corta la tela del cielo
cree que el mugido de los días cortos agrieta el cuero
que la cornamenta se cae sola
que ya no dientes para morder sueños
cree que es una vaca
que se entrega al lenguaje del viento
y que no tiene otra cosa que esperar.
ilustraron s/d, Eduardo Mier, Besnes e Irigoyen.
Todo es menos sólido de lo que creíamos. Unos estornudos chinos y se disuelven
muchas cosas.MC

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