Julio el peluquero
Dueño de un espíritu joven y emprendedor, Julio Cabrera recibe a El
Pueblo en su peluquería. Entre su sillón de siempre y ante ese gran espejo
que tantas imágenes ha guardado, confesando así que los hombres también
son coquetos y se miran de frente y de perfil. “A los hombres nos gusta
vernos bien arregladitos para salir, no tanto como las mujeres, pero es claro
que los hombres también nos miramos en el espejo”…. “ y si uno ya es
mayor y está todo fachudo es más viejo, en cambio, si está afeitado, bien
vestido, no tiene apariencia de tan viejo, no es que a uno rechace la vejez
porque es una cosa natural, pero ser prolijo es otra cosa”…asevera con
certeza Julio.
Nació en campaña, acá cerca de Santa Lucía, a los 11 años empezó a
trabajar porque no le gustaba la escuela.
En el 59, cuando comenzó, este era el sistema, explica, una persona venía
el sábado, se sacaba la pelusa, se afeitaba, al otro sábado se afeitaba se
hacía un recorte, al otro sábado venía se afeitaba y se hacia un corte. Hoy
en día viene un cliente a cortarse el pelo y hasta el mes y medio, dos meses
no se ve más en la peluquería. Agrega que de alguna manera esto está
cambiando porque ahora están de vuelta la moda de los barberos.
De cada lado de un espejo se puede ver una enorme escarapela de Peñarol y
del otro lado la del Club Nacional de Fútbol. A impulso de los clientes, uno
puso el de sus amores y vino el otro y puso el suyo, porque esta peluquería
es bien democrática, indicó.
Entre los cajones guarda con todo celo sus herramientas, desde las tijeras a
la filosa navaja que allí está en su estuche original, esperando la próxima
afeitada.
En la historia de la peluquería, peluqueros hombres que le cortaron el pelo
a mujeres hubieron toda la vida, pero mezclados uno y otro no. Empezaron
las mujeres a cortarles a mujeres y a hombres. Después, los hombres
dijeron, si ustedes cortan nosotros también, acotó.
Las academias de peluquería en el Uruguay comenzaron en el año 68, a la
que tuvo que ir en el 77 porque vino lo de lavar la cabeza, cortar con
navaja y peinar, o hacía el curso o cerraba la peluquería, indica Julio.
En esa década del 68 al 80, los sábados daba hora sólo para lavar la cabeza
y peinar, no cortaba pelo ni afeitaba, porque la gente salía de noche bien
peinada, bien paqueta. Los sábados atendía entre 20 y 30 personas,
recuerda.
Para ser un buen peluquero se tiene que tener arte, si no tiene arte no es un
buen peluquero, corta pelo, se aprende, un corte clásico, y se puede derivar
en cualquier otro corte si se tiene imaginación. El oficio se va adquiriendo
con el trabajo y se conoce los gustos, las características del cliente, define
Julio, “La peluquería de hombre se destaca porque muy pocos clientes
cambian de peluquero, la mujer no, si le dicen mira que hay una peluquera
por allá, para allá se va”, comenta.
Si hubiera contado cabezas llevaría más del millón, siempre cortándoles el
pelo a hombres…y agrega jocosamente Julio: “soy el peluquero más
viejo de Santa Lucia”.
Las modas van y vuelven, indica. Cuando comenzó la peluquería se usaba
el corte y la gomina que dejaba duro el pelo; se iba al baile y si se levantaba
tierra allí le quedaba, pero era lo que había y se usaba. Hoy se maneja el
gel, que tiene otras propiedades, explica, porque siempre en lo que se haga
hay que actualizarse, señala.
Cuando le preguntamos si existen o podrían existir fórmulas mágicas sobre
la calvicie, Julio no escatima en afirmar con toda seguridad que no se han
inventado ni se inventarán. La caída del pelo arriba no tiene solución, es un
antes y un después, es natural, pero a nadie le gusta perder el pelo.
En su comunidad, todos lo reconocen como un buen vecino, desde sus más
memoriosos clientes desde hace 60 años y los que fueron llegando después.
A sus 82, por su peluquería, cuenta orgullosamente, han pasado tres
generaciones, abuelos, padres y nietos.
En esa larga trayectoria de peluquero, suma también los cientos de novios
que preparó para el gran día de su casamiento, como también le pasó
personalmente. Recordó a su colega y amigo el peluquero Cacho Pérez, a
quien preparó cuando el se casó y éste a su vez lo preparó a él. Esas son
historias preciosas de haber vivido, cuenta Julio.
No podíamos terminar esta charla sin tocar el mito sobre que los
peluqueros son chismosos, a lo que no elude en responder. .. “los chismes
los traen los clientes, no los inventa el peluquero. Si quiere repite, si quiere
se repite porque es livianito, ahora, si es pesado no se repite, hay que hacer
lo del cura, porque esto es como un confesionario. Si la persona necesita,
quiere hablar, uno escucha. Hay de todo, gente que se siente mal por un
problema y hay otros que vienen con cuentos y joroba. La peluquería, lo
que tiene de lindo es que se pasa entretenido. ”
Muchos ya no están, pero todavía le quedan algunos de aquellos clientes
desde que comenzara, son viejos amigos, Julio los nombra y hasta relata
algunos recuerdos de cada uno, pero es muy cuidadoso en pedir no nombrar
a nadie porque todos forman parte de esta historia de 60 años de
peluquería.
Y.S.

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