El sábado pasado, 25 de agosto, fue para miles de uruguayos, el día después de la Noche de la
Nostalgia. Para otros, un feriado. Para cada compatriota, un recordatorio de nuestra
Independencia. Un “viva la patria” que nos estremece y nos recuerda cuánta gesta costó en
épocas de atajos que vivimos.
Habría que ver si aquellos que arriesgaron y dejaron su vida por este pedacito de tierra, (en el
acuerdo o discrepancia, con puntos álgidos incluso), pensaron que esa independencia por la
que tanto pelearon, hoy es realmente “libre de todo poder extranjero” o si estamos atados,
con el “cuento de América” a regímenes e ideales que ningún uruguayo de bien puede
compartir. Personajes que han sumido a sus pueblos en diásporas crueles, en hambre, dolor y
lo que es más reprobable aún, nuestro país se niega a condenar. ¿Y cómo lava su conciencia
este gobierno ausente? Dando lugar y trabajo a esos inmigrantes, muchos de ellos preparados
académicamente pero que terminan trabajando por dos pesos. Me gustaría decirles a cada
uno de ellos que no importa en las circunstancias que vengan y que acá son bienvenidos.
Volviendo al plano local, asumo que nuestros libertadores no visualizaron que terminaríamos
pasando esta actualidad de una suerte de “todos contra todos”, de no confiar en nadie, de
pensar que otro siempre quiere aventajarnos y con el temor diario de salir a la calle y no
volver. O, peor aún, el temor de estar en nuestras casas, bajo siete llaves que los delincuentes
suelen burlar con la pericia de un experto.
Y aquí entra a tallar la nostalgia. Sí, aún los que no llegamos a los 40 años, tenemos nostalgias.
De aquel país donde no nos preocupaba dejar la puerta abierta y olvidarnos de trancar. O de
aquellas tardecitas bajo la parra, hasta que nos ganaba el sueño.
O los partidos en la calle (sí, en plena calle), la “bolita” y “la payana”, también en la vereda.
Porque no teníamos nada pero sin darnos cuenta teníamos todo: fe en el otro, confianza,
seguridad, planificaciones y proyectos.
No es una pretensión entre retrógada y simplista (si se quiere), de vivir con los ojos en la nuca.
Es una realidad. Claramente NO refiere a mirar con nostalgia el período oscuro que todavía
como país no superamos. Parece una obviedad, pero en épocas de sensibilidad extrema y de
curiosos “mal entendidos”, prefiero aclarar que mi “nostalgia” no es favorable a ningún tipo de
gobierno que atente contra las libertades individuales o contra cualquier derecho que tenemos
como ciudadanos.
Es nostalgia de lo que éramos como sociedad; de cómo nos criaron y hacia dónde mutamos.
Sobre el país en el que se podía tener un futuro pero en el que hoy no vemos con optimismo ni
las próximas 24 horas.
Un país donde importa aparentar ante los organismos internacionales, con pretensiones de
economía “saneada” pero que excluye y echa a la calle literalmente, al que no gana lo
exorbitante que se necesita en Uruguay para vivir. Nostalgia de poder darle un plato de
comida a los poquísimos que no lo tenían. Nostalgia de no tener que bajar la vista ante el dolor
de ver nuestros congéneres tapándose con cartones en la calle por la vergüenza de no poder
solucionarle tan nefasta situación.
Sí, definitivamente, tengo nostalgia.
Se prueba lo que dijo vaya a saber quién y posteriormente se interiorizó: todo en la vida tiene
que ver con todo.

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