Tras una semana demoledora en materia de hechos delictivos que culminaron con trágicas muertes, Uruguay quedó aún más dividido. Desde el dolor, hay gritos desesperados e incluso, campañas en las redes sociales para recrudecer las penas, instalar la pena capital y cadena perpetua. Uno u otro o ambos.
También la indignación y el dolor ganó terreno cuando una indefensa anciana fue asesinada de un tiro. EL motivo, robarle la cartera. Los cobardes rapiñeros, huyeron en moto.
En medio de estos y tantos otros hechos luctuosos, dolorosos e indignantes, los uruguayos nos agrietamos. Fue feroz el ataque al que pensaba que no era oportuno hablar ahora de pena de muerte. No es discutible por dos razones: porque no cambiará y no se implantará como medida, por tanto se está pateando el clavo; y dos, porque no es el momento de generar más rabia y dolor en la familia de las víctimas
Si se quisiera hacer un debate serio, no se esperaría a que sucedieran estos hechos. Como pasa con todos los temas, discutirlo «en caliente» no aporta nada. Creo que se debe contribuir a acompañar desde el silencio o desde el mensaje de aliento, a los que están con una herida abierta de tanta magnitud, que difícil es pensar cómo van a sobrevivir con ello, pero generar más odio y más sed de venganza, no va en esa dirección.
De dónde se saca fuerza o espíritu para arrancar el día con el cúmulo de información sobre ambos casos? Es imposible no sumar al pequeño Felipe Romero, asesinado en julio pasado, por su entrenador quien además abusaba sexualmente de él. El caso de Valentina, uno que sale a la luz de tantos que habrá en silencio, nos pone de nuevo en una encrucijada. Cómo criar a nuestros hijos en una sociedad donde ni la vida de un niño o de un anciano, valen algo.
Los valores de todos han cambiado. EL de la delincuencia que nos tiene en jaque también. Pero que se nos vaya de las manos el valor «vida» como tal, duele, preocupa y debería ocupar a las autoridades muchísimo más.
Ahondar en debates estériles es un camino errado para mí. Pero obviarlo, es peor aún. Esperemos a que se encamine el dolor rumbo a la aceptación. Luego, con la cabeza más centrada y en eje de nuevo, arranquemos sin demora a pensar qué hacemos, qué temas debatimos y qué se cambia para cambiar. Aunque parezca redundante.
Parece que es un clamor que no amerita más dilaciones.

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