Esperando el posible apocalipsis uno piensa en la vida y su significado. Uno se da cuenta que es, o que fue, el último eslabón de la especie, que ahora continúa en los hijos, los nietos… Entonces el mantenerse y mantenerlos vivos es lo más importante, es la verdadera razón de la vida: la razón de la vida es la vida misma; vivir.
Todo es tan efímero, tan sin importancia cuando nos enfrentamos a la catástrofe. Los aplausos, los elogios, los logros, los títulos de propiedad y de nobleza se vuelven insignificantes frente al posible desastre. Uno se vuelve fiera, hombre primitivo, guardián del fuego, cazador y recolector. Todo lo demás no importa frente al peligro. Uno vuelve a la cueva, a la guarida, al refugio salvador que proteja a la cría de todo daño. Se terminan los juegos, se terminan las mentiras, las falsas ilusiones, las metas ilusorias, los espejismos. Caen las perversas construcciones sociales, las expectativas de triunfo, las ambiciones de primera plana en el periódico, la felicidad elusiva.
En unas horas, quizá sí, quizá no, estaré en medio del viento y la lluvia más intensos que se puedan experimentar. Es difícil de explicar, pero al pensar en ello no siento temor, lo entiendo como un momento de aprendizaje, como un recordatorio de lo frágil y extraordinariamente valioso de nuestras vidas, de la responsabilidad enorme que significan los hijos, y la importancia de la familia como célula de supervivencia y continuidad de la existencia.
Hoy caminé por el barrio y hablé con los vecinos, todos nos ofrecimos ayuda por lo que ocurra, agua, comida, refugio; en la fila del supermercado hablé con un señor que tal vez sería yo mismo en unos 15 años, le cedí mi lugar para que adelantara, otros me lo cedieron a mi en su momento. La gente desarrolla y muestra el espíritu gregario, ese que se desdibuja en el día a día, pero que reaparece en circunstancias extraordinarias como la presente y me conmueve y me devuelve la esperanza de un mundo más amable, en una sociedad verdaderamente social, donde socialismo sea siempre una palabra bonita que nadie disputa. Y si hacen falta mil huracanes para que eso se entienda, ahora faltarán solamente 999. Bienvenida sea Irma.

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