Cuando los romanos hacían una carretera no la hacían para este año ni para el siguiente, sino para siglos.
(Espartaco, Howard Fast)

Las culturas que tienen raíces en Grecia y en Roma, durante siglos fueron creadoras de bienes durables. Sus obras de ingeniería, de arquitectura, sus viviendas y sus monumentos, pero también sus ideas, sus expresiones artísticas y sus industrias eran concebidas para durar y que la posteridad las reconociese.
José E. Rodó, en “El Faro de Alejandría”, relata cómo el realizador de la obra del Faro puso el nombre del faraón en arenisca a la que el embate de las lluvias y los vientos destruyó tras pocos años y apareció debajo, esculpido en la piedra, su propio nombre. De este modo se aseguró que la posteridad le recordase durante siglos. Esa era su gloria.
Primero los hombres, a través de sus múltiples dioses, luego a través de un dios único, se encomendaron a la gloria de tener testigo y reconocimiento de sus actos.
Cuando se hizo dudosa la ubicua presencia del Dios que como un Gran Hermano supervisara los actos de todos y de cada uno, la gloria de los actos y creaciones de los humanos, muchas veces se consagraron a la Patria, al Estado o a la Humanidad. La existencia del Estado con la posibilidad de ser mejorado por acciones que reflejasen los ideales de los ciudadanos, podría contribuir a la inmortalidad de sus integrantes.
Siempre a las creaciones, se les exigía que fuesen durables.
Ahora no es así.
Veamos un ejemplo.
Varias de las primitivas bombitas eléctricas producidas por T. A. Edison y otros investigadores que contribuyeron a su perfeccionamiento, todavía se conservan en algunos museos, encendidas de manera continua, durante más de cien años.
¿Por qué ahora las lámparas eléctricas escasamente duran más de un año?
En la década que se inició en 1920 se realizaron acuerdos entre las principales empresas fabricantes de productos que utilizan la energía eléctrica, para que las lámparas eléctricas no fueran tan durables. Alrededor de los años 40 una potente organización de empresas estableció como límite la duración de 1000 (un mil) horas para las lamparitas.
Se razonó que la producción a gran escala de todo tipo de productos durables, podía dar lugar a la satisfacción de la demanda y por lo tanto ocasionar caídas de las ventas.
Para lograr demanda constante, se crearon productos de baja duración. Su rotura sin posibilidades de reparación obliga a los clientes a comprar nuevos objetos como única forma de reposición. Para estimular las compras se crean nuevos modelos que no siempre tienen tantas ventajas como dice la propaganda.
Estos cambios se producen en medio de un colosal crecimiento y sofisticación de la publicidad. Esa combinación de estos sistemas especulativos llevó a estimular el consumismo. Quien es preso del afán consumista, experimenta el hambre constante de satisfacción del coleccionista, que siempre busca ampliar su colección para que sea la más notable.
Si a los humanos y sus sociedades por sus frutos los conocéis, cabe preguntarse por las características que deben tener los frutos que queremos producir para que la existencia de nuestra civilización no sea recordada únicamente por las montañas de chatarra fruto de la “obsolescencia programada” y el “consumismo” desaforado.
(1) Obsolescencia: cualidad de volverse obsoleto; inútil, desusado.

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