Una nota del diario El Observador, publicada la semana pasada, relataba, en base a testimonios, el infierno que viven vecinos de Barra de Carrasco en Ciudad de la Costa, debido a las picadas.
El fenómeno, que tuvo altos picos de protagonismo en años anteriores, parece que se desarrolla casi que de forma diaria, en esa zona canaria.
La actividad, consiste en «picar» motos a toda velocidad. En una suerte de ruleta rusa en dos ruedas, una cantidad de jóvenes timbean su vida sin que mucho se pueda entender por qué. Quizá los más grandes no veamos como adrenalina positiva, una actividad que poco tiene de recreativa y mucho sí de peligrosa.
El director General de Tránsito y Transporte de la Intendencia de Canelones, Marcelo Metediera, explicó al matutino, que se hacen operativos puntuales. Pero que, aunque se hagan despliegues, los presentes, al ver llegar a la policía o a los inspectores, huyen y se mezclan por las calles de los barrios-
Según explica el diario, Las picadas de autos o motos están penadas por la ley de Faltas y Conservación y Cuidado de los Espacios Públicos. La pena puede llegar a ser de siete a 30 días de trabajo comunitario, además de una multa económica.
Y Metediera, aseguró que se aplican multas. Pero admitió que esta medida, no ha sido ni remotamente suficiente.
El problema tal vez pueda abordarse desde varias ópticas y por gente idónea en la tarea. Incluso el jerarca anunció un pronto encuentro con autoridades de la Unidad Nacional de Seguridad Vial. Quizá haya que recrudecer las penas. O empezar a ver otra forma de encarar la situación.
Eso lo harán los que saben. Lo tienen que abordar quienes ocupan cargos relevantes y con poder de decisión.
Lo que queda preguntarse es: qué hacemos los padres, amigos, vecinos, con estos temerarios que atentan contra su vida y la de los demás?
En qué fallamos para que haya grupos decididos a exponer lo más valioso que tiene, en una práctica de este grado de autoagresión?
Dónde está el error, para no poder hacerles ver que, lo que tanto desprecian, es lo único que no se puede recuperar una vez perdido?
Qué les falta para quererse y valorarse más? Qué no se les dio?
De este análisis de conciencia parental, quedan excluidos los padres de menores. Es de esperar que, si hay chicos manejando de esta manera temeraria, los padres sean los que reciban el castigo.
Todos conocemos a nuestros hijos. En mayor o menor medida. Pero si tenemos un hijo que de por sí gusta de la aventura mal entendida y de los excesos, regalarle una moto para cuando cumpla 15, 18 o la edad que sea, les saca a ellos un problema de encima porque lo tienen «ocupado».
Sin embargo, les compran una sentencia firmada de muerte, de daño permanente o de daños hacia terceros. Está en ellos hacerse cargo del disparate de obsequiar una moto a un hijo irresponsable.
Esto nos recuerda y nos lleva hacia otra discusión, eterna: deben los padres pagar las penas por las actitudes de sus hijos menores? Puede ser esta una forma de desagotar las celdas de Inau par dar paso a centros que reeduquen y reinserten en la sociedad a jovencitos cuya expectativa se haya reducido a estas prácticas? O a otras reñidas con la sociedad, la convivencia y buenas costumbres?
Quién sabe, por lo pronto un buen comienzo, sería tratar el tema donde y ante quien corresponda.

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