Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de EL Pueblo: nosotros no estábamos allí pero lo recordamos perfectamente.
Ahora no me conoces
La ciudad oculta
¿En dónde estamos?

Ahora no me conoces de la edición anterior
Dos grandes: Gonzalo Alonso y Pablo Pose (José Arce)
Alfredo Gomez
Letras en camiseta
Detrás del telón
Un teatro abandonado es un animal extraño. Ya al entrar al hall central, se
sienten corrientes de aire que hacen pensar en fantasmas que despiertan y
respiran. Los ruidos se asordinan o reverberan, se amplifican o se callan, según
vamos de un lugar a otro. No hay pasado ni futuro allí y los cortinados son
desafíos que dan temor a la imaginación. Un teatro abandonado es como entrar
a un sueño cercano a la pesadilla, un lugar donde estamos solos aunque los
miembros de la compañía se preparan para el ensayo, sobre todo si de baile
contemporáneo se trata y el año que quedó en la vereda de la calle Río Negro es
1971. Y allí yo, con una guitarra desnuda como mis diecinueve años, lidiando
con algo que podría haber sido bohemia, pero que no era ni eso, abría mis ojos
al asombro de un Montevideo, persiguiendo al amor más esquivo caminando
ramblas interminables. Pero en el teatro, el piso de tablas polvorientas de la
sala de ensayo, la luz difusa que venía del otro mundo de la calle, el sonido de
los pies de las bailarinas siguiendo la marcación de Graciela, la cintura de Ma.
Celia, el remolino de caracoles de la cabellera de Lidia, la melodía susurrada por
alguien desde una esquina, hacían que creyera en la magia, que fuera magia yo
mismo. Después, al salir, la noche se iba metiendo en el frío húmedo y gris de
los umbrales de las casas, y los patrulleros silenciosos ya salían a cazarnos.
Éramos presas fáciles, guitarras y zapatillas de baile, mi pelo demasiado largo, y
el de ellas demasiado hermoso.
Daniel Da Rosa
62
modelo para cortázar
tomar café fumar cigarro
música de fondo: charlie parker
un avión cruza sobre nuestras cabezas
y se pierde en la oscuridad de la noche parisina
la noche de buenos aires de montevideo o nueva york
el pulso que tiembla mientras sostiene un vaso de whisky
la foto de marilyn desnuda en el viejo almanaque casi amarillento
un sueño posible de maga uruguaya estira su brazo sobre el río sena
el río támesis el río nilo el río uruguay el río de la plata el río santa lucía
una escalera de caracol de madera pero no de faro ni de edificio viejo sino de cielo
el cuento que empieza donde termina el lector el poema que se esconde pero que asoma su
cabeza por encima de la gente de los árboles de los edificios de las nubes por dónde un avión
pasa dejando otras oscuridades que se van pareciendo a un poeta a veces invisible
que no es éste ni bolaño ni gelman ni parra mucho menos borges
onetti vilariño bardesio megget mucho más herrera y reissig
escribe como se es y es de letra cuarteada azulada
palabras descalabradas apasionadas frágiles
acaso cimarrones pero montmartre
el vinilo con jazz de alpargatas
por la ciudad vieja no hay
maga ni el cerro
para armar.
Félix Montaldo
PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS
Joseph Conrad
En su segundo viaje al norte se trasladó a Brownrigg y Northcliffe, camino a
Edimburgo donde visitó barcos y bases navales. Pasó por Ramsgate y Doven y
navegó durante diez días en el barco de guerra Q-SHIP HMS Ready diseñado
para enfrentar submarinos a los que atraía disfrazándose de barco mercante y
sirviendo así como señuelo. Fue un viaje peligroso porque corrían el riesgo de
ser torpedeados o de topar con una mina. En setiembre de 1916 realizó una
incursión en el mar del Norte en el dragaminas HMS Brigadier: la travesía fue
dura y no menos peligrosa que la anterior y tuvo frecuentes mareos, pero
igualmente la pasó bien confraternizando con la tripulación y recordando sus
tiempos de marino. El viaje por el norte le inspiró para escribir el cuento corto,
El relato. La travesía culminó en Edimburgo. En su posterior desembarco en
Bridlington, en Yorkshire del Este tuvo problemas con las autoridades por no
llevar la documentación y su aspecto de extranjero. _
De los tres artículos solicitados por la marina, Conrad escribió solo uno al
que llamó La costa sin luz donde se extendía en consideraciones generales sobre
la guerra. El argumento trataba sobre un marinero y un zeppelín bombardeado.
El artículo no le sirvió al Almirantazgo para los fines que se proponía; fue
publicado años más tarde por The Times, en agosto de 1925, un año después de
la muerte del escritor. _
Prolongación del conflicto
Al comienzo de la guerra muchos pensaban que las hostilidades iban a ser
de corta duración, a lo sumo algunos meses, pero la realidad no confirmó esa
opinión y pasaban los meses y los años y el conflicto se transformó en una
carnicería a la que no se veía fin. En una carta a Iris Wedgwood (escritora que se
ocupaba de la topografía y la historia inglesa y amiga de Conrad) le manifestó
que sentía “el dolor sin fin” de la guerra que le impedía concentrarse en sus
escritos: “¿Quién puede ser elocuente en medio de una pesadilla?” _ Tampoco
recibía visitas y permanecía en su casa de Capel House sin ganas de ir a Londres
ni de avanzar en alguna actividad positiva. A su vez la salud de su esposa
empeoraba y sus dolores en las rodillas le impedían caminar: al cumplirse los 20
años de matrimonio Conrad le regaló una silla de ruedas autopropulsada.
En marzo de 1917 se publicó “La línea de sombra” y Conrad se consolidó
como novelista.
Rosina More
La palabra que vino como un disparo
Un paraguas cerrado en la noche fría y
Húmeda de Santa Rosa, la que agobió
La cintura de mis heridas
La palabra que llega cortando neuronas
O acariciando el alma.
Bien pudo ser silencio.
La carpeta de Monsieur Fourcade
Nota del editor
Debí imaginar de qué se trataba cuando el señor Fourcade me entregó su
carpeta abultada y apenas sujeta por un par de piolines a punto de
deshilacharse. Su flacura de noches desveladas y los bigotes a lo Dalí se
asemejaba a un personaje escapado de alguna historieta de Trillo y Altuna. El
apretón de manos fue fuerte y vino con una mueca que intentó ser sonrisa. Se lo
dejo en sus manos, dijo. Cuando pueda y quiera, lea el material. Y si tiene el
nivel requerido por ustedes desde ya los autorizo a publicarlos en su exitoso
semanario. Pensé en ese “exitoso semanario” y recordé que tenía que ir hasta la
imprenta para saber si ya Ele tenía todo pronto para llevar a las librerías de la
ciudad. Cuando lo vi retirarse de la oficina los omóplatos parecían que iban a
romperle la camisa. Lo conocía de las tertulias que se realizaban en la confitería
del Sportman. Los poetas locales y algunos escritores invitados, reconocidos a
nivel nacional, se reunían allí a leer textos o a realizar perfomances poéticas. Él
casi siempre estaba presente con sus escritos a birome, que luego, de leerlos, los
arrugaba y tiraba en la papelera. De manera que a continuación tendrán la
oportunidad de leer los textos de la carpeta abultada del señor Fourcade.
Nota: Los textos no tienen fecha alguna. Se transcriben y se enumeran por el
orden en que fueron encontrados.
1
Borges escribió (entre 1936 y 1939) textos en la ya desaparecida revista El
hogar sobre libros y autores extranjeros. Él solía visitar mi casa y me pedía
libros, datos, biografías y fotos de autores que conocía a través de mis notas en
el diario El País de Madrid. Le interesaba, sobre todo, los escritores ingleses,
franceses, alemanes y algunos españoles como José De Espronceda, Mariano
José de Larra, mientras Gustavo A. Bécquer le rechinaba un poco. En esa
época Borges no podía imaginar que en 1954 quedaría ciego por herencia
congénita. Recuerdo, entonces, que tomábamos el té, a las 5 en punto, en el
café Tortoni. Después íbamos a mi casa, cercana a la Plaza Las Heras, a
charlar tranquilamente sobre literatura. Pero las mejores reuniones literarias
la hacíamos en Uruguay, en la vivienda que tenía mi familia en “La Bella”,
sobre la calle Pecoche. Pero eran otros años, ya Borges sin vista y acompañado
por Adolfo Bioy Casares leíamos libros de otros autores o extensos párrafos de
nuestras próximas novelas o cuentos.
Marcia Salvioli
Una manera de recordarte, Nadia Cachés
estrella
tarde de leyenda,
abrazo de agua.
Reloj descalzo,
como burbuja gigante.
¿qué desenlace
o inicio tramaron
ronda de hojas secas,
en la puerta del
cementerio?
tu mirada, piedra
y lluvia.
tu cabello, a pesar
del final barría
tristeza y desafío.
despertamos para oír,
escrito en rojo,
tu nombre en el puente
y la cadena rota
de tu oscura bicicleta.
quebradas tus iniciales
en cuadernos de
alas caídas
sobre arena.
hora de brasa,
palomas
reunidas en antenas
huyeron asustadas.
hoy explotaba la luz,
como una taza
entre mis manos.
desde entonces nadie
vuelve a cuidar estrellas
como a hermanas pequeñas.
¿cómo unir
baldosas rotas de memoria?
nosotras, tus amigas buscadoras,
nunca marchitos jazmines sepia,
queremos saber
quiénes y por qué
aplastaron tu mochila verde
de inocencia.
Ilustraron:Rodolfo Fuentes, Pablo Pose Malacrida, Fati, s/d, George Grosz
Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos. JCO

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