Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de EL Pueblo, llena de comienzos lejanos, todo lo viejo adquiere aires de nuevo, nada queda atrás definitivamente, y
por eso regresamos.
Ahora no me conoces

los artistas

Ahora no me conoces edición anterior
Victor Damiani en tres personajes (Susana López)
Alfredo Gomez
Letras en camiseta
La importancia de ser

Hace un rato, viendo una foto colectiva y mientras muchos trataban de identificar
los rostros que en ella aparecían, se me hizo evidente algo muy propio de una
comunidad pequeña.
Seguramente por haber vivido tantos años en ciudades grandes, donde el
anonimato personal es inevitable, donde la identidad hay que explicarla y no
siempre es entendida, tuve ese instante, un distanciamiento objetivo que me dio
este grato "descubrimiento ".
Piense en un apellido común, el mío, por ejemplo. Y hablemos de Gómez. De
inmediato habrá quien pregunte: "¿ Qué Gómez?".
Aquí entonces surgen las aclaraciones, puede ser una descripción física: el flaco,
uno bajito, narigón, calvo etc. Generalmente esto no aclara tanto. Después se
recurre a lo topográfico: el que vive cerca de la estación, frente a la comisaría, a
la vuelta de la fábrica de pastas, pegado a la zapatería, etc.
Tampoco alcanza.
Y entonces finalmente alguien aporta el dato ganador: Gómez, el peluquero
Gómez.
Y ahí sí, finalmente muchos entenderán de quien se trata.
El peluquero Gómez, el dentista Ferrari, el carnicero Fuentes, la maestra
Salgueiro, el carpintero Martínez. Todos fácilmente identificables por su oficio o
profesión. Somos lo que hacemos, nos definimos en nuestras acciones, oficio,
trabajo, profesión.
Ocurre también, y es grave, que se castiga y se margina al que no encuentra
ocupación, al desempleado, al que queda de brazos cruzados cuando cierra su
fuente de trabajo y en poco tiempo se habla de él como "el vago aquél."
Para muchos yo mismo soy todavía uno de aquellos vagos, que por los años 70's
pasaba la mayor parte del día en el Club 23 de marzo.
Para otros soy alguna cosa más que he tenido la suerte de hacer, y para unos
pocos, los que realmente me conocen, no soy ni un nombre ni un oficio.
Esos son mis amigos.

Y ahora, permítame que le pregunte: Usted…quién es?

Daniel Da Rosa
No sé cómo escribo
Lloro sin consuelo
No sé cómo escribo
No sé cómo veo estando mis ojos cerrados de mares negros
Cómo escribo con estas manos que siguen el temblor de mi alma
Cómo es posible que en el desierto blanco del papel
habiten palabras con ventanas abiertas
escribo con la tinta del dolor
bajo el ardiente silencio de la noche
no sé cómo escribo
con la garganta cercenada por la angustia
las lágrimas que bajan apretando mi cuello
el pecho hundido por la levedad del tiempo
no sé cómo
porque no sé qué escribir
qué se puede escribir sobre el olvido
qué escribir de la velocidad de la vida
de lo poco que queda en uno
ahora nadie me siente llorar
nadie me mira escribir
no sé si quiera
si alguien me va a leer.

El Maestro Enrique Ilera
El pescador

El pescador tomó su caña de arriba de la chimenea y se puso en marcha rumbo al
Bosque de los Afiladores o Donde crecen los Eucaliptus par aver si podía cobrar
alguna pieza.Pero no tuvo suerte, porque a pesar de abundar por el follaje
muchos peces de viento los Alienados Evadidos les ganaban en número, quienes
caracterizándose de focas de árbol hacían retoceder a estos inadaptados hasta sus
orígenes en las aguas del río Santa Luciana.
Allí volvían a hacer brillar sus escamas nadando corriente arriba en su verdadera
identidad de peces, tratando de olvidar su forzada metamorfosis a seres ajenos a
las ramas de los Eucaliptus.En el transcurso de su safari el pescador tuvo
oportunidad de ver grupos de Alienados Evadidos que diciéndose nidos de
hornero se arrojaban a las aguas, mientras que otros, convencidos de su calidad
de nutrias trataban en vano de echarse a volar por los aires, volviéndolo todo tan
delirante que el pescador ya no sabía si se encontraba en un Bosque acuático o en
río lleno de Eucapitus. Tal su desconcierto.
Fue entonces que para adecuarse a los delirios decidió en adelante realizar sus
excursiones disfrazado de Príncipe Hindú, pero luego llegó a la conclusión que
ello lo haría fácil presa del Dr. Lex Otán, quien por razones obvias lo derivaría
luego al Hospital de Alienados Dr. Coro Fodín.Totalmente confundido y con la
cabeza dándole vueltas el pescador regresó a su cabaña para ver si podía aclarar
sus ideas y desprenderse con algo las sanguijuelas que le habían prendido a los
championes.Cuando llegó a sus lares se hizo cargo de lo confuso de su estado por
lo que volviendo a la realidad tomó la escopeta de arriba del wáter y se encaminó
a las orillas del río Santa Luciana.
Bang…bang… bang…bang… bang…bang… empezó a dispararle a los peces a ver si
podía pescar.
Fue en vano, no cazó pez alguno.
Entonces se arrojó al agua para convertirse él mismo en pez y atraparse las veces
que quisiera.
La idea del disfraz de Príncipe Hindú quedó en la ribera esperando mejor
oportunidad.

Marcia Salvioli
Mi bicicleta y yo,
podemos ser
libretas antiguas,
tapas sueltas,
perdidas.
Lapiceras rotas.
Recuperamos
cursivas y
preguntamos por
ciertas esquinas,
donde viven
o soñaban
bibliotecas,
hoy quebradas.
Gritamos en bares:
¿Quién pinta
nuestros gestos
contra el viento?
¿Quién sostiene puentes
de palabras?
¿Quién saca
nidos de miradas?
Y la arena responde,
cuando no la escuchamos:
-Hojas de palmera,
luna de
piedra,
escriben
espaldas desconocidas
con marcas de agua.

Félix Montaldo

PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS

Joseph Conrad
Cuando llegaron a Zakopane, Conrad y su familia se hospedaron en la lujosa
pensión Willa Konstantynówka, una hermosa y amplia edificación construida
enteramente en madera al estilo de las edificaciones de esa zona; la regenteaba
su prima Aniela Zagórska ayudada por sus dos hijas quienes procuraron darles

tranquilidad a sus preocupados huéspedes. El clima del lugar era inusitadamente
frío y a medida que pasaban los días la situación se volvía mas angustiante; en
una carta a Pinker de fecha 15 de setiembre de 1914 le contó: “Estamos aquí
privados de medios, sin ropa de abrigo, y en una situación francamente
deplorable”; también le solicitó ayuda económica y le informó de su plan para
salir del lugar: ir a Cracovia, de ahí a Viena donde pedirían ayuda al embajador
norteamericano, que representaba los intereses de Inglaterra en el imperio austro
húngaro, para poder viajar a Italia. Mientras permanecieron en Zakopane,
Conrad se ocupaba de conversar acerca del desarrollo de la guerra y conocer la
literatura polaca. Alternó con importantes escritores y artistas como, por
ejemplo, el novelista Stefan Zeromski y el joven pianista polaco Arthur
Rubinstein, quién se haría célebre por sus excelentes ejecuciones de las obras de
Chopin y otros famosos autores. A principios de octubre volvieron a Cracovia,
primero en trineo y luego en el tren nocturno, pero permanecieron atrapados
durante once horas en la estación donde se había improvisado un hospital de
campaña al que llegaban muchos heridos en penoso estado. Finalmente
consiguieron viajar a Viena en un tren atestado de personas. Al llegar pasó unos
días en cama atacado de gota, y luego llamó al embajador norteamericano
Frederic Penfield para que arreglara el viaje a Italia. Tuvieron suerte porque,
según lo relatado más tarde por Penfield, las autoridades habían ordenado
retener a Conrad hasta el final de la guerra, pero, afortunadamente para nuestro
escritor, la carta que contenía esta disposición se habría perdido. Finalmente
pudieron salir de Viena y se dirigieron a Italia. El 20 de octubre llegaron a Milán
desde donde el escritor telegrafió a Pinker pidiéndole dinero para el viaje de
regreso a casa: tuvieron que ir a Génova donde se embarcaron en el buque correo
holandés SS Vondel con destino a Inglaterra pasando por el Canal de la Mancha
que estaba lleno de barcos de guerra. El 2 de noviembre de 1914 desembarcaron
en Gravesend, ciudad ubicada en el condado de Kent, en la ribera sur del
Támesis. El costo del viaje fue muy alto: Conrad llegó cansado y enfermo y
durante un tiempo no pudo volver a trabajar (fue incapaz de escribir artículos que
le encargaron sobre el tema). Sufría el desgaste que traen los años, tenía
menguada su vitalidad, empezaron los problemas en el corazón y se encontraba,
según las palabras del escritor en una “especie de apatía enfermiza”. En enero de
1915 se sintió mejor y pudo retomar sus escritos. Comenzó por una serie de
artículos llamados Polonia revisitada para la revista estadounidense Saturday
Evening Post. Era un largo artículo autobiográfico y la publicación lo rechazó
alegando que no relataban “las experiencias actuales de la guerra”. Finalmente
Pinker logró venderlo en Inglaterra al Dayli News mientras que Eugene F. Saxton
y Doubleday lo colocaron en Estados Unidos en el periódico Boston Evening
Transcript. Al mes siguiente comenzó a esbozar la idea para un nuevo libro,
Primer mando que luego renombró como La línea de sombra donde rememora
su primera experiencia como capitán ocurrida durante el paso hacia la edad
adulta. También esbozó la idea para La flecha de oro: recuerdos de su primera
juventud acerca de episodios de la guerra carlista.

Eduardo Mollo

Posdata del articulo anterior, las dos versiones correctas de De la lucha, la del autor y la
del intérprete ya sin los horrores del editor. Las disculpas pertinentes.

De la lucha

De la lucha

( Versión original de José Alonso y Trelles

)
No rempuje, compañero:
¡Jué pucha, ni que anduviera
Con dolor en la bastera
Y juyese al entrevero!
Más despacito, aparcero,
Que hay piedras en el camino
No se asuste si me empino,
Que es sólo pa’ curiosiar;
No le voy a sonsacar
Ni la china ni el destino.
¡Ah pueblero desconfiao!
Cuando menos se afigura
Que pretiendo alguna achura
De las que le han ofertao…
Déme por eliminao
Del montón de pretendientes
Que se han afilao los dientes
Pa’ prendérsele al turrón…
Soy crioyo sin ambición
Y gaucho de los decentes.
Pa mí no habrá chocolate
Ni migas del presupuesto,
Porque no ando del cabresto
De ningún alto manate.
Gracias si ligo algún mate
Amargo como mi suerte,
Porque a mí bien se me alvierte
Que es al ñudo pretender…
Al paisano, ¡ni que ver!,
Se le háce pitar del juerte.
Güenazo pa’ las cuchiyas,
Cuando la teta refala,
Y el que es ternero y no bala
Anda asustao y en cucliyas.
Pa él no son las amariyas

De la lucha
Poesía: José Alonso y Trelles
Música: Alfredo Zitarrosa
No rempuje compañero,
‘jue pucha ni que anduviera
con dolor en la bastera
juyendo del entrevero.
Más despacito, aparcero,
que hay piedras en el camino,
¡pucha, pueblero ladino!
cuando menos se afigura
que pretendo alguna achura
de las que le han oferta’o.
Deme por elimina’o
del montón de pretendientes
que se han afila’o los dientes
pa’ prendérsele al asa’o.
Yo no preciso aboga’o
ni migas del presupuesto,
porque no ando del cabresto
de ningún alto manate,
a mí no me ceba el mate
ningún negrito mima’o.
El que es ternero y no bala
anda asusta’o y en cuclillas,
pa’ él no son las amarillas
de las burras del esta’o,
pa’ él es el duro reca’o
y el Réminton y la lanza
y la bala que lo alcanza
pa’ que algunos como usté’
venga a contarle después,
historias de degolla’os.
Pero yo soy más porfia’o
que gallo comiendo tripa,
cuando el trabuco se engripa
lo mesmo sigue carga’o.
Más despacito, cuña’o,

De la burra del Estáo,
Pa él es el duro recao,
Y el Rémington y la lanza,
Y la bala que lo alcanza
Y lo piala de volcáo…
Y todo, ¿pa qué? Pues pá'eso;
Pa’que un pueblero ladino
Sospeche, al ver que me empino,
Que quiero sacarle el güeso…
Compañero, guarde el queso,
Que pa’ que usté se lo coma,
Yo en el bajo y en la loma
Sirvo de… cuajo a la leche…
Conque, amigo, no sospeche,
Que si me empino es en broma.

———————

pa’ qué quiero yo ese hueso,
puede ir repartiendo el queso
con otros que se lo coman,
yo en el bajo y en la loma,
siempre anduve bien monta’o.

———————–

Ilustraron: Rodolfo Torres, Manuel J. Serrano
El arte no tuvo unos principios torpes. JB

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