La historia de las grandes empresas transnacionales del siglo XX y lo que va del XXI muestra una marcha constante tras las máximas ganancias impulsadas por una codicia insaciable.
En la física clásica ya va para más de tres siglos que se planteó el principio de acción y reacción, que establece la existencia de una fuerza igual y contraria a la que aplica un cuerpo sobre otro. Principio que se ha proyectado en la dinámica social, con salvedades.
La segunda guerra mundial promovió recursos impensables en otras épocas. Uno fue la utilización de sustancias químicas para la destrucción de las cosechas agrarias en la búsqueda de dejar sin alimentos a las fuerzas enemigas. Significó el crecimiento inusitado de empresas productoras de agrotóxicos porque los gobiernos en pleno conflicto no escatimaron recursos económicos para la obtención de esa importante arma estratégica. Una vez concluida la lucha armada, las empresas buscaron nuevos mercados a donde volcar sus tóxicos productos. Mediante la publicidad y a través de la facilitación de los créditos bancarios impusieron a nivel mundial un paquete tecnológico: semillas de productos (soja, maíz, etc.) con modificaciones genéticas que los hacen resistentes a esos agrotóxicos, que demuestran su poder mortífero exterminando las hierbas que puedan ser plagas en los sembrados y que no tienen resistencia genética para esos tóxicos. Pero somos muchos los seres vivos que no tenemos defensas frente a esos tóxicos. Desde la utilización del agente naranja como exfoliante en la guerra de Vietnam seguida del reclamo de los soldados por los daños que les ocasionaron a su salud física y reproductora, que dio lugar a conflictos jurídicos que se prolongaron durante décadas en EEUU, han sido muchos los reclamos judiciales ante las empresas productoras. Hasta ahora todo en vano.
Se suceden en el tiempo los nombres de investigaciones realizadas por científicos prestigiosos que demuestran las acciones lesivas para la salud de las poblaciones y la diseminación a grandes distancias de los diferentes agrotóxicos.
Cabe reflexionar que frente a la acción nefasta de estas compañías transnacionales, la reacción defensiva de las sociedades civiles de diferentes países y sus gobiernos ha sido insuficiente hasta ahora. Creo que es importante destacar la acción llevada adelante por juristas, políticos y científicos de prestigio internacional uniendo fuerzas en lo que se ha dado en llamar el «Tribunal Internacional Monsanto» que se reunió en La Haya (Holanda) el 15 y 16 de octubre de 2016. Allí el médico argentino Damián Verzeñassi, Secretario de loa Universidad Nacional de Rosario, expuso investigaciones realizadas en 27 localidades de 4 provincias, con 96 mil personas encuestadas que revelan padecimientos inexistentes antes del uso de los agrotóxicos de Monsanto. Concluyó expresando «se nos mintió cuando se nos dijo que los modelos de producción de transgénicos dependientes de venenos eran para que se use menos veneno, que se nos mintió cuando se nos dijo que la química que se iba a utilizar a partir de esos modelos era inocua para la salud humana», y concluyó diciendo «el ecocidio es hoy el principal problema con el que nos encontramos como humanidad».

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