Aquellos eran tiempos de emociones. Desde gurises el río fue nuestro cómplice de cada día.
Sabía nuestros secretos, nos conocía más a fondo que nuestros propios padres.
La vida de la ciudad entera pasaba por él. Responsable de alegrías y también de desdichas,
Santa Lucía ha transcurrido –y aún lo hace- marcada por el fuerte carácter de ese torrente
de agua que la bordea.
Es difícil precisar quién fue el primero en formular la idea de organizar un desfile de carnaval
en el río. No así saber por qué lo hizo. En una ciudad con un río vivo dentro
de ella, una idea como ésta es tan natural como los pasajes secretos que dejan las ramas de
sarandí entrecruzándose allí donde el fin de la arena cede lugar al monte multicolor.
La empresa no era fácil. Cada grupo debía contar con una embarcación (existente o
improvisada) y hacer jugar la imaginación.
Por aquellos tiempos yo había comprado a un vecino una canoa de cedro recubierta con
loneta. Con mi amigo el Dato la forramos con chapa galvanizada, no con poco esfuerzo.
Las láminas de chapa tenían que ser soldadas con estaño, pero el entusiasmo nos alentaba a
continuar.
Cuando nos enteramos de que se realizaría un corso en el rio (eso sería por la década del
cincuenta), resolvimos con Oscar (mi cuñado) y Dato intervenir en él con la canoa.
Para ello fuimos a las barrancas del lado de San José y nos embadurnamos todo el cuerpo con
barro negro. Luego, remontando el río, navegamos por el canal que corría por detrás de la isla
y nos juntamos con todas las embarcaciones para esperar la orden de salida.
Como la misma se demoraba, los rayos del sol comenzaron a secar el barro que nos cubría, y
al poco rato empezamos a sentir una picazón por todo el cuerpo. Había que aguantar, y al
principio pudimos soportarla.
Finalmente nos colocamos en la fila de embarcaciones que desfilarían en el corso acuático.
Finalmente llegó la orden de partida, y emprendimos la remada sufriendo bastante, pero muy
contentos. Éramos muy jóvenes, y en esa época el río era nuestro segundo hogar. En mi caso,
en época de vacaciones, me arrimaba al río a almorzar, cenar y muchas veces a dormir de
noche.
Entonces bien. A la orden de partida comienza el desplazamiento de las embarcaciones. La fila
había que seguirla ordenadamente y a ritmo lento, sin sobrepasar. Eso aumentaba nuestro
sufrimiento. Con nuestra rápida canoa debíamos dominar la ansiedad (y la picazón), pero
seguíamos a ritmo, contentos entre la algarabía.
Recuerdo que las dos riberas del río estaban pobladas de gente que miraba las embarcaciones.
Los vecinos habían también llenado las bandas del puente sobre la ruta 11 y las playas de la
isla.
Nuestra meta era cruzar el puente. Lo cierto es que ni bien llegamos, corrimos hacia la costa y
nos tiramos al agua, ansiosos por sacarnos el barro de inmediato.
Ahí si fuimos verdaderamente felices. Sin barro, y contentos por haber cumplido con la tarea
con la cual nos habíamos comprometido.
Fue un final feliz.
A esta altura de mi vida, suelo pensar que la gente joven debería repetir todos los años esta
actividad en carnaval. Es mi deseo.
Walter Martín
Santa Lucía -2017
Mi abuelo.

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