una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de El Pueblo, habitamos dos paisajes, uno que es eterno y divino, y uno que es sólo un patio.


Ahora no me conoces


Escondido
Ahora no me conoces de la edición anterior
El glorioso Alas Rojas con Dumas, Jorge Romero, el Gordo Picardo y…(Marcelo
Monzeglio)

 
Néstor Taranco

Volver a vivir


ilustración Rodolfo Torres

Aquella tarde, me puse mi mejor traje para ir a cenar al Restaurant
Lamonia, que se encuentra por la Avenida Barreiro cerca de la Plaza de la
Democracia.
Es un lugar de lo más caros de la ciudad, pero es el mismo al que llevé a
Carla en nuestra primera cita. Recuerdo que me gasté mis buenos pesos aquella
noche, pero quería impresionarla y desde luego que lo logré.
También fuimos en nuestro primer aniversario de noviazgo, así como el
día que decidimos pasar a vivir juntos. Creo que un par de cumpleaños también
los festejamos allí.
Como quien dice, el Lamonia es parte de nuestra historia, de los
momentos más lindos de nuestra vida en pareja, y no había vuelto por allí
desde que Carla ya no estaba más conmigo. Es que me parecía que era como
escarbar una llaga que nunca acababa de cerrar. Pienso que si hubiera tenido la
más mínima chance de poder evitarlo, jamás la iba a dejar ir. Pero no tuve la
oportunidad de hacerlo y, como quien dice, la perdí.
Pero fue mi hermana, Rosita, quien me dijo un día “Tenés que enfrentar
tus problemas, no puede ser que cada vez que pases frente al Lamonia cruces la
calle para evitarlo. Andá un día a cenar de nuevo allí y vas a ver que esa va a ser
la forma de superar tus problemas y tus angustias”
Rosita tenía razón, lo mío era un poco de cobardía quizás. Y esa mañana
me había levantado decidido, y en la tardecita me iba a mandar hasta la Avenida
Barreiro para enfrentar de una vez por todos mis temores. Hice la reservación
temprano en la mañana.
Llegué a eso de las ocho. Ya tenían reservada una mesa para mí y me
recibió el propio dueño. “Señor Britos”, me dijo “un gusto de volver a tenerlo
por nuestro local. Guardamos para usted la mesa de siempre pero, si lo desea,
podemos cambiarla”
“No, gracias Raúl, esta mesa está muy bien” le contesté.
Al sentarme en aquel lugar, obviamente me invadieron los recuerdos.
Mientras bebía la copa de champagne de cortesía mi mirada parecía estar

perdida en el vacío, pero en realidad estaba mirando la silla que se encontraba a
mi frente, y parecía estar viendo los ojos marrones de Carla cuando se sentaba
allí y me miraba fijamente.
El propio Raúl me acercó la carta para que hiciera mi pedido. Estaba
viéndola casi sin ver, pasando página tras página, cuando siento la presencia de
alguien a mi lado. Antes de que levantara la mirada, quien se encontraba
allídijo: “Perdón, ¿ese lugar, está libre?”
Conocí inmediatamente la voz y tuve miedo de mirar. Pasaron unos
segundos eternos y tome valor, levanté los ojos y la vi: “Carla”, logré susurrar,
“pero… es imposible”
-“¿Por qué?”, me dijo ella,”Ya sabía que ibas a venir. ¿Y?, ¿Me puedo
sentar, o esperás a alguien?”
“No, por supuesto, ¡que tonto soy!” Me levanté y la ayudé a sentarse en la
silla vacía donde minutos antes estaban sus ojos. Pero sin estar.
“Bueno contame” le lancé nervioso, “¿estás bien? ¿Dónde andás?… ¿estás
con alguien?”
Ella sonrió y comenzó a contestar, “Estoy bien, a pesar de lo que pueda
pensarse, estoy bien. ¿Dónde? Me guardo la respuesta. ¿Y si estoy con alguien?
No, quédate tranquilo. Después de vos no estuve con nadie, si es eso lo que
querés saber”
Para mí esas respuestas, fueron todo un alivio, pero quería saber más.
“¿Por qué viniste? Así sin avisar… O sea…estoy contento que estés acá, no
lo tomes a mal. Pero realmente me sorprendiste.”, le dije.
“Es que este era el momento ideal para reencontrarte y no quería
desaprovecharlo. Es que… ¿sabés una cosa?, yo también te extraño, y mucho.
La verdad es que sos bastante loquito y medio porfiado en algunas cosas pero,
es difícil estar sin vos. Sos como… mi mal necesario”
No pude aguantar sonreírme. Yo conocía muy bien mis defectos al igual
que ella, pero siempre me los hacía ver de una forma casi cómica, por lo que era
imposible enojarse cuando era precisamente ella quienme lo decía.
“Pero entonces…”, comencé a decir, pero me cortó en seco
“No lo digas, déjame disfrutar este momento que puede ser único.” Miró
a su alrededor como reconociendo el ambiente.“¿Te acordás cuando
celebramos aquí mismo nuestro primer aniversario?¡Me ibas a regalar un
reloj y lo dejaste en la oficina! ¡Que desastre!” (Risas mutuas)
-“¿Y la primera cita? , le dije, “los dos pedimos del menú comidas que no
conocíamos y nos llevamos tremendo chasco. Todo por no preguntar y por
miedo a la vergüenza. Ja ja”
-“¿Y cuando fuimos a la casa de mamá para presentarte?”
-“¡Otro desastre! Peché la mesa del comedor y se cayeron como cuatro
platos y unas copas. ¡Peor presentación en familia, imposible! Ja ja”
Se hizo un silencio interminable, las sonrisas de nuestros rostros se
fueron transformando en gestos más serios y preocupados.
-“Carla, te lo tengo que preguntar. Si éramos tan felices juntos, ¿Por qué
no puedo irme contigo y seguir viviendo esta felicidad?. Te extraño y no puedo
vivir sin vos”
-“Estás ahora conmigo, pero aún no es el momento. Fueron solo estos
instantes, y quise aprovecharlos. Ahora volvé. Falta algo de tiempo para que
podamos estar juntos. Quedate tranquilo que yo te espero”
-“Pero ¿Cómo?”, le dije asustado, “¿estoy muerto?”
-“Ya no”, dijo ella. Y se marchó quien sabe por donde

Una enorme sacudida provocada por el choque eléctrico del desfibrilador
hizo que mi cuerpo reaccionara y mi corazón comenzara a latir. Aún ahogado,
abrí los ojos y vi a los dos enfermeros que estaban a mi lado, en el suelo, junto a
la mesa donde minutos antes iba a cenar.
-“Ya se recuperó”, dijo uno de ellos, “lo vamos a llevar al Hospital”
Mientras me subían a la camilla llegué a ver la cara de preocupación de
Don Raúl, quien nos acompañó hasta la salida. Y ante la consulta de los
enfermeros, él les iba diciendo:
-“Les juro que no llegó a comer nada que le hiciera mal. Solo le vi tomar
un sorbo de champagne. Pobre, le debe haber afectado el volver a este lugar.
Desde que falleció su esposa hace tres años, jamás había vuelto. Esa emoción
fue quizás lo que le destrozó el corazón.
Al subirme a la ambulancia, los enfermeros no entendían porque aquel
tipo que prácticamente volvió de la muerte, marchaba con una sonrisa de
felicidad, como si hubiese disfrutado de esos instantes en presencia de la misma
muerte. Solo pronunciando varias veces cinco palabras: “Gracias Carla,
esperáme un poco más”

 

 

Felix Montaldo
PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS
Osiris Rodríguez Castillos
De nuevo en Uruguay

Cuando llegó al aeropuerto lo estaba esperando su amigo Julián Zina
quién lo llevó en su automóvil a la casa donde vivían María del Pilar (hija del
poeta) y su esposo Juan C. Polo Gómez quién tenía casi la misma edad que
Osiris. La casa era grande y espaciosa; en el fondo tenía un bungalow. El
anfitrión lo invitó a quedarse a vivir con ellos ocupando la habitación del fondo.
Allí se instaló nuestro personaje quién había traído poco equipaje, una
maleta con ropa y el estuche con su guitarra, ya que dejó en España, en casa de
su hijo Federico, muchas de sus pertenencias. De día los dueños de casa
trabajaban y, de noche, solían reunirse a conversar con su invitado. Había una
buena relación entre Osiris y su yerno a quién le agradaba la conversación de
aquel, matizada con interesantes y variadas anécdotas.
Hizo contactos con la Sociedad Argentina de Autores y Compositores
(SADAIC) y obtuvo un remanente de dinero por sus derechos de autor. En
febrero de 1993 fue entrevistado por la revista Guambia donde le hicieron un
reportaje que daría lugar a un extenso artículo. La charla fue distendida y
mostró a un Osiris que se mostraba más reanimado pese a los golpes sufridos.
Andando a la deriva
Sobre febrero o marzo de 1993, se produjo un suceso desagradable: a raíz
de una discusión con su hija Pilar el poeta debió abandonar la casa. No se saben
los motivos porque Pilar se mostró hermética a este respecto. Su padre tomó sus
pocas pertenencias y se dirigió a la casa de su hermana Isis; también fijó allí su
dirección postal a los efectos de acceder más rápidamente a su correspondencia.
También solía quedarse en casa de su amigo Julián Zina quien tenía una amplia
propiedad en Paso Carrasco.

En la primera mitad de 1993 su amigo Walter Díaz a quién conocía
desde su estadía en España y que pertenecía al movimiento 26 de marzo, le
ofreció en acuerdo con esta organización, una casa en Shangrilá perteneciente a
un afiliado que se había exiliado en Suecia y que aún permanecía allí. Era una
vivienda grande que constaba de dos apartamentos para huéspedes. Allí vivían
un hombre que era militante del movimiento y una mujer llamada María
Rodríguez que tenía un hijo de unos 10 o 12 años. Habían sido pareja pero
estaban separados aunque seguían compartiendo la casa. La mujer estaba en un
proceso de deterioro a causa del alcohol pero había vivido mejores tiempos:
aparentemente había sido fotógrafa y cantante del Sodre; también se habría
desempeñado como camarera en un crucero que hacía travesías por el Mar
Caribe. Esta señora le cayó bien a Osiris y se entabló una relación afectuosa
entre ellos. En lo que respecta al otro habitante, cuando lo consultaron, no puso
reparos a que el poeta viviera con ellos.
Osiris era simpatizante del 26 de marzo pero no tenía la misma visión
ideológica; el seguía siendo blanco y mantenía vínculos con gente afiliada al
Partido Nacional. Su amigo Walter Díaz lo definió así:
“El tenía un pensamiento con otros intereses, con una riqueza y una
variedad que no tienen los partidos políticos como los conocemos en Uruguay.
La realidad le llegaba a través de sus sensores particulares, tal como les sucede a
muchos artistas. Pero para la vida práctica –y más para la vida partidaria, que es
muy concreta- él muchas veces interpretaba las cosas a su manera”.

 
La Madriguera Presenta
La felicidad esquiva. John Cheever
No se sabe cuánto tiempo pasó entre el último apunte en el diario de John
Cheever y su muerte, el 18 de junio de 1982. Blake Bailey, en su admirable
biografía, calcula que debió de ser entre mediados y finales de mayo cuando el
progreso del cáncer ya había acelerado su debilidad hasta el punto de no
permitirle pulsar las teclas de la máquina. "Por primera vez en cuarenta años no
he podido mantener con algo de cuidado este diario. Estoy enfermo. Este parece
ser mi único mensaje". Cheever escribía a máquina su diario en hojas sueltas
que luego encuadernaba y no ponía las fechas. La falta de marcas temporales
hace que las anotaciones parezcan flotar con su recurrencia obsesiva en el teatro
clandestino de la conciencia, en el que la voz del que escribe es un rumor sin
descanso, sin apariencia de principio ni fin, como las divagaciones de un
insomne que no distingue ninguna claridad en el dormitorio cerrado y no tiene
idea de cuánto falta para el amanecer. Después de la muerte de Cheever sus
hijos encontraron veintinueve cuadernos que contenían entre tres y cuatro
millones de palabras, según el cálculo de Robert Gottlieb, que editó una
selección de cuatrocientas páginas, una vigésima parte del total. Emecé publicó
en 1993 una traducción de Daniel Zadunaisky que no sé si se podrá encontrar

todavía. La edición americana de bolsillo salió hace casi dos años, al mismo
tiempo que la biografía de Bailey. Leer ahora esos diarios sin fechas y con muy
pocos nombres propios al mismo tiempo que el relato asombrosamente
detallado de la vida es una experiencia arrebatadora. La figura pública del
escritor y su obra conocida y celebrada adquieren una profundidad nueva en la
que descubrimos los manantiales secretos de su inspiración, el peso terrible de
la vergüenza, el remordimiento y la culpa, la sensación permanente de
extranjería y de impostura, el pozo negro del alcohol. A.M-M (elpaísdemadrid)

Alfredo Gomez
A un niño
Una mesa pequeñita,
la ventana de la cocina,
el patio con gallinas,
y el vapor de la caldera.
Mañanas grises de invierno,
el frío en las paredes.
El corazón sin cicatrices.
El mundo estaba en los libros,
aún más real que el verdadero,
el amor, misterio claro,
un acertijo, puro silencio.
Ayer, rebanada de pan,
leche y café espeso,
no es nostalgia ni lamento.
Quisiera volver, sin embargo,
al niño llamado Alfredo,
y contarle que la vida,
es lo que le está pasando,
y lo que vendrá es siempre incierto.

La naturaleza, por naturaleza, no tiene respuestas,
lo mismo el paisaje. CW

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