una idea de Alfredo Valdez Rodríguez

Suplemento de El Pueblo, pocas veces lo consigue, no por negativas sino por desencuentros.
Ahora no me conoces

 

Sábado a la noche.
Néstor Taranco
Un sábado diferente

El abuelo Antonio tenía, entre otras virtudes, una gran habilidad para
encontrar soluciones fáciles para los problemas. A medida que estos iban

apareciendo.

En época de niñez, tanto para mi, como para mis dos hermanos, los
fines de semana de verano eran casi tan esperados como el mismísimo día de
reyes.

Como un ritual, un viernes si y otro no, mi padre nos llevaba al lugar
donde vivía nuestro abuelo paterno, y allí nos quedábamos hasta bien tarde el
domingo.
El paraje se llama María Isabel, aunque todo el mundo lo conoce como
“Isla Patrulla”, y queda en una zona bien aislada del departamento de Treinta y
Tres

Para nosotros, ir hasta allí estaba más cerca de la aventura, que de
una mera visita familiar, por eso esperábamos ansiosos el momento del viaje.
El “Tata Antonio”, como le llamábamos los tres, vivía con la abuela
“Mecha” en una pequeña casa de un dormitorio, cocina, baño y comedor, muy
diferente a nuestra inmensa casa de Sayago. Pero lo lindo estaba afuera de la
casa, donde había una gran extensión de campo que incluía árboles frutales de
mandarinas, naranjas, higos y limones.
Plantaba sus propias papas, choclos, rabanitos y zapallitos para el
consumo de los dos, junto con otras plantas de las que no recuerdo muy bien su
nombre.
También estaba la vieja “Amanda”, una vaca lechera que dejaba
amablemente que los tres la ordeñáramos cada vez que íbamos.
No había caballo, pero el abuelo traía un zaino de la casa de su vecino,
para que paseáramos por el campo cada domingo en la tarde, eso si, con la única
condición de dejar nuestros platos totalmente vacíos ese día a la hora del
almuerzo.
Mis recuerdos, se centran entonces en la llegada a Isla Patrulla, un
viernes, cada quince días, cuando bajábamos del viejo ómnibus que nos traía
desde la ciudad de Treinta y Tres (tras un largo viaje desde Montevideo) y los
abuelos nos esperaban junto al roto portón que ellos llamaban “tranquera”.
No terminábamos de besarlos y abrazarlos cuando, con mis hermanos,
tirábamos nuestras mochilas sobre un sillón marrón, para salir corriendo hasta

el gallinero y así competir entre los tres, y saber quien conseguiría mas huevos
para la cena.
Pero la verdadera fiesta, era el sábado en la mañana.
Luego de desayunar, el Tata Antonio nos esperaba con las cañas y las
lombrices ya prontas para enfilar hacia un pequeño arroyo que se encontraba a
unos quinientos o seiscientos metros de la casa. La abuela Mecha se levantaba
muy temprano para prepararnos unos pasteles que harían las veces de
almuerzo, y, teniendo entonces todo pronto, marchábamos a la aventura.
Muchas mojarras y algún pequeño bagre, serían el trofeo con el que
retornábamos a la casa, casi al anochecer.
Recuerdo en especial aquel sábado de un verano muy seco. Yo tendría
unos nueve años. Llegamos al arroyo, y tuvimos la sorpresa que esta vez era
solo un hilo de agua debido a la sequía.
El abuelo, supongo, vio la decepción en nuestros rostros debido a que ese
día no habría pesca y llegaríamos de vuelta a la casa, por primera vez, con las
manos vacías.
Antes de que dijésemos nada, el Tata Antonio nos sorprendió con sus
palabras: “Que bueno que no hay agua, ya me tenía cansado esto de pescar un
sábado cada quince días. Hoy vamos a aprovechar a hacer otras cosas. Es
hora de la aventura”

Dejó sobre unas piedras las cañas y la lata con lombrices, tomó una
botella de agua que hacía las veces de cantimplora. Puso los pasteles en su
morral y dijo: “Vamos, es momento de conocer nuevos mundos”.
Fue todo tan rápido, que aún no habíamos salido de nuestro asombro
cuando ya estábamos caminando detrás de él por un pequeño sendero que
corría junto al arroyo.
No se bien cuantas veces subimos, bajamos, saltamos cunetas y troncos,
nos caímos y nos levantamos. Cada poco parábamos y el Tata nos enseñaba
sobre tal y cual árbol; sobre el viento y las diversas plantas. Llegamos a ver
muchos pájaros, algún apereá y hasta dos mulitas y un zorro.
Fueron más de tres horas de caminata, interrumpida solamente para
tomar algún sorbo refrescante y descansar un poco. Luego, nos poníamos de pie,
y de nuevo al camino.
La emoción de la aventura, no nos hacía ver que se nos iba acabando el
agua, y casi como si estuviera todo planeado, cuando esta finalmente se terminó,
llegamos a un hermosa cascada donde bebimos, nos bañamos, reímos y nos
comimos los ricos pasteles de la abuela Mecha.
A media tarde emprendimos el retorno y, como siempre, casi a la noche
llegamos a la casa, muy cansados, sin pescados, pero contentos de haber
conocido el mundo.
He pasado cientos de aventuras en mi vida, pero este, sin lugar a dudas,
fue el mejor sábado de mi niñez, y por ello lo recuerdo constantemente.
Hoy, casi cuarenta años después, me encuentro en mi casa en una terrible
día de lluvia y tormenta, veo a mis nietos quedarse encerrados a jugar con sus
“play” y su “compu”, y lamento no tener la capacidad que tuvo mi abuelo
Antonio aquella y tantas otras veces, para poder encontrar la solución fácil y
rápida, y así poder enseñarle a mis nietos que las cosas más simples, aquellas
que se recuerdan, están allí , al alcance de la mano, aunque no las podamos ver.

 

 

Felix Montaldo

PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS

Osiris Rodríguez Castillos

Actividades literarias en España
Durante los 80, fueron muy pocas sus presentaciones en conciertos y
otras actividades públicas. A su aislamiento y falta de interés por las pocas
oportunidades que se presentaban (encontraba muy banal el ambiente cultural
en España) se sumó un nuevo problema: el surgimiento de lagunas mentales
que lo hacían olvidar las letras de sus canciones y aparecieron ciertas
dificultades para tocar la guitarra, lo que amenazaba con arruinar sus
actuaciones.
En febrero de 1983 recibió una carta de Zitarrosa que vivía por entonces
en México quién le propuso contestar un cuestionario hecho por la periodista
cubana Mayra Martínez acerca de su aporte a la canción popular uruguaya.
Dicho cuestionario permitiría a la periodista escribir un libro de testimonios
sobre ese tema. Poco tiempo después Osiris respondería con una extensa carta
donde hablaba sobre el Canto Popular Uruguayo, su surgimiento y desarrollo
hasta principios de los 70 cuando perdería su conexión con el movimiento.
También comentaba sus propios poemas y canciones. La correspondencia llegó
a La Habana en enero de 1984 (Ver Basilago-Pellegrino, pags. 328-334).
En este período se dedicó de lleno a escribir; llenó docenas de carillas que
incluían cuentos, ensayos, poemas y canciones que nunca publicaría. También
corregía y reescribía algunas de sus anteriores obras. Entre los versos se
destacaba la milonga “La del overo” donde expresaba su nostalgia por la
campaña uruguaya:

“Aura que me habla aparcero
de caballos distinguidos
de las costas del olvido
me relincha un parejero;
perdió el rastro de ese overo
más de un caballo mentao,
si habrá sido bien cuidao
que al escucharnos prosiando
se ha largao atravesando
la cerrazón del pasao.

[…]
También escribió el poema “El juicio del grillo”, 3 cuentos
llamados: “La ruleta de la muerte”, “Relatividad”, “Hacia lo alto de la escalera” y
la novela corta “El puente de la guitarra”; todos ellos inéditos. 1
Entre sus actividades literarias también se encuentra su colaboración con
la Revista del Sur que se editaba en la ciudad de Malmö, Suecia. Sus artículos
fueron elogiados por la directora de la publicación mencionada quién lo
alentaba para que siguiera enviándolos.

Entre el 1 y el 4 de mayo de 1986 tuvo ocasión de participar en 4
conciertos que tuvieron un relativo éxito de público. En ellos se le presentaron
algunos inconvenientes con su memoria: cuando se disponía a recitar el
“Romance del Malevo”, de pronto, la mente le quedó en blanco y no pudo
proseguir. Solucionó este percance cambiando el tema y recitando otra de sus
obras. Siempre se negó a usar un atril como recordatorio de sus letras, lo que,
tal vez, le hubiera permitido salir de esos percances.
Con respecto a sus dificultades al ejecutar la guitarra, estas ocurrieron en
ocasión de presentarse al programa de TV 300 Millones; en cierto momento
tuvo que suspender momentáneamente su actuación porque sus manos no le
respondieron.
En una entrevista que diera tiempo después, el poeta daría su versión de
las causas de estos percances: “Lo que yo hacía con la guitarra y el canto era una
cosa muy difícil. Como compositor, no podía renunciar a todas las posibilidades
musicales, guitarrísticas, y después tenía que cantar acompañándome con eso.
Pero como poeta tampoco me dejaba nada en el tintero, y llegó el momento en
que se chocaban las cosas, porque las dos reclamaban igual atención. En medio
de una actuación, de repente, me pidieron un bis. No sé por qué me tranqué y
no lo pude tocar. Saludé, me retiré, y nunca más volví a tocar la guitarra.” 2
Por esas fechas Osiris, alentado por Consuelo, comienza a participar en la
política uruguaya y adhiere al Movimiento 26 de marzo, grupo político
integrado al Frente Amplio. Era un apoyo tangencial porque en el fondo seguía
siendo blanco saravista por tradición.
Participó en las Jornadas de la Cultura Uruguaya que se realizaron en
Madrid del 22 al 25 de octubre de 1985 donde estuvieron importantes figuras
como el escritor Mario Benedetti, la actriz Estela Castro, el embajador uruguayo
Luis Hierro Gambardella y la escritora Cristina Peri Rossi entre otros.
El poeta valora estas nuevas actuaciones, después de un tiempo de escasa
actividad, como un retorno a los escenarios, un regreso a su profesión porque le
interesaba más su desarrollo como músico que los temas políticos. Integró un
movimiento artístico en el “exilio”, junto con artistas, literatos y músicos y tuvo
varias actuaciones pero sin obtener remuneración. Esto lo desalentó ya que
esperaba que las conexiones políticas le permitieran vivir de su arte. En las fotos
de ese período se observa una desmejora en su presencia física y un aspecto
descuidado.
En el año 1986 Poni Micharvegas, músico y poeta argentino, gestiona
unas actuaciones para actuar junto con Osiris que se realizarían en la Sala II del
Centro Cultural de la Villa. Para eso se reunieron con el Director del Centro
Cultural, el joven escritor Antonio Gómez Rufo. Aquí se produjo un momento de
tensión cuando el español le preguntó al poeta uruguayo porque no regresaba a
su país donde iba a ser bien recibido. Este comentario irritó a Osiris quién se
volvió hacia Micharvegas diciéndole “¿Este que se entromete en mis cosas?”.
Finalmente la atmósfera se distendió y los espectáculos fueron autorizados. 3

En el año 1987 (tal vez a fines) ya no tocaba más la guitarra en sus
conciertos. Solamente recitaba sus poemas acompañado por un guitarrista. En
una carta a la alcaldía de Sanlúcar de Barrameda con motivo de la organización
de los actos conmemorativos del 5º Centenario de la Conquista que se habrían
de realizar en el año 1992, en la que ofrecí su participación, hace una referencia
a este tema:
“Yo, por mi parte, no estoy muy animado a seguir tocando la guitarra
porque siempre me ha exigido, que pienso que va en desmedro de la capacidad
que pueda tener como intérprete. Es necesario disociar la responsabilidad de la
interpretación de la poesía y dejar en las manos de un guitarrista acompañante
la parte musical.” 4 Aparentemente no hizo mención a problemas de orden físico
que pudieran interferir en el manejo de su instrumento.
La Madriguera Presenta


¿Por qué contar una historia y no otra?
Los ojos vendados.Siri Hustvedt
No puede decirse que en Los ojos vendados el personaje de Iris goce de una vida
tranquila. Iris -Siri, si lo leemos en un espejo- es una estudiante de la
Universidad de Columbia que entra en contacto en Nueva York con una serie de
misteriosos personajes que le muestran el rostro del mal, de la crueldad en
algunos casos.
"Creo que el mal es el tema central del libro y eso es algo que muchos críticos
han pasado por alto", comenta Hustvedt. "¿Por qué he elegido el mal? Pues
porque me interesa escribir sobre aquello que no acabo de entender. Y, además,
escribir me ayuda a mantener a distancia las cosas que me asustan".
Si el mal es algo muy presente en Los ojos vendados, también asoma un tema
tan austeriano como el de la identidad. "Es una cuestión metafísica", afirma
Hustvedt. "El personaje de Iris no carece de identidad, pero en el libro se trata
del problema de la identidad, del otro".
"Es cierto que me he utilizado a mi misma en este libro", añade, "pero no cómo
confesión, sino como objeto de investigación. Tomé pequenas cosas de mi vida y
las transformé en literatura. Es un trabajo experimental con la fantasía".
En Los ojos vendados aparecen algunas referencias inequívocas a Paul Auster.
"Son como guiños", sonríe Hustvedt. "Nada más. No lo habría puesto si supiera
cómo se fija la gente en estos detalles. Para mi, son sólo bromas".. Al
preguntarle si tiene la impresión de compartir con su marido un único universo
literario, señala Hustvedt: "En un sentido figurado, Paul y yo vivimos en el
mismo barrio, pero no en la misma casa. A ambos nos interesa la literatura de
ideas y narrar historias, pero las sensibilidades son distintas".
Editorial: Seix Barral/Novela literaria | General narrativa
literaria/Colección: Biblioteca Formentor/Número de páginas: 240

Ilustraron: Kyrre Skjelby Kristoffersen, Gentileza A.C.A.
Ilustración de edición anterior: Mauricio Salgueiro, Raúl J. Cabrera

 
Tal vez, en los oscuros pliegues del tiempo no haya más que el tacto mudo de
nuestros dedos. Y nuestras acciones. JB

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