El  romancero español que me acompaña desde el Liceo,  contiene el lamento del rey
moro que perdió Alhama, en el que algunos versos dicen:
                       … “Cartas le fueron venidas
                              Que Alhama era perdida:
                               Las cartas echó en el fuego,
                               Y al mensajero matara”…
Matar al mensajero y destruir el mensaje que refiere hechos o circunstancias que no
agradan, tiene un doble significado: es una demostración de poder y además es una
forma de negar la realidad.
Me trajo a la memoria esta actitud de violencia hacia el mensajero y la destrucción del
mensaje, la forma en que los “autoconvocados” trataron a la respuesta que dio el
gobierno y a quien la leyera en cadena de Televisión, el conocido locutor  Fernando
Vilar.
Cuando se leen y meditan los reclamos de la movilización del 23 de enero 2018 que
leyera el periodista   Jorge  Landi, se ve que la dirección en que se hace presión para
obtener decisiones favorables no siempre es la correcta. Por ejemplo, en algunos casos
se exige respuestas radicales al Poder Ejecutivo en temas que son responsabilidad del
Poder Legislativo: “los legisladores deban devolver viáticos y suspender partidas de
prensa, y gastos de representación”.  Otro punto  dice “rever los cargos de asesores y
secretarios personales”, corresponde a toda la administración de gobierno, así se ha
visto que muchas intendencias son quienes tienen mayor número de “asesores y
secretarios”.
Los ejemplos que menciono son sólo algunos de los referidos en el mensaje del 23 de
enero, que no dependen específicamente del Poder Ejecutivo. Sin embargo, el mayor
encarnizamiento de los más radicales “autoconvocados” está claramente dirigido contra

el Presidente de la República y sus colaboradores.
Varios  de los puntos del reclamo están contemplados en la respuesta del gobierno, sin
embargo, poco se analizó en detalle dicha respuesta. Se prefirió el rechazo global y el
ataque al mensajero.
Seguramente que el mejor camino para mantener y fortalecer la estructura democrática
del Uruguay, es el que propuso el gobierno en este caso de instrumentar mesas de
trabajo y negociación.
Los análisis que se repiten en la prensa, informan de un descreimiento generalizado y
progresivo en la democracia en numerosos países de Europa y América. Ello se ve
reflejado en la baja confianza en los partidos políticos y en los políticos  y canaliza sus
reclamos en movilizaciones en las calles. Esa actitud la reflejan las encuestas. Se duda
de la eficacia de reclamar a través de representantes y se busca la participación directa.
La causa subyacente es el descreimiento señalado. En publicaciones extranjeras sobre
estos temas, muchas veces señalan a Uruguay, casi como una “democracia perfecta”. Si
hay algo peligroso en esa afirmación es que los uruguayos nos durmamos en los
laureles,  que son falsos, porque cuando mucho somos el tuerto en el país de los ciegos,
es decir posiblemente seamos los menos malos. La esencia de la democracia es el
cambio constante, basado en dos pilares.  el debate y la búsqueda de ideales de
superación permanentes. Los procedimientos democráticos son necesariamente más
lentos que un régimen autoritario, porque en la administración de justicia y en la
elaboración de leyes y reglamentos que regulen la convivencia, siempre existe el debate
imprescindible para buscar las soluciones más adecuadas.

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