una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de El Pueblo, este epígrafe es la prueba más visible: después vendrán los hechos a confirmarlo
Amado Becquer Casaballe
Por un fotoperiodismo ético
La historia y el presente, con sus ejemplos
La historia y el presente, con sus ejemplos
Durante la Comuna de París, en 1871, un fotógrafo francés,
Liébert, realizó una serie de fotomontajes propagandísticos en
uno de los cuales aparecían los revolucionarios fusilando sacerdotes.
El gobierno necesitaba desacreditar a los comuneros.
.En 1917 cayeron en manos del jefe del Departamento Británico
de Inteligencia, brigadier J.V. Charteris, dos fotografías
alemanas. Una de ellas mostraba cadáveres de soldados
siendo transportados por sus camaradas para ser sepultados
y, la otra, de caballos muertos con un epígrafe que decía que
serían utilizados para fabricar jabón. El brigadier decidió
colocar un epígrafe en la imagen de los soldados muertos:
“Cadáveres alemanes en camino a la fábrica de jabón” y la envió
a Shanghai. Fue utilizada para crear resentimiento hacia
los alemanes por parte de los chinos, con el argumento que
los ejércitos del Kaiser no respetaban a sus propios muertos.
La inteligencia británica ayudó, con ese ardid, que China
declarara la guerra al Imperio Austro–Húngaro.
.En 1964, la revista “Life” publicó en la tapa una fotografía
de Oswald, el asesino del presidente Kennedy. Aparecía con
un fusil y una revista de extrema derecha como prueba de
sus actividades políticas. Investigaciones demostraron que se
trataba de un fotomontaje realizado con el objeto de obtener
“una buena historia” sobre el pasado de Oswald.
.Debemos, de todas maneras, reconocer a Joseph Goebbels,
ministro de Propaganda del III Reich, como uno de los maestros
del engaño en el siglo XX. Buena parte del triunfo de las
ideas nacionalsocialistas se deben a la acción psicológica
que instrumentó desde el ministerio a su cargo, utilizando
métodos de persuasión que dejaron el camino libre, junto a
los procedimientos de la Gestapo, para el accionar del aparato
del nazismo.
.Durante el conflicto en las Islas Malvinas, en 1982, la Junta
Militar evitó tener que ejercer el control sobre las fotografías
de prensa gracias al simple recurso de no permitir la presencia
de reporteros de medios independientes en el escenario
de los hechos, dejando exclusivamente la producción de las
imágenes en manos del los canales oficiales de televisión y de
la agencia Telám, también oficial. Simplemente se prohibió
el acceso a la fuente de información.
En septiembre de 1988, un video-tape realizado por uno
de los canales de la televisión oficial mostró escenas de violencia
de un acto antigubernamental organizado por la CGT.
En el final, la imagen quedaba congelada de tal forma que se
veían los destrozos en la calle y un gran cartel del candidato
justicialista a la presidencia, Carlos Saúl Menen. Esa manipulación
llevó a los legisladores de la oposición a cuestionar
con severidad el recurso propagandístico del gobierno.
.A mediados de 1995, la revista “Viva” de Clarín “inventó”
un personaje dedicándole la tapa y una extensa nota: “El
Hombre de las Nieves”. El texto, y las fotografías, describían
un ser de novela aparentemente defensor de la ecología (a
pesar que intentó cruzar un lobo con un perro) y que, también
supuestamente, vive en las montañas próximas a Ushuaia. En
realidad, se trata de un guía de turismo de aventura que tiene
su cómoda casa calefaccionada en la ciudad y un “refugio”
para llevar a los turistas.
.Tanto con finalidades políticas -caso del III Reich-, para
obtener una “buena historia” como hizo “Life” con Oswald o,
simplemente, como una de las tantas frivolidades de “Viva”,
la mentira y la manipulación en el fotoperiodismo es más
frecuente de lo que se presupone
Rodolfo Fuentes
El “Mono” Casaballe
El “Mono” Casaballe, como lo conocíamos en Santa Lucía
hizo su camino como casi todos, aprendiendo de aquí y
de allá. Entre muchas cosas, además de su importante
carrera como reportero gráfico en varios medios de Argentina,
descubrió que Federico Capurro, el propietario
de la Quinta Capurro era un excelente fotógrafo y rescató
algunas copias de este artista, que fueron exhibidas en
Santa Lucía. También escribió(1) una de las primeras
historias de la fotografía rioplatense y siempre se mostró
atento y cordial con quienes, como yo, recién empezaban
en este asunto de hacer imágenes. Fue muy importante
también su trabajo en la revista Fotomundo, una de las
dos o tres publicaciones sobre fotografía en las que podíamos
aprender algo, ya que no había muchos libros y
mucho menos internet.
Ante su fallecimiento en 2013, sus amigo en Argentina,
recopilaron algunos materiales sobre su trabajo además
de esta sencilla autobiografía
Amado Becquer Casaballe, Autobiografia
Nací en octubre de 1951 en Montevideo. Cuando tenía siete años de
edad, mi padre -que era técnico electricista- obtuvo un empleo en una
planta de potabilización de agua del interior del país y nos mudamos a
la ciudad de Santa Lucía. Ahí terminé el primario y la secundaria. La vida
en esa pequeña ciudad era como en todos los pueblos “provincianos”,
con sus rituales sociales que se repetían semana tras semana. Los sábados
y domingos a la noche, desde la primavera al otoño, no había otro
lugar de paseo que no fuera la plaza, el Parque sobre el río y nada más.
En el verano, los domingos íbamos a nadar, tomar sol o alquilar un
bote. Los recuerdo como los momentos más felices de mi vida. En el Club
Social se organizaban bailes con orquestas (siempre una de tango y otra
moderna o tropical), que alcanzaban su máxima expresión en Carnaval.
Durante un tiempo funcionó un cineclub donde podíamos ver las
cintas de Bergman, Kurosawa, Rosellini, De Sica y de otros grandes directores.
Al finalizar la función se discutía sobre la película. Yo tenía 14
o 15 años y fue para mi importante descubrir el valor de las imágenes.
En 1964, gracias a una colecta pública, se hizo la estatua del General
Artigas. Durante meses estuvieron discutiendo para dónde mirar: si al
Sur, hacia Montevideo, o al Norte, hacia el campo. Finalmente se optó
que dirigiera su vista al campo.
El día que llevaron la estatua para colocarla en el pedestal, en el centro
de la plaza, le pedí a mi padre su vieja cámara Agfa de cajón y compré
un rollo. Hice varias tomas. Tenía 13 años de edad y fueron mis primeras
fotos. Sentí una profunda emoción y algunas me salieron movidas
debido a mis nervios e inexperiencia. Las que estaban aceptables se las
ofrecí a la Comisión Pro-Monumento que había organizado la colecta.
Me dijeron, sin mirarlas, que ya tenían un fotógrafo.
Eso significó para mí una enseñanza importante: en la vida debería
poner empeño para realizar aquellas cosas que me interesaban, sin
detenerme a causa de los obstáculos que pudieran existir.
A los 17 años ingresé como aprendiz de tipógrafo en la imprenta La
Voz del Sur donde se editaba un semanario con noticias y comentarios
locales. También escribía pequeños artículos, bajo la guía de Albo Prigue,
su director.
A mediados de 1968 comenzaron las protestas estudiantiles. Mi generación
empezó a leer a Sartre, Bertrand Russel, Marcuse y también a
descubrir los escritores y poetas latinoamericanos como Mario Benedetti,
Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Nicolás Guillén.
En esos años empecé a interesarme por la fotografía como lector de
imágenes: una vecina tenía coleccionadas las revistas «Life» de los años
´50 y ´60. Muchas tardes iba a su casa para hojearlas.
Entusiasmado, fui a ver a uno de los fotógrafos del pueblo, Eduardo,
pero me prestó muy poca atención y se limitó a decirme que la fotografía
era algo muy difícil. Jorge Romeo era el otro fotógrafo. Había sido
corredor de bicicletas. El me estimuló para seguir adelante y siempre
respondía a mis preguntas.
A principio de los ´70, ingresé en una editorial de Montevideo como
cobrador y me fui a vivir a la Ciudad Vieja. Con uno de mis primeros
sueldos me compré una cámara Adox de 6 x 6. Podía controlar el obturador
y el diafragma, además de la distancia, por lo que, a tientas, fui
entendiendo un poco más sobre la fotografía. Dejé la editorial y volví
a vivir a Santa Lucía, donde estuve unos meses trabajando como peón
de jardinería, mientras continuaba estudiando.
En 1972 un amigo, Néstor Basetti, se fue a vivir a Porto Alegre para
trabajar con el fotógrafo Julio Ballardini. Me propuso que si quería también
podía sumarme a esa aventura. Con 21 años de edad y alrededor
de 100 pesos (que era todo lo que había podido ahorrar y que equivalían
al valor de dos latas de película Plus-X), llené una valija con pocas
cosas y me fui. Vivir con Ballardini fue un tormento. Era muy agresivo,
particularmente cuando se excedía con el alcohol. De todas maneras,
fue quien me enseñó a revelar y hacer ampliaciones.
Empecé como ayudante, lavando las fotos, entregando los trabajos a
los clientes. Un día Julio me dió una Rolleiflex (adaptada a 35 mm con
el Rolleikin), y empecé a realizar retratos de niños.
Disfrutaba de aquella juvenil bohemia pero nunca logré adaptarme
a la vida en Porto Alegre.
A fines del ´73 regresé al Uruguay y estuve trabajando de fotógrafo en
el balneario Atlántida durante todo el verano. También hice algunos
retratos en Santa Lucía.
En marzo de 1974 decidí venir a Buenos Aires. Todo lo que conocía de
la Argentina era a través de relatos de amigos que habían emigrado, por
la televisión, el cine y algunas revistas. Al principio fue difícil. Durante
unos meses estuve viviendo en San Telmo, donde alquilaba una pieza
en una casa de familia. Por suerte, después de un mes, conseguí trabajo
en una fábrica, en Talleres Tubío de Electromecánica, en Haedo.
Eduardo Nievas era mi compañero de habitación, un catamarqueño
socialista que trabajaba en la fabrica Nestlé. Un sábado, por la mañana,
vinieron a buscarlo y, al otro día, apareció con el cráneo destrozado a
balazos y signos de haber sido torturado. Fue una de las primeras víctimas
de los escuadrones de la muerte durante el gobierno de Isabel Perón.
Fui dos veces a Plaza de Mayo para ver al general Perón. No comprendía
entonces muy bien el significado del peronismo. Era un simple observador
de aquellos hechos. Cuando murió Perón, Raúl Kersenbaum me
prestó una Canonet y fui a sacar fotos del velatorio y de las columnas
de personas que pugnaban por entrar al Congreso donde estaba siendo
velado.
Ahí entendí el sentimiento popular alrededor de su figura y también
me di cuenta que quería y podía ser reportero gráfico. Sin embargo,
tendría que esperar varios años.
Conseguí un empleo como encargado en «Foto Arte Moderna» de Enrique
Nudelman, en San Juan y Pichincha, donde estuve hasta principios
de 1976. Aprendí muchas cosas gracias a Eduardo Ases, un valenciano
exiliado que trabajaba ahí.
Por aquella época empecé a vincularme con otros fotógrafos. Eduardo
me llevó a la Asociación de Fotógrafos Profesionales. Me hice socio del
Foto Club Ciudad Jardín (Palomar) y, después, del Foto Club Argentino.
En Agfa concurrí a un curso que dictaba Pedro Otero y trataba de leer
todo lo que caía en mis manos sobre fotografía. Habían pocos libros
o, los que se conseguían, eran anticuados pero, de todas maneras, se
podía aprender algo.
En 1976 empecé a colaborar en Fotomundo y cuando Jorge Almirón
asumió como director de la revista, pasé a ser el secretario de redacción,
hasta 1979.
En el ´77 hice mi primera exposición en Montevideo. Conocí al Coco
Caruso, por entonces jefe de fotografía del diario El Día. Era un fotógrafo
muy conocido, pero nunca perdió esa humildad que solo tienen los
grandes. En ese mismo año dicté cursos en la Asociación de Fotógrafos
Profesionales y en el F. C. Argentino. Había un grupo humano muy cálido:
con Moisés Prajs organizamos una exposición de fotografía soviética
para mostrar otro tipo de imágenes.
En 1978 la agencia Noticias Argentinas me contrató para hacer el trabajo
de laboratorio durante el Mundial de Fútbol. Fue una experiencia
muy enriquecedora que me vinculó con el fotoperiodismo.
En el ´79 ingresé al diario Clarín hasta 1981, cuando fui despedido.
Estuve después en la Agencia DyN, en Tiempo Argentino, Diario Popular
y nuevamente Dyn.
A principios de los ´80, el documentalismo no era considerado con
seriedad en los ambientes cultos de la fotografía. Pude hacer mi primera
exposición en Buenos Aires en el Teatro Margarita Xirgú, en 1980, durante
un encuentro cultural organizado por el Partido Socialista que, a pesar
de la represión de la dictadura, se las ingenió para concretar ese hecho.
Entre los que actuaron recuerdo al Negro Rubén Rada y a Celeste Carballo.
En la mayoría de los sitios no aceptaban mis fotografías, ya que deseaban
obras “artísticas”, y como yo no soy un artista, quedaba afuera.
En 1981, varios fotógrafos que pensábamos de la misma manera, inspirados
en la experiencia de Teatro Abierto, nos reunimos para organizar
la primera muestra «El Periodismo Gráfico Argentino». Fue expuesta
en la Galería Craba de San Telmo. La segunda edición la organizamos
en 1982 en la OEA, y recién en 1984, pasó a manos de la Asociación de
Reporteros Gráficos.
Es interesante recordar que la primera edición no tuvo el apoyo de
la ARGRA; es más, los dirigentes de aquella época no veían con buenos
ojos esa exposición. Por suerte eso ha cambiado.
Recuerdo a la década del ´80 como un período muy creativo: se realizaron
las Jornadas de Fotografía Buenos Aires/La Plata en el Centro
Cultural San Martín y en el Museo de Bellas Artes de La Plata.
En 1985 viajé por Bolivia y Perú, descubriendo el sentido de la América
mestiza, su valor cultural y fuerza espiritual. Se percibe una íntima
transformación cuando se visitan las ruinas de Machu- Pichu o la ciudad
imperial de Cuzco.
Cuando fui invitado por una universidad de Puerto Rico a dictar una
conferencia sobre fotografía latinoamericana y viajé a los XXI Encuentros
de Arles para dirigir un taller, tuve la sensación como si estuviera
cerrando un círculo en mi vida.
Esas experiencias me fueron útiles. Sentir variadas expresiones
culturales, museos, colecciones de pintura, es enriquecedor. Pero, por
sobre todo, esos viajes me ayudaron a comprender en una dimensión
diferente nuestra propia realidad.Ver que la existencia en el mundo es
un hecho simultáneo resulta conmovedor: mientras en Nueva York se
discute sobre los multimedias y el postmodernismo, en el Altiplano,
en ese mismo instante, la vida transcurre sobre bases de producción
artesanal, en mitos y creencias ancestrales.
Gracias a la fotografía he viajado, algo que me apasiona. Si cuando era
un adolescente uno de mis mayores deseos era ser fotógrafo, creo haber
alcanzado ese objetivo. Me satisface ser respetado (creo que todas las
personas necesitan y deben ser respetadas por lo que hacen).
Para mí, al final de cuentas, la fotografía es una manera personal de
establecer una relación sólida con la sociedad. Y cualquier relación de
ese tipo tiene su razón de existencia si está fundamentada en principios
éticos, en ese código no escrito a través del cual guiamos nuestra conducta.
No pretendo con mis fotografías hacer sociología ni expresarme en
un sentido artístico. Mis imágenes buscan ser documentos con algún
significado y, si algunas lo logran, me doy por satisfecho.
Creo que la fotografía tiene, por sobre todo, cierto carácter lúdico en
la búsqueda de los momentos. Sin ese carácter sería un hecho terriblemente
rutinario.
Los fotógrafos que más admiro son, por su estética y sentido humanista,
Lewis W. Hine, Walker Evans, André Kertész, Brassaï, W. Eugene
Smith y Henri Cartier-Bresson, Donald McCullin y Josef Koudelka. Pienso
que en ellos, y en las escuelas que han generado, está lo mejor de toda
la fotografía.
Finalmente, solo puedo decir que mis fotos no son otra cosa que
testimonios de lo que lo que he percibido con la mirada en algún momento
de mi vida
El silencio no miente. JB

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