En general, la definición de delito implica el criterio de que, por acción o por omisión, siempre se quebranta una ley. Si bien la organización del humano moderno dio origen a ciudades que generaron reglamentos y algunas leyes, que miradas desde el presente pueden ubicarse en el campo de la Ecología, no existía la amplitud de visión necesaria para pensar en términos ecológicos. Tradicionalmente la civilización judeo – cristiana, ubicó al planeta Tierra y a los humanos que en ella vivimos, en el centro del Universo y confirió a la humanidad el derecho a explotar a la Naturaleza más allá de todo límite.
En los siglos XV y XVI, gente como Galileo Galilei y Nicolás Copérnico generaron dudas sobre la verdad revelada y basándose en evidencias afirmaron que la tierra se mueve y que el Sol es el centro del sistema astronómico del que formamos parte. Los investigadores, científicos y pensadores, siguieron efectuando aportes y al promediar el siglo XIX Charles Darwin y Wallace, con numerosas observaciones y evidencias sacaron al humano del centro de la creación. Plantearon que el mundo vivo actual es el resultado de millones de años durante los cuales se fue produciendo una selección natural que determinó la evolución de las especies. La evidencia demuestra que el humano es un producto evolucionado de los seres vivos que existían en este planeta antes de que su particular conformación apareciese en la superficie de la Tierra. Como resultado el humano dejó de ser el rey de la creación, como más de una religión le dijo, alentando su vanidad y paulatinamente se va convenciendo que no puede seguir explotando sin límites los sistemas naturales de los cuales vive.
Los largos viajes en avión han enseñado con la experiencia, a pilotos y viajeros en que en el trayecto hay un punto de no retorno, en el que es más difícil, ante un contratiempo, volver al punto de partida que intentar llegar a destino. La civilización de la que formamos parte ha incorporado avances tecnológicos que potencian a valores incalculables las fuerzas humanas para construir y para destruir. Estamos en un momento histórico de la evolución de esta civilización muy cercano al punto de no retorno en cuanto se refiere a la sustentabilidad y a su pérdida.
Varios indicadores encienden luces rojas cada vez más numerosas: el más notable es el cambio climático pero hay otros igualmente negativos: aumento de población, pérdida de la biodiversidad, extensión progresiva de los desiertos, agotamiento de fuentes de recursos por destrucción de ecosistemas por obras de ingeniería, por sobreexplotación o contaminación, como pasa con el agua potable, montes naturales (con el consiguiente empobrecimiento de cañadas, arroyos y ríos), pesca fluvial y marina, etc.
Lamentablemente sólo valoramos los bienes cuando los perdemos. Desde hace poco más de cuarenta años, la percepción cada vez más clara de la gravedad de la situación ha generado instituciones, leyes y reglamentaciones tendientes a proteger los ecosistemas naturales. El desarrollo de esa legislación va precisando cada vez con más nitidez el concepto de «Delito Ambiental» y que debemos reconocer a la Naturaleza como sujeto con derechos.

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