Marie Curie presentó su tesis, obtuvo su doctorado y dos premios Nobel por su investigación de la radioactividad. Primero estudió las sales de Uranio que Becquerel había guardado en un cajón del escritorio donde tenía unas placas que se velaron pese a estar protegidas. Estudiando minerales encontró que algunos como la pechblenda tenían radioactividad mayor que la correspondiente al uranio que contenían. Así descubrió el Polonio y el Torio y abrió el camino para detectar nuevos elementos que emitían radiaciones.
Muchos elementos radiactivos se han estudiado, unos que se encuentran en la naturaleza y otros que son producto de la técnica. Los productos radiactivos en el proceso de emisión de radiaciones sufren desintegración de su núcleo atómico. Al emitir radiaciones (partículas, luz) se va transformando en otra sustancia. Se toma el promedio que tardan en desintegrase la totalidad de los núcleos de una sustancia como vida media. Mientras que período de semidesintegración es el tiempo que tarda una muestra radiactiva en desintegrarse la mitad de sus núcleos.
Nos interesa a todos que en las plantas atómicas se producen residuos nucleares con alto poder radiactivo cuya vida media se mide en miles de años, como ocurre con el Plutonio.
Esa radiactividad persistente hace de muy difícil manejo a los residuos nucleares y de alta peligrosidad cuando se producen accidentes con escape de estas sustancias.
Por sus altos costos la industria nuclear está en manos de los gobiernos, ya que no hay empresarios ni aseguradoras de riesgo que quieran apostar sus capitales en este rubro. Cada vez que se produce un accidente como el de Chernobil (1986) o el de Fukushima (marzo de 2011), que son los mayores desastres ambientales de todos los tiempos, con trágico impacto en la población civil, la presión del público hace que los gobernantes anuncien el abandono de planes para incrementar el uso de la energía nuclear en armas o en plantas de energía. Pero cuando la alarma pública disminuye, cambian de actitud. Eso explica que la Canciller Ángela Merkel, haya postergado el programa de cierre de las plantas nucleares previsto para el 2021, para después del año 2030. Su argumento es que la energía atómica es una «energía puente» para después pasar a las energías renovables.
En lo inmediato digamos que un barco partió de Francia el pasado 5 de julio, cargado de residuos nucleares con Plutonio para reprocesar en Japón. Los activistas de Green Peace realizaron actividades cuando partió del puerto de Cherburgo denunciando que ese reprocesamiento se utiliza para la fabricación de armas nucleares.
La alarma creada por viajes similares de los años 90, provocó primero la prohibición del paso por el Canal de Suez determinado por las naciones costeras del Mediterráneo. Luego se dirigió al Canal de Panamá, donde el gobierno anunció que impediría su pasaje por las compuertas del Canal.
Desde entonces debe optar entre contornear el sur de América por el Cabo de Hornos o por el sur de África, Cabo de Buena Esperanza, lo que le significa viajes mucho más largos.
Hay riesgo indudable para los países costeros cercanos al derrotero de este barco. Como es habitual en la industria atómica se mantiene en el mayor secreto posible.

Compartir