Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de EL Pueblo,
hay más improvisación que previsión
o más errores que engaños.
El maestro Enrique Ilera
O lo uno o lo otro

El tenía dos opciones.
Solo le quedaban dos caminos. O continuaba con su vida miserable o ponía fin a sus penurias yéndose de Rabo Corto para no volver.
Si elegía la primera alternativa quedaba condenado a vivir en esa mugrosa pensión, donde todos sus vecinos eran convalecientes de las más variadas distorsiones. Desde paralíticos en silla de ruedas hasta enyesados de pies a cabezas a causa de algunos de los accidentes tan comunes del lugar, producidos en un cien por ciento por la falta de sentido común o el endémico desvarío de sus habitantes.
Más que si por el contrario se decidía por la segunda, corría el riesgo de no poder nunca más corretear por el mundo en busca de nuevas aventuras, dado que su prologada permanencia en rabo Corto lo había contagiado con muchas categorías de enfermedades mentales e iría a parar sin remedio al Hospital de Alienados Dr. Coro Fodín.
Futuro nada deseable éste, aún para los que a gritos o por sus comportamientos, se les incluyera entre los probables habitantes del manicomio. Que tanto ha dado y dirá que hablar en todas las lenguas del planeta.
En prolongadas sesiones de meditación, sentado en el banco de siempre de la plaza principal, él no sabía qué hacer, porque cualquiera de las dos decisiones tenía su contrapartida de muy poco deseable desenlace.
Mientras tanto los días iban sucediéndose, el tiempo transcurría inevitablemente y nuestro personaje continuaba sentándose en el mismo banco del más importante espacio del solaz al aire libre en este pueblote pésima reputación, contemplando sus ciudadanos inefables, contando el tañir de las horas anunciadas y siguiendo con la vista el vuelo de las palomas de la torre de la iglesia, que iban y venían, sin llegar nunca a ninguna parte, confundidas con el viento.
Hasta que al fin se decidió.
Viajaría en ómnibus permanentemente en idas y vueltas a Rabo Corto, suponiendo que de esta manera, estaría y al mismo tiempo se encontraría ausente del lugar. Dejando con un palmo de narices a todos sus vecinos inconclusos y ganándose la certeza de que los hombres de la ambulancia no cambiarían de vehículo para apresarlo.
Error, caso error, porque el conductor lucía una impecable indumentaria blanca y el guardia también.
Marian Legnani
El cuenco y otros bordes
Volcánicos silencios somos volcánicos astros vemos el iceberg de nuestro amor llano y siempre hay una nueva página por descubrir mas buceemos en nuestras profundidades de pretéritos cantos Otorga el silencio de nuestras miradas libremente cautivas. (pag.19)
Fotos Pose Malacrida & Fuentes Baez.
Ahora no me conoces
4 Apellidos Italianos

Ahora no me conocès de la edición anterior
Paso (Susana López)
Parece el Cosmos pero no veo ni a O Rei ni a Die Kaiser (Gonzalo Alonso)
El Largui Torres , Parece Esteban Santoro, Claudio Cotorra Bogio, el Loco Monzón y … (Fernando Lacretta)
Largui Torres , Mariano Santoro, Claudio Boggio, Loquito Monzon y Ciro José (José Pepe Torres)
La Madriguera presenta
Premio Alfaguara
Ray Loriga cumplió medio siglo en abril, cuando ganó el premio Alfaguara por Rendición, historia de las guerras sombrías que, sordas, marcan el destino del mundo. Cuando llegó al estrado, el autor de Héroes dijo antes que nada: «Es muy difícil caminar sin sombra». No es una ocurrencia. No hay ocurrencias en este escritor serio, esencial, al que el tópico señala como habitante nocturno de la famosa movida madrileña. Él está más cerca de Samuel Beckett, por ejemplo, que de la risa, la luz y el ruido que convoca ese periodo del Madrid en el que ha vivido. (elpaisdemadrid)
Felix Montaldo
PERSONAS QUE ABRIERON CAMINOS NUEVOS
Thomas A. Edison

Buscando nuevos rumbos.
Emprendimientos mineros
Durante una jornada de pesca, Edison observó la arena negruzca de Long Island e intuyó que podía haber allí una riqueza en hierro. Llevaron una muestra al laboratorio y del análisis surgió que contenían un 20 % de hierro. Para ello ideó un separador de minerales magnético. Surgió entonces la idea de los emprendimientos mineros para explotar el mineral.
A esos efectos compró una finca de 7700 hectáreas en Ogdensburg, estado de Nueva York donde instaló una planta de tratamiento de mineral. Comenzó con 150 operarios y en el año 1897 ya eran 400. Les hizo construir casas prefabricadas que contaban con energía eléctrica y agua potable. Esta colonia de obreros fue llamada «Edison». El inventor llamó a su nueva empresa: «Ogden Baby».
La maquinaria de la planta era impresionante. Una gigantesca excavadora de cuchara, la más grande de América y enormes cilindros para triturar la roca. Separado el polvo de hierro, hacían con él ladrillos usando un aglutinante resinoso. Luego los trasladaban en vagones de ferrocarril a los hornos de acero.
Edison tomó muy en serio la puesta en práctica de este proyecto el cual le ocupó siete años, de 1892 a 1899. Pasaba toda la semana laboral en la planta, volviendo a su casa recién los sábados. Dormía en sus propias instalaciones en una casa de tablones a la cual llamaban irónicamente «la Casa Blanca». El ritmo de trabajo era agotador, ocurrían frecuentes accidentes, había problemas técnicos que solucionar permanentemente; la maquinaria se desgastaba rápidamente y tenían que hacerle constantes reparaciones. Todo lo supervisaba Edison que, mascando tabaco como era su costumbre, andaba entre los obreros e incluso hacía rondas de control por las noches. En el día solía dormir pequeñas siestas en un cobertizo teniendo por almohada una bolsa de carbón, pero, previendo quedarse dormido mucho tiempo, había contratado una persona que tenía que despertarlo en estos casos. Aquí se sentía como pez en el agua.
En ciertos momentos fue tal su dedicación al trabajo que faltó al entierro de su suegra e, incluso, tampoco fue a su casa durante la Navidad de 1898. Su esposa le mandó una tarta en forma de factoría. No obstante, disfrutó mucho de este período, según le contó a T. C. Martin, uno de sus biógrafos:
«No me sentí mejor en mi vida que durante los años que estuve aquí … El trabajo duro, sin nada que distrajese mi atención, el aire puro y una alimentación sencilla me hicieron la vida muy agradable.»
Fue muy azarosa esta experiencia: se sucedieron momentos de gran actividad como también de recesos prolongados. En 1893 la fuerte baja en la Bolsa de Valores hizo que tuvieran que detener la producción por falta de suficiente demanda, pero a su vez tuvieron un cliente importante en la Bethlehem Steel Company que le realizó voluminosos pedidos, sobre todo en el año 1898 donde la planta trabajó a pleno.
El año 1899 marcó el fin del emprendimiento de Ogdenburg. Lo provocó el descubrimiento de ricos yacimientos a cielo abierto en Minnesotta que redujo sensiblemente los costos de extracción y traslado del hierro. A eso se sumó la reducción a la mitad de las reservas mineras de Ogden. Finalmente y luego de un trágico accidente que costó la vida de un obrero, Edison rescindió los contratos con sus operarios y cerró la planta. Durante su funcionamiento habían producido 10.000 toneladas de ladrillos de hierro y la inversión superó los 2 millones de dólares.
La arena residual que les quedó después de utilizar el polvo de hierro se vendió a los fabricantes de cemento Pórtland. Esta arena tenía propiedades que daban al cemento mayor consistencia y durabilidad. Además pudo vender su tecnología de trituración y orientar su negocio a la fabricación de Pórtland con nuevos procedimientos. Dejó esta empresa a cargo de Mallory mientras el experimentaba con un tipo diferente de batería.
Pese a su fracaso económico, Edison, que se había hecho cargo de la mayor parte de la inversión usando las acciones de la General Electric, valoró positivamente el emprendimiento por la experiencia que adquirieron en él a través de los múltiples problemas que enfrentaron y que tuvieron que resolver, los inventos y procedimientos nuevos que aportaron en un terreno que les era desconocido. Como siempre en su vida, inmune al desaliento, expresó:
«Bien, (dijo) todo lo hemos perdido, pero hemos pasado una época ‘endiabladamente’ buena gastándolo todo.»
Alfredo Gómez
Verano en Walden

Hubo un verano a cielo abierto,
el agua dulce de Walden Pond,
helados de mango como esferas,
luna creciente sobre Belmont.
¿Cuántos peldaños tenía aquella casa,
cuántos subimos en tantos días!
No vale la pena sumar lo intangible
ni realidad que pueda cambiar la poesía.
Bajo aquel techo, sobrevivientes,
leche materna, llantos y luz,
mariposas leves, sueños de seda,
pasitos de lana, perfume de tul.
Ahora imagino esa casa vacía,
ventanas desnudas, muros sin color,
nadie que se asome tras de las cortinas,
allí cae la nieve y la derrite el sol.
Si nada fuera cierto, ni siquiera esta vida,
y aquello fue un sueño que solo soñé,
¿hay alguien más que sepa si hubo un verano,
que respiramos juntos, uno, dos y tres?
Rosina More

Quién soy yo para definir si la vida es corta o larga?
pero si sé quien soy para decir que bien vale
sí acariciamos el corazón de los demás con el nuestro.
quién soy para decir a los demás cómo vivir la vida?
pero si sé que vivirla con intensidad y gozo
es la manera de los aprendices.
quién soy para hablar de la muerte?
apenas alguien viviendo para no morir cada día.

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