Al morir su lugarteniente Blas Basualdo, Artigas pide a Montevideo, desde Purificación, le sean tributados al fiel oriental los tributos de su rango militar y condición humana.
«Cuartel General, 21 de mayo de 1815».
Dice Artigas: «Acabamos de perder al virtuoso ciudadano, Comandante de División Don Blas Basualdo. La muerte le arrancó de nosotros después de una dolencia dilatada, y visto su carrera marcada con mil servicios brillantes, reclaman el reconocimiento de la patria y el llanto de los hombres de bien.»
Y prosigue de esta manera: «Yo he regado su sepulcro con mis lágrimas y he tributado a su memoria todas las honras debidas a su mérito admirable, sin embargo, sus trabajos y sus glorias piden una demostración más general. La Provincia le debe fatigas de cinco años, la victoria coronó tres veces sus esfuerzos y sus resultados bienhechores halagaron la consolación pública.»
No dejemos pasar por alto algo tan significativo, máxime para su época, como el hacer saber a todos que él, Artigas, lloró. Manifestación esta de sensibilidad que a nosotros los varones, aun hoy en pleno siglo XXI nos cuesta decirlo, por considerarlo un signo de debilidad.
Prosigamos.
Artigas concluye con la siguiente invocación: «Excito todo el civismo, la ternura y la gratitud de esa ilustre corporación, a que acompañe el justo dolor general y el del Ejército, llevando su memoria al pie de los altares, dedicando un día la piedad religiosa en su obsequio.»
Y mandaba, dando énfasis a su cosmovisión guaraní de la vida en todas sus formas: «Y para eternizarlo, como corresponde a nuestra historia, y a la gloria particular a que es tan dignamente acreedor, he tenido a bien determinar un convite fúnebre que deberá seguirse a las exequias del templo. V. S. tendrá la dignación de celebrarlo en su casa consistorial haciendo sentir con la mayor frugalidad, concurriendo con ropa de ceremonia y presentando al fin la única copa que habrá a la memoria de aquel ciudadano fiel. Derramará todo su licor sobre una palma que ocupará desde el principio el centro de la mesa.»
«Llevemos así su nombre glorioso a la posteridad y uniendo constantemente nuestras lágrimas, démosle un ejemplo de gratitud y enseñémosla a honrar la virtud de un hombre que vivió para servir a sus hermanos y bajó al sepulcro con tan preciosos anhelos. Tengo el honor, etcétera… José Artigas al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo.»
Queda en nosotros el meditar respecto de tan sentidas y profundas palabras y poder apreciar, consecuentemente, la profunda imbricación de Artigas con lo americano, con lo originario (más apropiado que indígena, me permito reiterarlo) puesto que, rituales como el descripto refieren, por qué no, a una de las grandes líneas de sangre de nuestra América del Sur, cuales fueron, por ejemplo, los tupí-guaraníes, con su hondo sentido de lo trascendente.
Es así, pues, que la actitud de Artigas, por si fuera poco, habla de una apertura de miras, ante lo trascendente, que lo desafecta, a mi criterio, claro está, de dogmas limitantes y limitativos del espíritu (sin dejar de respetarlos en su justa proporción, dando por el contrario la mayor apertura (recordemos esa famosa frase «…en toda su extensión» al desarrollo de la potencialidad humana y espiritual, luego racional y sensible, de lo distintivo, en valores nobles, en el hombre (irguiéndolo de su animalidad, de su mera nuda vida, vida viviente, elevándolo de tal forma a la vida inteligente con visión y sensibilidad abierta al otro, desde la finitud de la vida singular, pero eterna en la concepción de quien se sabe pasará, pero habiendo descubierto y aceptado tal extremo. De manera tal que, erguido y mirando al horizonte, desde el descampado, se aboca a vivir la vida, en cada instante, como una eternidad, con sentido y, principalmente, con responsabilidad, sin aguardar segundas oportunidades para hacer lo que se debe en el aquí y en el ahora de nuestro instante sobre la tierra.
Asimismo, el trato que él daba al diferente no tenía escalafones salvo el del honor, la solidaridad y el respeto por las personas de bien. El trato que dio a todos, pues, jamás hizo cuestión ni de piel ni de credo ni menos que menos de posesiones y alcurnias.
La ley de la ternura
Veamos cuando habla de la ley de la ternura. Esto ocurre, por ejemplo, en diciembre de 1811, en situaciones de existencia harto difíciles en donde el dolor se extendía a lo largo de las gentes que, con amor, acompañaban al General.
Dice Artigas al contar la tragedia de uno de los suyos en momentos dramáticos de la Redota:
«Si hay un cuadro capaz de comprometer la humanidad hasta el exceso de excitarse en los mismos enemigos, no hay otro más propio que el que presenta este caso. La miseria no se ha separado de sus filas desde que se movió. Todo se ha reunido para atormentarle y yo destinado a ser el espectador de sus padecimientos, no tengo ya con qué socorrerlo. No se pueden expresar las necesidades que todos padecen expuestos a la mayor inclemencia, sus miembros desnudos se dejan ver por todas partes y un poncho hecho pedazos, liado a la cintura es todo el equipaje de los bravos orientales. Mil veces he separado mi vista de un cuadro tan consternante. He recurrido a la más rígida indulgencia pero su resignación impone con más rigor la ley de la ternura. Y es preciso ceder.»
Artigas al Triunvirato, Salto Chico Occidental, 24 de diciembre de 1811.
Repito y subrayo sus últimas palabras en dicho parte: «(…) … Y es preciso ceder.»
Ejemplo éste, como otros tantos, de la madura concepción que el hombre Artigas tenía de lo femenino y de lo masculino (Ying y Yang), aquello que, ya en el siglo XX, tan bien tratara el psiquiatra Carl Gustav Jung.
Porque un hombre que sabe de la ternura y no encuentra reparos -consideremos que estamos hablando de un hombre a comienzos del siglo XIX- en su exteriorización, es un ser maduro, psíquicamente hablando.
Artigas, un hombre que se permitió llorar y decir que lloró, mostrando, con naturalidad, tanto su ternura como la fuente de la que esta se nutrió: la capacidad de sentir y así decirlo, desde el amor a la fraternidad, pues tanto para sus mujeres como para con todo ser que le trató. Artigas supo darse.
Artigas y lo trascendente, su contacto y apego con el simbolismo guaraní a partir de aquella lengua que, como sabemos se basa en el Ñ´E´, que significa palabra, siendo pues el guaraní un lenguaje que gira, se nutre y vive de lo espiritual, de lo simbólico.
En definitiva, José Gervasio Artigas fue un hombre cabal, un librepensador y un americano auténtico; un americano del Sur, sin olvidarnos de sus corsarios que navegaron con su bandera, océanos y mares, allende nuestras fronteras, en trato con el mundo, con su bandera, esa que plegada se halla en nuestros corazones por ser la primera, la natural y auténtica de un oriental.
Y por si todo esto fuera poco, conviene recordar que a Artigas – nuestro padre y hermano de la Patria toda – antes que el éxito lo rodeó la derrota y, a pesar de ello, continuó el camino en pro de una idea y de un humanismo.
Nunca estuvo solo, le acompañó su pueblo, mientras era envidiado y complotado por sus enemigos, los señorones de la época.
Así, entonces, su gran y trascendente victoria fue ser ejemplo de vida recta, como persona y como gobernante. Espejo éste que no ha perdido azogue a pesar de los años transcurridos, ni tampoco en virtud de las generaciones que le sucedieron y nos sucederán también a nosotros.
En contraposición a otros próceres de bronce, José Gervasio Artigas, con sus lanceros y sus indios, sus mujeres y sus frailes, construyó para sí y para la posteridad, desde el llano, la figura de un ser falible, recto y sensible al clamor de su pueblo. Seamos cultores respetuosos de tan encomiable y digno legado.

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