Una idea de Alfredo Valdez Rodríguez
Suplemento de El Pueblo, los textos esconden una aventura que trata de la incertidumbre.
Ahora no me conoces
El hombre que sabía demasiado

Ahora no me conoces de la edición anterior
La Quinta Capurro (José Pepe Torres)
Si el domingo juega Rosario sobra un back.
Fernando Romero Pedrín
Cuando me enteré de la noticia pensé para mí: este mundo ya no va a ser el
mismo.
Más bien mi mundo, corregí.
Es que sabiendo que el Canario estaba por ahí, estaba mi Norte en muchos
aspectos de mi vida. Fue un modelo a seguir, obvio que no éramos ni parecidos
en el carácter, pero haber compartido a mi temprana edad primero como rival,
luego como compañero de plantel y después, al tiempo, como técnico, fui
alimentando mi concepto deportivo.
Le regalé un short de tela de Nacional, cuando estuve practicando en Tercera,
qué iluso, pensaba pagarle las tantas cosas que aprendí.
Muchas anécdotas vividas con él, hasta verlo en frente a la casa de mi vieja, con
una bota de yeso, al sol , para que se secara.
El, el duro, se había fisurado en un partido que tuvimos por la Copa de
Campeones en Las Piedras. Llovían las patadas. Y él mutis.
Es como lo contás Alvaro.
Ahora de mi depende mantenerlo vivo.
Tengo una misión.
N:de la E. Se trata de una respuesta de Fernando Romero al texto, publicado en
anteriormente de Alvaro González Bogliolo, referido a Rosario Martínez.
El título fue prestado por Guantanamera de R.Rada (Las Manzanas. Sondor.1969)
La carpeta de Monsieur Fourcade
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La última carta que le escribí a Silvina O. denotaba el extrañamiento, la lejanía,
qué vaya saber por qué, me ataba al corazón. Pensé en lo viejo que me estaba
poniendo. Así que, querida mía, te transcribo esas palabras que se parecen a un
puñado de criaturas desoladas: “Nada de lo que diga aquí puede decirse que es
original. Extraño mi país, mi amor, mi poesía. La nieve no sólo es una manta de
tristeza. Las calles desiertas de leones parisinos y el cielo más azul y más lejano.
Los recuerdos agolpados en la puerta buscan la llave que me lleven a mi calle
Pecoche, allá en la ciudad que no se parece a nadie sino a nosotros mismos. No
hay pócima que me pinte la esquina del boliche añejo. Ni sueños que vistan la
plaza querida con los besos que no se dieron ni con amores que quedaron
escondidos en las pérgolas. No hay abrazos ni cine, no hay relámpagos que se
parezcan. La vida cruza el alma y el alma da tumbos o batallas o vuelos erráticos
de mariposa sin huesos ni olvido. Nada de muertos, ni de ausencias, que es lo
mismo. Nada de pasiones en el resplandor del amor. El abrigo y el calorcito del
otoño entre las mareas de la vida. Tal vez sea por la espalda apoyada en el aire o
la fantástica velocidad del tiempo. Todo para que la tristeza se queme de exilio o
de tango, que es lo mismo. Guarda mis libros, mis canciones, mis tardes, mis
trajes, el espejo y la lluvia. Guárdame, guárdame hasta que vuelva”
Omar Adi
BULTOS QUE SE MENEAN.
Guía de fantasmas de mi pueblo.
Levantando la sábana.
Hay almas en pena y hay almas que dan pena, queridos lectores.
Y por acá hay mucha almita en oferta y pocas almas grandes, aunque éstas
nunca estén en pena.
Y también hay desalmados, que es peor.
En estas crónicas intentaremos escuchar esos rumores que se mueven en el aire
sin importarnos demasiado si pertenecen a un prócer o a un amigo, que estamos
ayunos de próceres en la barra.
Pascal Quignard, seguramente temblando, decía que el espanto es el signo del
fantasma. Pero en verdad los que andan en la vuelta por este pueblo no asustan
a nadie.
Son como el pobre fantasma de Canterville a quien no tomaban en serio aunque
fueran hombres buenos si hay alguien bueno en este lugar.
Hay muchos gasparines jodones, algunos triviales, que hacen que el café con
leche se revuelva solo, con su energía menor.
Si focalizamos el objeto fantasma con cierto rigor, debemos estar de acuerdo en
que su poseedor debe estar muerto porque de no ser así, está de vivo.
Y han existido asusta viejas al cabo de los años, cuya única herramienta era una
sábana y un buuu emitido con un salto en la penumbra.
Por definición, el fantasma es difuso. Si se le ve bigote, moco en la nariz o
carencia de un incisivo, puede ser Tito, el vecino, pero nunca fantasma.
Veamos el fantasma como sujeto y objeto.
En estos pagos, la característica distintiva es la sábana.
Nada de resplandor, sombra, plasma, cadenas que se arrastran, gaitas en la
noche del castillo sombrío. Si no hay sábana, aquí no hay fantasma.
La sábana del fantasma de pueblo tiende a desmejorar con el paso de los años.
Fantasma trajinador se conoce por su sábana gris, raída y sucia. En su arrastre,
lleva puchos, tierra, escupidas de mate, hojas secas, algún condón.
Esos son los fantasmas viejos y pobres que más que asustar dan pena.
Después están las sábanas estampadas, venidas del Chuy en tiempos pretéritos,
pero se trata de espectros poco serios.
Con respecto a lo que hay adentro de la sábana, existen diversas opiniones.
Algunos dicen que no hay nada y otros replican que si no hay nada debemos
dejarnos de joder con este tipo de conversaciones.
Pero en verdad hay fantasmas de diversas complexiones: altos, gordos, flacos. El
que menos asusta es el fantasma enano siempre que uno se percate de que no es
fantasma de niño, que ése sí pone los pelos de punta.
Hay otra variedad de apariciones invernales que viene con acolchado. No son
creíbles.
Está también el fantasma que se asusta a sí mismo. Vive gritando y ya casi nadie
le cree.
Fantasma que emite gases es inefectivo porque se delata: la sábana se infla en la
zona del trasero y los niños se ríen y las ancianas se burlan.
Otro fantasma risible es el fantasma en moto, de sábana al vuelo sin presencia
alguna debajo. Si lleva casco, pueden aplaudirlo los paseantes.
No es fácil ser fantasma y gozar del respeto de la comunidad.
Y en nuestro pueblo, a poco de observar con atención, se adivina casi siempre en
algún lugar de la sábana el logo de la Colonia Etchepare.
Entonces, muchos escépticos dicen que fantasma puede ser, pero loco fantasma
es demasiado. Porque el fantasma suele ser regular en sus apariciones en cuanto
a lugar, hora y circunstancias y lo que tiene el loco es la imprevisibilidad.
Se sabe también de quienes no califican para fantasmas y habitan en algún
limbo de olvido.
Lo que eriza la piel es cuando se te acercan todos juntos lentamente, te van
rodeando y emiten un sonido quedo, susurrante y luego un primer grito
apagado y otro y al rato un repentino alarido que luego, rodeándote, son dos,
tres, cien y así.
Henry James decía: si no puedes creer en ellos, no los molestes.
Me estoy sintiendo rodeado.
Algo estoy haciendo mal.
Marcia Salvioli
Borrador del fuego
La lluvia de junio y
tus deudos de luna te buscan,
entre pozos de asombro
y ventanas sin brasa.
Mi soledad, manta raída,
en el umbral de higuera.
Cómo abrazarte con verbos
que te volvieran inocente
o yo misma rebelde .
El cielo cometa
cubre gestos de horror,
palmea hombros.
No hay sábado de sol
que no queme tu foto,
desde tu valiente espalda.
Te besaré con cursivas
que me volverán sincera
o vos mismo río.
Cómo quisiera saltar desde tus besos
sobre la taza de ortigas
hasta la memoria amarilla
de mi bicicleta negra.
Alfredo Gomez
Letras en camiseta
Dos carreras.
Instrumento difícil, el bandoneón. Para empezar está siempre en la agonía, y es
a fuerza de practicarle primeros auxilios, abriendo y cerrando el fuelle, que se lo
mantiene respirando. Agotador para los brazos del ejecutante. Por si eso fuera
poco el bandoneonista toca a ciegas, a puro tacto, en ese teclado endiablado,
invento de un borracho vengador de vaya a saber qué injuria.
Victorio Chiappa había superado esos escollos y era un gran ejecutante, casi un
virtuoso del instrumento. Promediaba los cuarenta años de edad y llevaba una
vida modesta, austera, casi monacal, con lo poco que ganaba tocando. No le
hacía falta más. Sus días transcurrían de forma rutinaria: mate y radio Artigas
temprano por la mañana, una vuelta por el barrio, el almacén y la carnicería, a
eso de las diez de vuelta en casa, sentarse a estudiar un par de horas, y a eso de
la una de la tarde almorzar un churrasquito con ensalada o unos tallarines con
el consabido vaso de tinto. Luego de un par de horas de siesta, se iba al boliche,
tomaba un café con los amigos, barajas o generala, y ya a la tardecita volvía a su
casa, la franela y el fuelle sobre las rodillas y a repasar el repertorio. Los
vecinos, bien, gracias. Ya estaban acostumbrados.
La vida era perfecta, y sin sobresaltos, pero Victorio se enamoró. Se enamoró.
Sí, se enamoró. No hay que explicar más, que cada cual se haga una idea.
Cuarentón y solterón, sin experiencia en el asunto, lo partió como un rayo el
sentimiento avasallante, y en unos meses nomás, hubo casamiento.
Pasó un año, dos, y ya llegando al tercero la plata comenzó a escasear, la mujer a
quejarse del precio del kerosén y el de las papas y les aumentaron el alquiler.
Victorio veía que la cosa iba barranca abajo, comprendió que era necesario
incrementar el ingreso, que con la música sola ya no daba, y se anotó en un
curso de dactilografía. Al tacto.
En dos meses volaba en la máquina de escribir. Superó las 80 palabras por
minuto y le ofrecieron un empleo que aceptó encantado.
La vida volvía a ser rutinaria y cómoda para Victorio, su esposa satisfecha,
compraron cocina a gas y televisor. Por las tardes, al volver del trabajo, agarraba
el bandoneón hasta que se hacía la hora de cenar, después miraban alguna cosa
en la tele, y todo transcurría mansamente, sin sobresaltos.
Hasta aquella mañana.
Victorio llegó a la oficina temprano, silbando unas variaciones de La Cumparsita
que había practicado el día anterior. Le sacó la funda a la Olivetti y se sentó a
transcribir unos manuscritos que tenía pendientes. Unos minutos más tardes,
cuando cambiaba la hoja, miró lo que había escrito y encontró algo parecido a
esto:
Cazff vfjk qfeegdyrs bbgfgfiga szxdhhuha asdaasssssddderv ytrgjrbds
Asombrado y confundido, sin entender qué pasaba, volvió a poner una hoja en
blanco en el rodillo y a tratar de escribir lo que decía el manuscrito. Igual
resultado. Ahí se dio cuenta que en todo momento su mente no había cesado de
repetir la variación de La Cumparsita, y que sus dedos, fuera de su control,
hacían en el teclado de la máquina lo que harían en el bandoneón.
Inventó una súbita jaqueca como excusa, habló con el jefe y se fue para su casa.
Apenas llegado,, desenfundó el bandoneón y tocó sin errores la variación que no
cesaba de sonar en su mente. Como por encanto, desapareció de su
pensamiento y se sintió aliviado. Llamó a su esposa y le comentó lo sucedido.
Ella, preocupada, le pidió que volviera a tocar La Cumparsita. Victorio ahora
pensaba en el manuscrito aún sin transcribir en su escritorio. Le dio aire al
fuelle y arrancó. Pero lo que sonó no fue el famoso tango uruguayo. Sus dedos se
movían como en el teclado de la máquina de escribir, reproduciendo las
palabras de su pensamiento. El gato se asustó y disparó para el patio. La mujer
no pudo contener un sollozo. No era música aquello. Victorio entró en pánico y
empeoró aún más lo que salía del fuelle. Desesperado, lo arrojó contra la pared,
volaron teclas como dientes, se partieron las maderas, y cayó en un rincón entre
unas botellas vacías, soltando el extertor de animal que expira. Allí quedó el
bandoneón. Inmóvil.
Me han contado que ahora Victorio trabaja de portero en un cabaret del bajo.
Ilustraron: Rodolfo Torres, Guillermo Haller, José Luis Samandú, s/d, Sigfredo Pastor.
Agradecimiento especial a la generosidad de Dardo Rodríguez.
Cuando un padre muestra a un hijo la verdad de una biblioteca, está creando un
insurgente: un rebelde ante un sistema que, precisamente, desprecia las
bibliotecas. APR

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